El manual del surcoreano

PARÁSITOS. Los hermanos Ki-jung y Ki-woo robando wifi a los vecinos desde el baño de su semisótano.

Así como existe del Perú para el mundo la famosa viveza del peruano, también existe la viveza del surcoreano. Y estos, al parecer, son mucho más bravos; quiero decir, más temerarios e inteligentes. Al menos, así lo demostró Parásito, la película de Joon-ho Bong ganadora de la última Palma de Oro, y que fue proyectada en el contexto de la 5ta Semana del Cine de la Universidad de Lima. 

Si en el Perú los más necesitados ascienden a los cerros para construirse sus casitas como pueden, en Corea del Sur los tienen escondidos en algo que allí se conoce como semisótano: una vivienda completa ubicada por debajo del suelo. Esto es lo segundo que enfatiza Parásito en su primer desplazamiento de cámara hacia abajo. Lo primero son unas medias colgando. A pesar de estar recién lavadas todavía parecen sucias. Y resulta más irónico pensar que aquellas medias cuelgan en el subsuelo. De pronto, oh peruanos, un paisaje familiar: un tipo se pone a mear frente a nuestra ventana; una ventana que da a un callejón que es un basural y que admiramos arras del piso. Luego, la cámara desciende y empieza la película.

En Parásito, una familia que representa a los de abajo busca infiltrarse en cada uno de los puestos domésticos de una familia que representa a los de arriba. La ejecución de su plan, un sabotaje impecable y sin escrúpulos a los antiguos trabajadores, resulta tan perfecto que uno se pregunta cómo diablos estos pobres, siendo tan inteligentes, siguen siendo pobres, y cómo diablos estos ricos, siendo tan tontos, siguen siendo ricos. Sin embargo, cuando los de abajo logran, literalmente, trasladarse de hogar y se encuentran disfrutando de su primera cena familiar aprovechando la ausencia de sus empleadores, sucede algo que no estaba en el proyecto, lo insólito: resulta que había un más abajo, un sótano dentro del sótano. Allí vive un ser, un parásito, que les va aguar la fiesta a ambas familias, esos otros parásitos.  

¿Cuál es el plan?
No veo meones frente a mi ventana, pero al lado de mi casa tengo un vecino que vomita todas las noches. Cada vez que lo hace me pongo a temblar. Entonces todas mis noches son un constante temblor. No puedo evitarlo. Sus arcadas son tan brutales que mi cuerpo comienza a padecer por cuenta propia. Supongo que es por esa mímesis extraña del cuerpo, como cuando ves bostezar a alguien: entonces tú también bostezas. Pero hay una diferencia fundamental: no lo estoy viendo sino oyendo. Imagínate cómo debe ser oír alguien que pareciera vomitar como si se estuviera ahogando, como si realizara una performance catártica sin purificación, inhumana, que se repite siempre, casi puntualmente. Juro que uno tiene ganas de arrancarse las orejas pues el sonido lo atraviesa todo: es lo único de lo que no se puede huir. 

En Parásito, a la familia de los ricos le sucede algo similar pero no con el sonido sino con el olor de sus empleados, es decir, de los pobres. Un olor que activa un gesto que es una bomba de tiempo: el gesto del absoluto desprecio. Después de la burla, dar señales de asco a una persona que apesta es una de las mayores ofensas, un verdadero atentado contra toda la integridad moral, social, psicológica del apestoso. El aseo es demasiado importante para el mono desnudo: determina la clase, la cultura, el estilo de vida que lleva. El olor, al igual que el sonido, es inmaterial; es decir, a través de su invisibilidad, resulta dinamita para la imaginación. No hay mayor gesto de desprecio que esa cabeza que se echa para atrás mientras arruga la nariz y entrecierra los ojos. Tal gesto puede contener el inicio de un apocalipsis: es lo que sucede en esta película. Y lo hace a través de un humor negro corrosivo como pocas veces se suele ver en el cine.  

No estoy en contexto porque es la primera vez que conozco a este director, pero la verdad es que cae demasiado bien. Joon-ho Bong es un cínico radical pero con encanto: entre broma y broma y personajes hilarantes, consigue la empatía inmediata con los desfavorecidos, y en algún momento tú crees que va a dejar de meter el dedo en la llaga pero no. Se mantiene vil hasta el final. Incluso en su cierre, cuando al desesperado no le queda otro refugio que la fantasía; ese último gran recurso. El director surcoreano nos señala con el dedo, nos dice cómo somos, cómo pensamos, cómo procesamos la estupidez de la gente de bien y la viveza de los necesitados; explora la eterna hipocresía humana —se regocija como un niño en ella— siempre disimulada para la subsistencia de la especie, para ahorrarnos, supuestamente, problemas que estarían de más… y, al mismo tiempo, nos parte de risa, cosa esencial ya que hace la película soportable: toda la comunidad cinéfila universitaria hemos dejado nuestras mandíbulas en el suelo de tanto reírnos. Sin embargo, la narrativa es tan hábil que, en un abrir y cerrar de ojos, tensa la cuerda hasta el otro extremo y la exterioridad de la carcajada se nos voltea por completo hacia adentro: nuestro rostro termina hecho un muñón por el espanto. 


Cámara lenta Full HD. La interacción entre el cine y los smartphones propuesta por el director es ingeniosa y ridícula, como si de la nada entráramos a un espacio publicitario o aconteciera un meme en pleno scroll. 

El uso que se les da a los celulares, la interacción entre los personajes a través de este medio es genial, nada delicada. Ilustra como nunca haya visto en un filme su dependencia y tiranía, por eso todo el mundo se ríe en la sala. Ahí estamos. Apenas iniciado el filme, el hijo de la familia pobre anda buscando desesperado conectarse al wifi de los vecinos, encontrándolo justo al lado del wáter... Pero que nadie se ofenda: estar en línea es la operación más natural del mundo: si no lo estamos, nos extraviamos. O lo que es peor: nos aburrimos. Más adelante, la cosa se pone delirante: comienzan a usar los celulares como si fueran las armas nucleares del hombrecito del norte, Kim Jong-un. Un video, una foto infraganti, una imagen después precionar el botón de Enviar puede ser una cuestión de vida o muerte. Es realmente curioso que la conducta y por lo tanto el destino humano esté determinado por un aparato de uso cotidiano que cabe en nuestros bolsillos, ¡quién lo iba a pensar! Solamente McLuhan. 

Creo que todos hemos percibido la película de la misma forma: más que con los ojos o el intelecto, Parásitos se consume con el cuerpo. O, mejor dicho, nos consume el cuerpo. Pienso que ahí reside el verdadero goce del lenguaje y su expresión: sea cinematográfico, verbal, sonoro…

Leo que el director dice no creer en el poder "transformador” del cine. Teniendo a la risa como aliada y coartada perfecta, la única salida parece ser la dominación del éxtasis y el asco; el relámpago y la náusea; el sol y el horror, tal y como lo demuestra Parásito en toda su lucidez. Mientras tanto, tal como ironiza la película mediante la inclusión de un telégrafo hacia el final, nunca vamos a dejar de confundir nuestras ilusiones con realidades —no nos queda de otra, jamás nos dieron otra alternativa—, y nos entregaremos como siempre a la fantasía que ahora podemos materializar al instante en el espacio virutal, y lo primero que haremos al despertar cada mañana es ver quien nos ha enviado un mensaje al WhatsApp. 

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