Han pasado exactamente tres años desde que vuelvo a recorrer las páginas de un libro de Baudelaire. El día avanza y se cubre de ese tono pálido que no amenaza, pero tampoco promete. Abro Las flores del mal con la conciencia de que no es un libro al que se acude en busca de alivio. Charles Baudelaire no escribe para consolar, sino para obligarnos a mirar aquello que preferimos esquivar: el hastío, el deseo, la caída y la contradicción constante de existir.
Ya es de tarde y Lima respira ese gris tenue que no incomoda, pero tampoco cobija. El clima, como muchas veces, parece un espejo lleno de emociones a medias. Enciendo la lámpara amarilla sobre mi escritorio y abro el diario de Alejandra Pizarnik, aquel libro que siempre exige un tipo de valentía silenciosa. No es una lectura ligera, ni amable, ni decorativa. Leerla es como estar sentada frente a un espejo que de pronto empieza a hablar con tus propios pensamientos.