Blog de Diego Arévalo

Diego Arévalo
© Difusión

Como quien entra a la casa de un viejo amigo, somos recibidos en la exposición Nosotros, Robots del Espacio Fundación Telefónica. Se trata de una relación que cultivamos desde los tiempos de Aristóteles cuando, por pura curiosidad o entretenimiento, nos dedicábamos a la fabricación de autómatas, aquellos ancestros de los que hoy conocemos como robots.

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'Al no encontrar consuelo en la realidad, los amigos o los amantes, Salvador Mallo lo busca en la ficción o en el arte a secas'.

La gloria consiste en permanecer uno, y prostituirse de una forma particular. 
CHARLES BAUDELAIRE,
Mi corazón al desnudo

Desgarrado, con el alma temblando de nervios y orgullo, sensibilísimamente, hemos abandonado la sala oscura como un recién nacido ensangrentado que, nunca se sabe si arrepentido o contento, llora por culpa de ese tierno y peligroso capricho llamado necesidad por sus progenitores, quienes padecen el hambre voraz, irresponsable, arrogante e inútil que son las ansias de trascendencia.

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"El libro está tan maltratado como solemos hacer de forma inconsciente con las personas que más queremos"

Inconfundible por esa sexy y esponjosa cabellera castaña como resortes de ideas peligrosas, y una magra figura siempre vestida de negro, Leila está parada en la puerta del auditorio. Me acerco, pero hago una finta: solo he venido a escucharla. Su delgada y alargada figura me hace acordar a una cíclada. Durante la conferencia, la autora es elocuente, retadora, humilde, distante y con sentido del humor un poco oscuro. Tal y como sus textos: esa forma de autorretrarse que ha conseguido retratando a otros.

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"Vemos cómo Beethoven va transformando la música a través de estas variaciones".

Así como nosotros, mortales, nos descubrimos soñando a diario el mismo sueño de ayer; el genio, el sordo, el neurótico, el romántico en el sentido más alemán de esta palabra, Ludwig van Beethoven, también se descubrió soñando lo mismo durante más de cuatro años: compuso 33 variaciones extraídas de una sola melodía. Así como el borracho, ya inconsciente, sigue soñando con la bebida; o como el drogadicto, ya rehabilitado, con la cocaína; Ludwig no pudo dejar de soñar con un vals de moda bastante vulgar de un tal Diabelli.

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Vuelvo al frío infierno de los cuarteles de invierno.

¿Cuántos hemos tenido la dicha de conocer la habitación de la persona a la que, realmente, amamos? Abandonada pero todavía con sus objetos cuidadosamente dispuestos, como si fuera una galería de arte que expone no su obra sino sus reliquias –el plano de la Stratocaster sobre la silla es una imagen potente; a pesar de su simpleza y desnudez, es una instalación artística–; observando con aire detectivesco, una hermosa rubia se pasea por aquella habitación llevando puesto un elegante saco negro.

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"Creo que aprovechó, para su evasión, una migración de pájaros salvajes" | Capítulo IX

Aquí va una más de las cientos de miles de páginas que recuerdan con afecto al extraordinario hombrecito que jode y jode a los adultos con sus preguntas. Cuando el misterio es demasiado impresionante, no es posible desobedecer.

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Sofía Rocha | © Giuseppe Falla

No la conocí, jamás hablé con ella, nunca intercambiamos miradas; quizá por esta razón para mí nunca fue Sofía sino Medea. Las no pocas veces que la vi caminando por Miraflores, mi memoria nunca la relacionaba con su verdadero nombre sino con la temible mujer que asesinó a sus hijos creada por Eurípides. “Manya, ahí va Medea”, era lo que me repetía siempre como un acto reflejo, incluso hasta la última vez que la vi pasar este verano.   

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© Afiches de Roma y Green Book

Domingo. Noche. Plaza de Barranco. En una banca del parque. Algarabía total alrededor. Lejana, escapándose de algún restaurante, la suave voz de Gal Costa cantando Wave. 

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Elsa Lepoivre (Lucrecia Borgia) | © Christophe Raynaud de Lage

Fuimos a ver en pantalla grande a la femme fatale del Renacimiento, Lucrecia Borgia. Proyectada en vivo desde la Comedia Francesa, histórico teatro que se encuentra a 10,253 km de Lima, la obra forma parte de la temporada 2019 de Teatro Francés en el Cine.

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© Los inocentes

La primera emoción nos llegó cuando ni siquiera había comenzado. Apenas entramos al teatro para acomodarnos en nuestros asientos, descubrimos a los inocentes pichangueando sobre el escenario. El detalle es estimulante: se trata de una realidad que preexiste a la mirada del espectador. Solo puede volver a comenzar aquello que se acaba. Y este es un escenario que se repite, día a día, en todas las esquinas del Perú y el mundo. Luego, las siempre tediosas primera, segunda y tercera llamada.

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