Marco Yanayaco Evangelista | 18.08.2026

Escrito por Marco Yanayaco
Tomyor, banda proveniente de Trujillo, presentó su disco debut, Terapia Cooper para adultos mayores, en vísperas de Navidad de 2025, donde combina sonidos que van desde el power pop, el indie y el hyperpop. Gran parte de su estética carga con una influencia del lo-fi chileno y del pop argentino, pero adapta esas motivaciones a su propio entorno y a sus propias vivencias. Si bien esta reseña debió salir mucho antes, no quería dejar pasar la oportunidad de escribir sobre este álbum en particular, que me parece importante por la energía nostálgica y juvenil que transmite tanto en sus letras como en su sonido. Fuera de Lima, los proyectos que van naciendo y consolidándose tienen su propia mirada, su propia forma de crecer y morir.
Partiendo desde la Intro, ya hay un sonido bastante direccionado hacia el indie, acompañado de una guitarra que te hace conectar de inmediato con el verano, la playa y todo aquello que remite a un escenario relajante de años pasados. Un inicio instrumental que no deja de ser pura remembranza. No sé cuántas horas juega más con el power pop, donde los sintetizadores flotan a lo largo de toda la canción y le añaden un carácter fresco, aunque por momentos el sonido se vuelve más áspero. Todo esto sin dejar de lado una letra que resulta sumamente anecdótica.

Los chicos quieren pizza es el ejemplo perfecto del hyperpop y de esa letra aparentemente tonta que, sin embargo, retrata todo el sentimiento de manera completa y necesaria. Es uno de los mejores temas del disco. Una batería acelerada, la voz y los instrumentos van saltando de un lado a otro entre píxeles, bloques y una estructura bastante dinámica. Todo esto motiva un baile caótico.
Parafina, por otro lado, apunta a algo más cercano al indie rock o al power pop, donde la guitarra y el surf se hacen presentes en la melodía, con claras inspiraciones en los inicios de The Strokes. Si bien está más orientado hacia ese sonido clásico, resulta refrescante que el leitmotiv del disco sea una anécdota graciosa, un buen recuerdo. No es algo que te lleve al desánimo, sino todo lo contrario. Incluso en los momentos serios siempre hay algo de risa detrás.
En temas como Fiesta pituca, una canción corta que habla de las quejas alrededor de esos lugares donde va solamente gente con plata y la diversión suele ser demasiado estirada y cara, el mensaje resulta válido porque representa a una parte de la audiencia: los lugares simples y sencillos, juntarse con patas y reventar en una borrachera. El peor de todos, por otro lado, tiene mucha personalidad, con la voz del vocalista pasado por un filtro sucio y de baja fidelidad, además de ese riff que acompaña toda la canción junto a la caja de ritmos y la batería real.

Argomedo me parece de lo más destacable, no solo por su estructura más ordenada, aunque más cercana al indie rock clásico, sino también por la forma de contar y jugar con los riffs, las voces y los puentes, que hacen que el tema resulte entretenido y divertido. Es pura nostalgia y podría considerarla la canción que lleva el emblema del álbum sobre sus hombros. Resalta por las pausas lentas, los gritos desenfadados y esa naturalidad propia que hacen que todo se vuelva más cercano e íntimo.
No tengo reparos en decir que la escena musical debe moverse más allá de Lima. Hay bandas increíbles como Tomyor que son una prueba de cómo se puede tener un sonido propio a partir de vivencias propias e intermitentes que suceden en nuestra vida. La casualidad y la vida en este país tienen mucho que contar, y es grandioso que la música también pueda plasmar la adolescencia, el crecimiento y la sociedad. No todo debe ser tan oscuro; a veces la música necesita encontrar estos espacios para recobrar fuerzas en lo cotidiano.


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