El sueño de amor dura todavía. Jean Nicolas Arthur Rimbaud

Bajo los bosquecillos se evapora / el olor de la tarde festejada.

 

 




 

 

¡LA SANGRE PAGANA VUELVE! 

 

 



  

¡Ah!, esta vida de mi infancia, el gran camino de todos los tiempos, sobrio sobrenaturalmente, más desinteresada que el mejor de los mendigos, orgullosa de no tener patria, ni amigos, qué tontería era.  —¡Y solo ahora me doy cuenta!

Es la visión de los números. Marchamos hacia el Espíritu. Es completamente cierto, es un oráculo, lo que digo. Lo comprendo, y no sabiendo explicarme sin palabras paganas, quisera callarme. 

Las alucinaciones son innumerables. Es lo que siempre he tenido: no más fe en la historia, el olvido de los principios. Me callaré: poetas y visionarios tendrán envidia. Soy mil veces el más rico, seamos avaros como el mar. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡Vamos! La marcha, el fardo, el desierto, el hastío y la cólera. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entro en el verdadero reino de los niños de Cam.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Puedo describir la visión? 

 

 

 

 

 

 

 



Desde el desierto mismo, en la misma noche, siempre mis ojos cansados se despiertan a la estrella de plata, siempre, sin que se conmuevan los Reyes de la vida, los tres magos, el corazón, el alma, el espíritu. ¿Cuándo iremos, más allá de las playas y los montes, a saludar el nacimiento del nuevo trabajo, la nueva sabiduría, la huida de los tiranos y de los demonios, el fin de la superstición, a adorar —¡los primeros!— la Navidad sobre la tierra?

 

 

 

 

—¡Es cierto!; ¡es en el Edén en lo que soñaba!
¡Qué es para mi sueño esa pureza de las razas antiguas! 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tuve que viajar, distraer los encantamientos reunidos en mi cerebro. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Reconozco en esto mi sucia educación de infancia. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Quiero volverme loco de rabia. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por los caminos, en las noches de invierno, sin cobijo, sin ropa, sin pan, una voz estrangulaba mi corazón helado: "Debilidad o fuerza: aquí estás, es la fuerza. Tú no sabes ni a dónde vas, ni por qué vas; entra en todas partes, responde a todo. No te matarán más que si fueses ya cadáver". Por la mañana tenía la mirada tan perdida y el continente tan muerto, que los que he encontrado 
quizás no me han visto.




 

 

 

 

¿Qué era yo en el siglo pasado?

Volveré con miembros de hierro, la piel sombría, el ojo furioso: por mi máscara, se me juzgará de una raza fuerte. Tendré oro; seré vago y brutal. 

 

Todavía ayer, suspiraba: "¡Cielo!, ¡no somos bastante los condenados aquí abajo! ¡Llevo ya tanto tiempo entre su turba! Los conozco a todos. Nos reconocemos siempre; nos desagradamos unos a otros. La caridad nos es desconocida. Pero estamos educados; nuestras relaciones con el mundo son muy correctas". 

 

Si fuera menos salvaje, ¡estaríamos salvados! Pero su dulzura también es mortal. 

 

Tenía más fuerza que un santo, más sentido común que un viajero, —¡y él, solo él!, por testigo de su gloria y de su razón. 

Yo, villano, debí hacer el viaje a tierra santa; guardo en la cabeza las rutas de las llanuras suabas, de las vistas de Bizancio, de las fortificaciones de Solima: el culto de María, el enternecimiento sobre el crucificado despiertan en mí entre
mil fiestas profanas.

He huido. ¡Oh brujas, oh miseria, oh odio, a vosotros ha sido confiado mi tesoro!

 

 

 

 

            
            
            
 La desgracia ha sido mi Dios. 
       
       
       
       
       

       
       

 

 

Soñaba cruzadas, viajes de descubrimientos de los que no se conservaba relación, repúblicas sin historias, guerras de religión ahogadas, revoluciones de costumbres, desplazamientos de razas y de continentes: creía en todos los encantamientos. 

Nadar, triturar la hierba, cazar, fumar sobre todo; beber licores fuertes como el metal hirviente, —como hacían esos queridos antepasados alrededor de las hogueras. 

Después, ¡explicaba mis sofismas mágicos con la alucinación de las palabras!

Escribía silencios, noches, anotaba lo inexpresable. 

Me gustaba el desierto, los vergeles calcinados, los tenderetes marchitos, las bebidas entibiadas. Me arrastraba por las callejuelas hediondas y, con los ojos cerrados, me ofrecía al sol, dios de fuego. 

 

 

 

Pero por qué añorar un sol eterno, si estamos comprometidos en el descubrimiento de la claridad divina, 

¡Ah esto!,
el reloj de la vida se acaba de parar.
Ya no estoy en el mundo. 
—La teología es seria,
el infierno está ciertamente abajo
—y el cielo está arriba. 
—Éxtasis; pesadilla,
sueño en un nido de llamas. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Apreciemos sin vértigo la extensión de mi inocencia.

¡Yo!, ¡yo que me he dicho mago o ángel, dispensando de toda moral, he sido devuelto al suelo, con un deber que buscar, y la rugosa realidad por abrazar! ¡Campesino! 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 * * * 

 * * * 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nada de cánticos: sostener el paso ganado. ¡Dura noche!, la sangre resecada humea sobre mi rostro, ¡y nada tengo tras de mí, salvo este horrible arbusto!... El combate espiritual es tan brutal como la batalla de los hombres; 






 

pero la visión

de la justicia

es el placer

del Dios solo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Orgullo. La piel de mi cabeza se reseca. ¡Piedad! Señor, tengo miedo. Tengo sed, ¡tanta sed!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Espíritu mío, cuidado. Nada de decisiones violentas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Conozco aún la naturaleza? ¿Me conozco a mí mismo? No más palabras. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡Ya no sé hablar!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡Hambre, sed, gritos, danza, danza, danza, danza!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ahora estoy maldito, la patria me horroriza. 
Lo mejor es dormir bien borracho sobre la arena. 

Sobre el mar, al que amaba como si tuviese que lavarme de una mancha, veía levantarse la cruz consoladora. Había sido condenado por el arcoiris. La Felicidad era mi fatalidad, mi remordimiento, mi gusano: 
mi vida sería siempre demasiado inmensa para ser consagrada a la fuerza y a la belleza.

¡Oh pureza!, ¡Oh pureza!
¡Es este minuto del despertar lo que me ha dado la visión de la pureza! —¡Por el espíritu se va a Dios!
¡Desgarrador infortunio!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—Algunas veces veo en el cielo playas sin fin cubiertas de blancas naciones alegres. Un gran navío de oro, agita, por encima de mí, sus pabellones multicolores bajo las brisas de la mañana. He creado todas las fiestas, todos los triunfos, todos los dramas. He tratado de inventar nuevas flores, nuevos astros, nuevas carnes, nuevas lenguas. Creí haber adquirido poderes sobrenaturales. ¡Pues bien!, ¡tuve que enterrar mi imaginación y mis recuerdos! ¡Una hermosa gloria de artista y de narrador apasionado!




—¡Qué siglo de manos!—

 

 

 

 

 Jesús  camina sobre las zarzas purpúreas sin curvarlas...
La linterna nos lo muestra de pie, blanco y con trenzas morenas, en el flanco de una ola esmeralda. 

 



 

 Que la oración galope y que la luz   zumbe... lo veo bien. 


 * * * 

 

MAUVAIS SANG

En cuanto a la felicidad establecida, doméstica o no... no, no puedo. 

Muero de sed, me ahogo, no puedo gritar. 

Mi salud fue amenazada. El terror venía. Caía en sueños de varios días, y, levantado, continuaba los sueños más tristes. Estaba maduro para la muerte,

¡Y temo al infierno porque es la temporada del confort!

 

Yo no he hecho el mal.
Los días van a serme ligeros, se me ahorrará el arrepentimiento. 


Cada uno tiene su razón, desprecio y caridad: conservo mi sitio en lo alto de esta angélica escala del buen sentido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero la orgía y la camaradería de las mujeres me estaban prohibidas. Ni siquiera un compañero. Me veía ante una multitud exasperada, frente al pelotón de ejecución, llorando por la desgracia que ellos no hubiesen podido comprender, ¡y perdonando! —¡Como Juana de Arco!— "Sacerdotes, profesores, maestros, os equivocáis entregándome a la justicia. Nunca he pertenecido a este pueblo; nunca he sido cristiano; soy de la raza que cantaba en el suplicio; no comprendo las leyes; no tengo sentido moral, soy un bruto: os equivocáis". 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es evidente para mí que he sido siempre de raza inferior.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La última inocencia y la última timidez. Ya está dicho.
No llevar al mundo mis desganas y mis traiciones. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Veo que la naturaleza no es más que un espectáculo de bondad. 

Recibamos todos los influjos de vigor y de ternura real.
Y con la aurora, armado de un ardiente paciencia, entraremos a las espléndidas ciudades.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Voy a ser raptado como un niño, para jugar en el paraíso, en el olvido de toda desgracia?
 

 

 

 

 

 

 

Y la primavera me ha traído la risa abominable de cretino. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las ensaladas, las frutas
Solo esperan ser cogidas;

Pero la araña del seto
No come más que violetas​

 

Me convertí en una ópera fabulosa: vi que todos
los seres tienen una fatalidad de dicha: la acción
no es la vida, sino un modo de malbaratar alguna 
fuerza, un enervamiento. 
La moral es la
debilidad del cerebro.

 

 La hora de la fuga, ¡ay!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

He recibido en el corazón el golpe de la gracia.

¡Ay!, ¡no lo había previsto!

—¡Sea tres veces bendito el consejo que me ha llegado!

 
—¡Parece que es un sueño de grosera pereza!

 

 

En fin, pediré perdón por haberme alimentado de mentira. Y vamos. 

 

 

 

 

 

 


Sin embargo, hoy, creo haber terminado el relato de mi inferno. Era ciertamente el inferno; el antiguo, aquel cuyas puertas abrió el hijo del hombre.

 

 

 

 

 

Hasta que últimamente, creyéndome en mi último cuac, he pensado en buscar la clave del antiguo festín, donde quizás recobraré el apetito. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 La caridad es esa clave.  
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—¡Esta inspiración prueba que he soñado!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Acabé por encontrar sagrado el desorden de mi ESPÍRITU. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

solo hoy me vuelvo a encontrar. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

UNA
TEMPORADA
EN 
EL INFIERNO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entonces,  —¡oh!, —querida pobre alma,

¡la eternidad no estaría perdida para nosotros!  




El sueño de amor dura todavía
Jean Nicolas Arthur Rimbaud
(1854 - 

Esclavos, no maldigamos la vida. 

 


 Sensación 


En las tardes azules de verano, iré por los senderos,
arañado por el trigo, pisando la hierba fina.
Soñador, sentiré el frescor en mis pies.
Dejaré que el viento bañe mi cabeza desnuda.

No hablaré, no pensaré en nada:
pero el
amor infinito me subirá hasta el alma,
y me iré lejos, muy lejos, como un bohemio,
por la Naturaleza —feliz, como con una mujer.

Marzo 1870

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