Crítica: 'Glass', de N. Night Shyamalan

Samuel L. Jackson, James McAvoy y Bruce Willis protagonizan 'Glass'. | © Difusión

Crítica cinematográfica por Javier Gragera

Hay algo en N. Night Shyamalan que lo caracteriza por encima de su irregular filmografía: la necesidad de imprimirle a sus películas un irrenunciable sello personal más allá de cualquier estereotipo de género (en este caso cinematográfico, no nos confundamos). En Glass, que cierra de manera inesperada una trilogía que se inició hace 19 años con El protegido (2000), la pauta es nadar a contracorriente de las grandes producciones de Marvel y compañía para reconsiderar la figura del superhéroe como alguien que está más próximo al panadero de la esquina que a los dioses del Olimpo. Para ello, relega a un segundo plano las hipercalóricas escenas de pelea que tan buen rendimiento tienen en taquilla para incidir en el drama psicológico de sus personajes, sobre los que se cierne la duda de si realmente tienen poderes extraordinarios o no son más que una banda de chalados que tienen el ego por las nubes. Algo así como lo que hizo décadas atrás el genial Alan Moore en el cómic Wachtmen. Ambos, con herramientas distintas y resultados dispares, se han esforzado por construir superhéroes de carne y hueso, que piensan mucho y pelean poco.

El núcleo de la película se desarrolla en un manicomio, donde los tres protagonistas de esta historia (Protector, La Horda y Mr. Glass) están a merced de una psiquiatra, interpretada por Sarah Paulson. Bajo esta atmósfera de encierro, la historia camina despacio, mientras Shyamalan arma con paciencia un artilugio cuyo funcionamiento interno tiene el sonido reconocible (ese nostálgico tic-tac analógico) de una cuenta atrás: tarde o temprano sabemos que los protagonistas serán capaces de librarse de sus camisas de fuerza para dar rienda suelta a la inevitable confrontación, que también podríamos llamar ajuste de cuentas.

En este contexto carcelario y opresivo, se agradece reconocer atributos tan propios del cine de Shyamalan como su facilidad para hacer de lo sobrenatural algo convencional, que podría existir por doquier, como algo espontáneo y muy nuestro, y que por eso mismo, nos sorprende y nos aterra al mismo tiempo. Pero hay una pieza que no encaja en este rompecabezas: la presencia de Sarah Paulson en pantalla. Su actuación no tiene relieve, es uniforme, aburrida. Los recurrentes planos cerrados mirando a cámara a los que la somete el director trasmiten una inocua frialdad, más de escultura delicadamente esculpida en porcelana que de rostro animado. El carisma de este personaje es un chirrido en la, por otra parte, poderosa fuerza expresiva del resto del filme, con actuaciones solventes del resto del elenco principal (Bruce Willis, Samuel L. Jackson y James McAvoy) y un bien ensamblado mecanismo visual.

La película alza el vuelo en su escena de acción final, que nos plantea la lucha cuerpo a cuerpo entre superhéroes más cruda y veraz de los últimos tiempos. Tras casi hora y media de enclaustramiento discursivo, el efecto hipnótico de la ficción ha logrado en última instancia hendir la realidad, ahora un espejo que se va resquebrajando con cada violento puñetazo que se siente tan real que hasta duelen los nudillos. Los guerreros, desprovistos de mallas, capas y demás parafernalia, trasmiten el dolor y la impotencia de alguien que se sabe a merced de sus propias dudas y limitaciones, como trágicos héroes que han perdido el favor de los efectos especiales y ya nunca más serán invencibles. Ese es el legado de esta trilogía: bosquejar un obituario para el último mito contemporáneo. Adiós Marvel. Ahora los superhéroes somos nosotros.

+ INFO
Título original: 
Glass
Dirección: N. Night Shyamalan
Guion: N. Night Shyamalan
Reparto: James McAvoy,  Bruce Willis,  Samuel L. Jackson,  Sarah Paulson
Fotografía: Mike Gioulakis
País: EE.UU. (2019)
Duración: 129’

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