Un acto generoso es compartir lo que a uno le gusta: música, películas, libros. Esas son cosas que importan siempre. Ya lo sostenía Rob Gordon en High Fidelity y lo reafirmo.
Aportar una visión particular del mundo a otra vida es abrir una puerta corrediza hacia otras inmensidades. Esa es la magia del arte y también la de una recomendación que llega en el momento preciso de nuestra existencia.
Uno teme entrevistar a los escritores que leyó mientras crecía. Existe el riesgo de que el personaje termine devorándose al autor, de descubrir que detrás de los libros hay alguien que ya no se parece a ellos. Con Alberto Fuguet ocurre exactamente lo contrario. Mientras lo escucho, tengo la sensación de estar conversando con el mismo escritor que conocí en las páginas de Mala onda y Por favor, rebobinar.
Anclada cerca del mar, la casona roja de Magdalena recibe cada noche a cientos de espectadores desde hace cincuenta y cinco años. Más de medio siglo de trabajo sostenido del grupo de teatro Yuyachkani.
La primera obra que vi fue Sin Título, técnica mixta. Se lo contaba a Rodrigo, que estaba conmigo mientras esperábamos su nueva puesta en escena: Antes de irnos para siempre.
¿Cuál es la función del arte? ¿Y por qué es tan necesario? Seguramente habrá quien considere que es una cosa banal. Basta revisar el enfoque o la importancia de la cultura en los planes de gobierno para notar que Fujimori piensa limitarlo o integrarlo a la sociedad como Sánchez. ¿Limitarlo o domesticarlo?
Siempre hay una primera vez para todo. Domingo salgo hacia un concierto sin saber bien qué me espera en el centro de Lima. Ese lugar donde conviven la mixtura, la rareza y la belleza. Espero encontrarme con las tres.
Terapia Bar está completamente lleno. Apenas cabemos los que llegamos justo a tiempo. Esperamos en círculo alrededor de una mesa plegable, una tarola, dos baquetas, dos escobillas de acero y un micrófono con cable. La luz roja nos cubre a todos, uniformados de negro.
Es raro ver hoy bandas que evolucionan sin perder “eso” que los llevó a la cima. Y no solo me refiero a sonidos armónicos dentro de un disco, sino algo más. A mucho más.
पर्वत es el nombre del álbum. Representa la palabra parvat escrito en devanagari — sistema utilizado en el hindi y sanscrito —. Significa “montaña”, pero se reserva para aquellas majestuosas, sagradas o excepcionalmente altas, como el monte Kailash, morada de Shiva y símbolo del punto más alto de la conciencia.
Mientras presenciamos la realidad distorsionada de quienes se creen dueños del mundo —presentando maquetas inmobiliarias sobre el genocidio de un pueblo, o Estados en decadencia atacando naciones soberanas o asesinando a sus propios ciudadanos a plena luz del día— igual que Dina en el 2023, vengo a hablarle de los sonidos que esta ciudad necesita.
Primero te quitarán las clases de historia. Las reemplazarán por un curso de emprendimiento empresarial para que, desde el colegio, aprendas cómo funciona una empresa.—¿Para qué necesitas historia si el aparatito en tu bolsillo puede decirte quién fue presidente en esos años? —te dirán—. Es mejor que te adentres en lo corporativo.
Al principio no notarás la ausencia. Nunca se nota cuando algo empieza a faltar.
Hace unos días conversaba con unos amigos sobre las viejas épocas del grunge, ese momento en el que la música no era solo sonido sino postura vital. Había una autenticidad que no se fingía: la forma de tocar, la ropa, el escenario, todo respondía a una coherencia interior. Nadie pensaba en viralidad. Un músico no cambiaba de género, estética y discurso cada seis meses como quien cambia la etiqueta de un frasco de mermelada.
“Yo declaro, bajo juramento, que apoyaré y defenderé las leyes de mi nación contra todos los enemigos, extranjeros y nacionales; que le tendré verdadera fe y lealtad; que tomaré las armas en nombre de mi país cuando sea necesario.
Que trabajaré por un país próspero, fuerte, armonioso y bello. Ofrezco mi cuerpo y mi mente a la gloria entera de la Patria.”