La culpa es de los inocentes

© Sebastián Arévalo

Escrito por Hans Alejandro Herrera

Sudoroso, manoseado, sucio, con el escenario destruido y oliendo a Quilca un sábado a la medianoche en el Teatro Roma. Si la propuesta de una adaptación es la fidelidad, Sammy Zamalloa lo ha conseguido con su representación de Los inocentes de Oswaldo Reynoso. He sentido la novela pasar frente a mis ojos, y se me ha antojado también un cigarro y una cerveza.

Los inocentes es el libro definitivo sobre la juventud callejera y marginal de la Lima de ayer, hoy y siempre. Escrita hace casi sesenta años, se mantiene Polystel entre los lectores adolescentes de las nuevas generaciones que se identifican con cada uno de sus personajes y circunstancias: el amor, el rechazo, la desorientación, la orfandad, y por su puesto, la urgencia de plata y respeto. Sin embargo, salvo una versión cinematográfica setentera que aborda uno solo de los episodios (Cuentos Inmorales, 1978) y alguna adaptación fragmentaria, recién ahora y de las manos de un joven lector y un elenco muy bien seleccionado, se lleva por primera vez al teatro de forma completa.

Los nuevos inocentes
“Somos conscientes –nos dice El Príncipe (Diego Pérez)–, tenemos encima la sensación de interpretar una obra mítica. La hemos respetado lo suficiente a la vez que hemos dialogado con la propuesta”. “Es una obra terriblemente actual –añade Rosquita (Roni Ramírez)–. Habla sobre jóvenes marginales olvidados que buscan su lugar en este Perú donde no hay lugar para ellos. No les queda otra cosa que la delincuencia, el alcohol y hacerse a su manera como puedan”. 

Con el pecho descubierto, Colorete (Ronie Cusó) nos aclara: “Tú sientes que el escritor ha chupado en Palermo, te das cuenta que a Oswaldo le ha pasado todo esto en la piel. Y las sensaciones. Hemos teatralizado todo lo que él pone en su obra. Las escenas son muy exactas y también se te meten en la piel”. “Que el referente de un adolescente de 16 años sea pedirle consejos a un criminal que mató a su mujer porque le puso los cuernos lo dice todo  –dice Carambola (Miguel Dávalos) con tono de voz de chibolo maleado de Maranguita– o sea, ves qué tan mal estamos como país. Porque cuando Carambola se tiempla de su flaquita a quien supone virgen, le pide consejos a Choro Plantado. Porque, dentro de esa lógica, ¿quién te puede dar mejor consejo que aquel que ha matado a su mujer?”.

“Lo que me gusta de Reynoso –dice El Principe colocándose el cigarro en una oreja que se pierde entre la selva crespa de su cabeza– es que hay dos planos: el plan realista, todos mechándose y masturbándose, y el plano interno, el emocional, y es aquí donde Reynoso deposita la belleza de los personajes. Ahí es donde El Príncipe no se entera que su belleza es interna, lo que lo llevará a alcanzar las cosas que quiere. El amor, el ser aceptado por la chica que le gusta. Pero él cree que con el dinero lo va alcanzar, cree que con el dinero y el carro va a enamorar a la chica y eso lo hace caer. Todo por la plata”. Y es que hace falta plata, todos los personajes andan con las prisas de que necesitan plata. Cara de Ángel (Sergio Armasgo) nos aproxima a su personaje: “Ve el escaparate en la calle y desea tener las tabas caras, los lentes caros, la camisa roja. Piensa tenerlo todo a toda costa. Así sea robando”. El caso difiere un poco con Rosquita: “Creo que a Rosquita no le importa tanto el dinero a pesar de su realidad. Él busca una familia más que el dinero, y esta familia la encuentra en su collera. Lamentablemente, es una familia tóxica. Lo tóxico esta tanto en su casa como en la calle”.

Sobre ser Cara de Angel: "Interpretarme es algo que me ha costado emocionalmente. Cuando hacemos estos ejercicios de ser bulliado, como el ser baldeado con globos por tus amigos, me daban muchas ganas de llorar pero lo agarraba por ahí para sentirme identificado con mi personaje y cómo es ser marginado de esa forma. Me parece fuerte porque es el primer problema que te plantea este texto”. Para Colorete, su personaje es alguien que “construye su caparazón de seguridad que es su masculinidad, esa dureza que le muestra ante la sociedad es incuestionable. Si tú dices algo te saco la mierda. Pero cuando El Príncipe sale en el diario y Rosquita cuenta su historia, él se da cuenta que no tiene una historia que contar. Esto es lo que le duele. Se le sale como enojo o envidia, cuando lo que el huevón quiere es llorar. No puede decirle a la chica que quiere que la ama porque no puede mostrarse débil”.

“Creo que Reynoso –menciona Rosquita– deposita en mi personaje la esperanza. Hay salvación si es que no se pierde la sensibilidad que cada uno guarda dentro. Rosquita es la esperanza de todo este grupo que está perdido. Él quiere pertenecer a la collera, ser torcido como él lo llama. Quiere ser un hombre malo pero todos lo escuelean porque es el más chibolo”. Carambola está de acuerdo: "Hay esperanza al final y Rosquita la representa. Porque tú eres bueno y algún día encontraras un corazón a la altura de tu inocencia. Y es esa inocencia lo que los hace actuar así". Y remata: "Te puede chocar ver la obra. Ver a estos tipos que están sudando de verdad, que están sucios de verdad y que están tomando de verdad. Ha sido muy riegoso. Nos hemos sacado el ancho haciendo la obra".

Para ver el trailer de la obra clic AQUÍ.

Los inocentes, dirigida por Sammy Zamalloa, se presenta en el Teatro Roma de jueves a sábado a las 8 pm y domingos a las 7 pm. Va hasta el 23 de diciembre 2018. 

 

 

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