Narcosis, la rabia sigue vigente

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Escrito por Martín Carrasco

El Cachorro está sobre el escenario, parece no mirar hacia ningún lado. En el suelo, un fanzine se ha caído del bolsillo de un borracho sudado luego del pogo de Atómica. El Wicho intenta arreglar el micrófono que se cae; acaso recuerda los ochentas, las guitarras prestadas, las batidas de los tombos en los conciertos. El micrófono parece sostenerse ahora sí, y agradece a Cementerio Club y Voz Propia, que también han tocado antes de ellos.

"¡Toquen, mierda!"

La gente ha hecho sus previos, vienen de las escaleras frente a Sucre aprovechando las luces parpadeantes del poste que apunta a la Bajada de los baños y se rotan el vaso de pisco antes de ir al concierto. Pelo empieza a golpear la batería y arrancan los saltos, los codazos, la sacada mierda. De una u otra manera esa noche todos sabían que estaban viendo al trío original por última vez.“Todos con Cachorro” se realizó un 7 de junio del 2018 en el Sargento Pimienta. Para muchos esa fue la primera vez que veían tocar a una de las agrupaciones fundadoras de esa explosión de rabia e inconformismo que fue el rock subterráneo.

Precedidos y alentados por esa otra rareza llamada Leusemia —cuyo nombre ya empezaba a circular entre oídos y paredes pintadas en el centro de Lima—, los miembros de Narcosis tuvieron una revelación similar a la que Leonard Cohen sintió al escuchar cantar a Bob Dylan: si ese huevón puede, si ellos pueden, nosotros también.

Leusemia fue el disparador para bandas como Autopsia, Guerrilla Urbana, Zcuela Crrada y Narcosis, consideradas como las fundadoras de este estallido que entendió al rock no solo como el soundtrack de una etapa de la vida, sino como un estilo y una actitud ante la vida en sí en medio de un país atravesado por una crisis económica que crecía en medio de la violencia desatada con la aparición de Sendero Luminoso a inicios de la década de los ochenta.

Y si Leusemia encendió la chispa cuando ese flaco se subió al escenario de La Caverna, en el jirón Moquegua, fue Narcosis quien dio un nuevo giro cuando Wicho grabó y produjo la maqueta Primera Dosis.

Siguiendo el leitmotiv punk del do it yourself, agarraron una casetera, un micrófono donado por el famoso tío periodista de Wicho (César Hildebrandt), y empezaron a ladrarle lo que sentían a los sucios policías, al hemicirco, a la represión y a las máscaras de una sociedad hipócrita. Así lo recogieron Baltazar Caravedo y Telma Rosi en aquel recordado reportaje televisivo de 1985, sobre el concierto El rock subterráneo vuelve a atacar Lima, en el parque Salazar, donde muchas familias vieron por primera vez lo que era un pogo y escucharon a grupos de jóvenes granputear la realidad de un país que parecía no tener futuro.

Esa maqueta, con su rabia contenida en canciones, animó a otros grupos a sacar sus propias producciones. La idea era clara: no había que saber cantar, ni tocar, ni grabar, ni escribir, ni producir. Lo único que importaba eran las ganas de hacer algo, de transformar esa realidad y decirlo a gritos.

Tal vez por esa actitud, ese viejo cassette —esa mítica maqueta de una banda que no duró ni un año— sigue tan vigente en nuevas generaciones que corean las mismas indignaciones contra los actores e instituciones de siempre, aunque con nuevos nombres, máscaras, relojes y retoques de nariz.

Cuarenta años después, la banda se reúne, ya sin Cachorro, pero acompañados de Javier Chunga en la guitarra, junto a Morbo, Voz Propia y Montaña, este sábado 30 de agosto en el Teatro Leguía. El pogo está asegurado. Y es que todavía hay motivos para que la rabia siga vigente.

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