“Moisés y los Diez Mandamientos”. Sobre el episodio transmitido el día previo a la primavera

El joyero de palacio, Uri, exhala su último suspiro. | © @NovelasLatina

Poco después de declarado el estado de emergencia, la telenovela brasileña Moisés y los Diez Mandamientos comenzó a retransmitirse con gran éxito en nuestro país. Si la pandemia ha vuelto a poner todo bajo una nueva perspectiva, la denominada 'primera telenovela bíblica mundial' no deja de lucirse todas las noches como una verdadera obra contemporánea. Y no solo por estar basada en un libro de La Biblia.
El siguiente texto trata sobre el episodio transmitido el día de ayer, lunes 21 de septiembre, día de la décima plaga enviada por Dios: la muerte de todos los primogénitos en la tierra de Egipto.

“Impresionantes escenas de Ramsés”, dice con tranquilidad, al momento de abrir su programa, ese otro ángel de la muerte, la conductora de cabellera rubia, quien pasa inmediatamente a otra noticia nefasta a conciencia y sin que le duela. Así suele hacer todas las noches. Como en ese cuento de Horacio Quiroga, maestro uruguayo del terror, todo mi cuerpo es “un largo escalofrío”. En otra ficción acabo de ver pasar la medianoche, y con ella la décima plaga enviada por Dios. El miedo que me acosa es ese nudo en el estómago, y mis ojos están abiertos como dos faros. Hoy día estoy contando otro amanecer como los que vivimos en cuarentena, porque es un miedo similar al que sentimos a pocas semanas de que comenzara todo esto. Cuando recién comenzaba a ser imaginable que pasaríamos meses aquí encerrados, sin mañana, horrorizados por las líneas ascendentes de las gráficas, con las noticias no solo del Perú sino de todo el mundo entrándonos, así como el virus, por todos lados e imperceptiblemente, acostumbrándonos al nuevo espectáculo hasta hacernos desfallecer de hastío, padeciendo hasta la náusea toda la estupidez y crueldad que nos rodea —solo por mencionar un par de cosas que alcanzamos a ver desde la ventana.  

La telenovela brasileña con posproducción en Hollywood, Moisés y los Diez Mandamientos, no hace otra cosa que seguir superando todas las expectativas. Creo que nunca antes había vivido una obra de arte de la manera que lo estoy haciendo con esta novela. Todo es puro éxtasis. Cada episodio es como un shot de tequila en el día de tu cumpleaños que ya no puedes celebrar en grupo, salvo desees hacerlo a través de una pantalla. Estoy totalmente fuera de mí. Como la señora ministra de salud, estoy más que confundido, tal y como hace meses; no sé qué carajo está pasando alrededor y ni siquiera puedo expresarlo. Y cuando lo hago, lo hago mal. Toda la semana pasada en palacio hemos visto a todos los personajes, espejos de nosotros mismos, vivir en la desesperación que nos provocaba la angustia de haber llegado al día de hoy (ayer). Karem Roca se debe haber inspirado en esta telenovela de cualidades shakesperianas inspirada en el Éxodo. 

Sé que el instante de la muerte del joyero Uri (en portada) se va a quedar conmigo para siempre. La impresión que me ha causado su muerte es lo que me tiene así de nervioso, con el espíritu en un gallinero, insomne: ¡Hubieran escuchado el gemido de su último suspiro! Ha sido de una fugacidad horrorosa. Nunca antes en todo este periodo había sentido mi habitación más oscura y vacía. Ahora me parece inmensa. Estos efectos psicológicos que produce la novela no son normales. Todos las noches sintonizo una narrativa que no hace otra cosa que abrazar el 'absoluto', como una mujer que se deja poseer por el amante de turno. Cuánta indignación ha sentido mi corazón al ver cómo Uri ha traicionado, ya no sé si sin pretenderlo, a su pueblo el día previo a una liberación esperada durante 430 años​[1]; pero sobre todo a su familia. Esta es una de las promesas rotas más tristes que he visto en mi vida. Porque Uri no es un mal tipo; solo está ciego. Incluso hasta se me quieren caer las lágrimas mientras recuerdo e intento sacar algo de esto. Uri ya le había prometido a su familia retirarse al fin de palacio y reunirse con ellos en la villa de los hebreos. Sin embargo, Uri hace lo inexplicable. Le cuenta a Faraón lo que nadie, ni sus hombres de confianza, quieren que se entere: los corderos de los hebreos no han sido decomisados como él ordenó porque es la sangre de estos animales, considerados como dioses por los egipcios, lo que puede salvar a los primogénitos de la última plaga. Cae el soldado Ikeni, responsable de cooperar con los hebreos para salvar la vida de su hijo Pepy. Es el mismo traidor y canalla Bankenmut, su general, quien lo apresa diciéndole: "Te confieso que no me gusta nada hacer esto, Ikeni". Y lo peor de todo es que Uri ni siquiera es egipcio. Sino un hebreo libre que fue nacido y criado en palacio. 


Rafael Sardão interpreta a Uri, esposo de Leila, padre de Bezalel, hijo de Hur, suegro de Deborah y joyero del rey.

Hacia el final de este episodio, el 175, un Rey desvelado, furioso e impotente intenta en vano expulsar a los ángeles de la muerte enviados por Dios: "¡YO SOY HORUS VIVO EN LA TIERRA! ¡LES ORDENO QUE SALGAN! ¡LARGO DE AQUÍ! ¡FUERA!". Los ángeles se desplazan como pequeños cometas luminosos de un lado a otro a una velocidad contemporánea. Se escabullen finalmente en el lecho real, donde yace la Soberana aferrada a su único hijo, el heredero al trono, Amenhotep. Ambos se despiertan a medianoche por lo gritos de Faraón quien contempla lo innombrable. El episodio cierra con los gritos guturales de Nefertari al ver cómo su hijo muere delante de ella sin que sus dioses imaginarios puedan hacer nada.

Una usuaria de Twitter se pregunta, a propósito de este último episodio, "por qué hacen tan largo el sufrimiento". Parece ignorar que vivimos en el Perú. Así, con el dolor más grande que un ser humano puede llegar a sentir, la pérdida de un hijo, ha iniciado la primavera del infame ‘veinte-veinte’ en Lima.


[1] "El tiempo que estuvieron en Egipto los israelitas fue de 430 años. Cuando se cumplieron estos 430 años, todos los ejércitos de Yavé salieron en un mismo día del país de Egipto. Esta es la noche en que Yavé estuvo velando para sacar a Israel del país de Egipto. Esta noche es para Yavé, y los hijos de Israel la pasarán velando, años tras años, perpetuamente" (Éxodo 12, 40-42)

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