Crítica: 'Dolor y gloria', de Pedro Almodóvar

Antonio Banderas protagoniza 'Dolor y gloria'. | © Difusión

Crítica cinematográfica por Javier Gragera

Salvador Mallo es un cineasta en horas bajas, aquejado de innumerables achaques físicos y sufriendo el calvario de un largo bloqueo creativo. Parece habitar a la deriva, enclaustrado en su piso decorado como una suntuosa galería de arte, hermosa pero desangelada, e incapaz de establecer vínculos emocionales con nadie excepto con un actor al que le debe una explicación desde hace media vida y con quien finalmente hace las paces fumando chinos de heroína. En medio de este sinsentido, el personaje solo encuentra sosiego allí donde nunca podrá volver: su infancia, subrayada por un febril despertar sexual y la figura añorada de la madre, que aparece en sus recuerdos como un ser bello y poderoso, casi divino. Salvador es un autor desesperado incapaz de reconciliarse con su pasado.

En Dolor y gloria, Almodóvar firma una película sobre sí mismo. No es un relato autobiográfico, pero sí confesional. No debe ser fácil ser cineasta y pretender que alguien se haga pasar por ti delante de la cámara. Tal vez por eso Almodóvar entrega el personaje de Salvador a Antonio Banderas, uno de sus cómplices de mayor confianza (Matador, La ley del deseo, ¡Átame!, La piel que habito…), para encarnarlo con conocimiento de causa. Y la fórmula funciona. En Banderas no vemos a Almodóvar (tratar de hacerlo sería algo esperpéntico, rayano en la parodia), pero sí podemos sentirlo de una manera subterránea, como si lo habitara en un pálpito. Banderas sorprende con un registro completamente nuevo en su carrera, merecedor de la Palma de Oro a Mejor Actor en el último Festival de Cannes.

Hay mucha contención y mucha indolencia en este Almodóvar según Banderas. Es un personaje que da la sensación de estar aguantando la respiración toda la película, desde su primera aparición en pantalla, cuando lo vemos bajo el agua, sumergido en una piscina privada que bien podría ser el útero donde flota un hijo que nunca logró soltarse del todo de su cordón umbilical. Ese vínculo es un lastre y una bendición, que fluye en la siguiente escena hacia la corriente de un río donde unas mujeres lavan la ropa, entre ellas Penélope Cruz, que interpreta a la madre del protagonista en su niñez. Los recuerdos estarán empapando permanentemente un filme que plantea un audaz y por momentos caprichoso juego de espejos entre pasado y presente, entre ficción y autoficción, y que, en última instancia, logrará cobrar un sentido inesperado en su memorable plano final.

Hacía tiempo que Almodóvar nos debía una película así. Tras el preocupante desgaste o libertinaje creativo de sus últimos trabajos, que alcanzó las más altas cuotas de la desfachatez con Los amantes pasajeros, Almodóvar nos reubica con maestría en el mejor lugar de sus coordenadas cinematográficas. En Dolor y gloria, el cineasta español reivindica una manera de hacer cine, el suyo, tan genuinamente vistoso e inclasificable, que logra trascender lo meramente formal (el manierismo, el predominio del rojo, el coqueteo lúdico con el montaje, la textura desprolija de los diálogos…) para dejar un testimonio creativo de lo verdaderamente esencial: más que hablarnos de cómo se hace cine, Almodóvar nos confiesa por qué lo hace. Una película donde vida y obra conspiran para construir juntas el refugio que ha encontrado el autor para salvarse a sí mismo. Y así volver a respirar.

+ INFO
Título original: Dolor y gloria
Dirección: Pedro Almodóvar
Guion: Pedro Almodóvar
Reparto: Antonio Banderas, Asier Etxeandia, Penélope Cruz, Leonardo Sbaraglia, Julieta Serrano
Fotografía: José Luis Alcaine
País: España (2019)
Duración: 108’

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