“¡No hagas esto, Patty!”: cuando el teatro nos obliga a mirar de frente

Difusión

Escrito por Mario Gaviria

Dentro de una casona antigua, frente a la ruta del Metropolitano, en la avenida Bolognesi de Barranco, se refugia el teatro.

Cuando llegas a Casa Bulbo para ver una obra, todavía resuenan la música y el ambiente festivo. Te recibe un lobby teatral con un aire casi clandestino. Entre música, cócteles y decenas de personas reunidas, uno entra a un espacio vibrante y efervescente.

En medio de ese espíritu de celebración se presenta Los irresponsables. Hacía tiempo que no iba al teatro y fue tan bonito como sobre estimulante reencontrarme con tanta gente. El espacio es abierto, una proyección anuncia las obras en cartelera (inevitable pensar en Microteatro) y el tiempo transcurre con una calma amable.

Cuando entramos a la función, nos recibe la directora: Malu Gil. El dramaturgo y actor, Luis Carlos Reátegui (Luca), no está, pero la actriz, Silvana Picco, deambula en una esquina. El espacio escénico está al centro y las sillas lo rodean por completo. De fondo suena un saxo que me suena muy Malú, muy Luca; no sé si también sea muy Silvana, aunque de alguna manera la siento presente ahí. Antes de dar inicio a la función, Malú dirige unas palabras al público y pide que las grabaciones con celulares se hagan sin flash ni brillo. Instrucciones para el público, pensé.

Silvana sigue caminando en la esquina desde que entramos. Justo me senté a su lado. La sala del estreno estaba llena. Los murmullos previos a la función se mezclaban con la música y con la concentración de la actriz. Poco a poco la luz cayó hasta la oscuridad. Entonces se abrió la puerta y un preciso haz de luz la iluminó.

La obra, originalmente escrita en 2017, nos presenta de golpe a una pareja. Nos arroja al centro de una habitación donde ya existen tensiones que se despliegan entre lo íntimo y lo laboral. Patricia, una mujer con poder —una gobernadora regional, según entendí— comparte escena con su pareja, un hombre serio que parece estar constantemente preocupado por el bienestar de su jefa y compañera. La obra se construye a partir de un diálogo que dosifica la información: para el público es nueva, pero para los personajes forma parte de su cotidianidad.

Siempre encuentro valor en las obras que no se detienen a explicar, sino que muestran a sus personajes actuando sobre su propio mundo. Las consecuencias y sus efectos son, al final, lo que queremos ver. Luca y Silvana nos zambullen en esa realidad. Manipulación, negociación, intimidad, naranjas, un tío, whisky, jazz. Todo se siente como si siempre hubiera estado ahí.

¿La obra es, por momentos, demasiado dependiente del diálogo? Puede ser. En algunos pasajes me hubiera gustado que cierta información apareciera mediante una fotografía, un audio, un video o incluso una llamada, en lugar de ser únicamente contada. Eso no le resta fuerza al montaje, que se sostiene con solvencia.

No me interesa spoilear la obra. Lo que sí puedo decir es que se siente profundamente actual y necesaria. Tanto así que, al conversar con el dramaturgo, me contó que la versión original tenía a dos personajes masculinos, pero que, a raíz de la situación política con Dina, decidió convertir a uno de ellos en mujer. También me comentó que escribió el texto "a raíz del incendio en Cantagallo que afectó a una comunidad shipiba".

También pude conversar unos minutos con Malú, quien ya había dirigido antes en Casa Bulbo y que, esta vez, optó por un escenario en 360°. El salón es amplio y me encantó que el espacio escénico estuviera al centro. Era entrar literalmente en la habitación. El público se convertía en las paredes. Me habló de la importancia de trabajar la escena con diagonales; claro, eso mejora la visibilidad, pero también imprime movimiento constante a la puesta. Que vivan las diagonales.

Fue una noche linda de teatro. Lo agradecí.

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