Hace unos días me puse a pensar sobre qué escribir para esta nota. Tenía varias ideas y sabía más o menos qué es lo que la gente esperaría leer en una fecha como esta. Me sentaba frente a la laptop, escribía un par de líneas, me paraba, la cerraba… y me olvidaba. Luego regresaba e intentaba de nuevo.
¿De qué podría hablar? ¿Debería dar un mensaje inspiracional? ¿Trasladar mis inquietudes desde la maternidad? O tal vez, hacer simplemente un listado de las mejores artistas mujeres...
Sales del cine confundido, mal saboreado y está bien.
Para poder hablar de Sirāt y todo lo que trajo sus ventiscas de arena, no basta con recapitular lo sucedido. Esta es una experiencia sensorial a modo de prueba para el espectador.
Desde el inicio, la película te hace entrar en una especie de trance, donde el sonido se convierte en uno de los personajes principales. Con pocos diálogos y personajes negacionistas, se sitúa en un escenario “postapocalíptico” en el que simplemente te dejas llevar.
Un año donde conecté conmigo antes que con otros. Siento que viví mil versiones de mí misma –al menos una por mes– muy Being John Malkovich de mi parte. El 2025 fue raro. No malo… bueno, mentira: por ratos, malísimo. Pero, dentro de todo, me acompañaron una serie de películas que no todas se estrenaron este año, no todas las había visto antes y algunas las vi unas cuantas bastantes veces.
En el marco del Festival de Cine de Lima, nuestra colaboradora pone el foco en Runa Simi, uno de los documentales más conmovedores de la competencia latinoamericana. Su interés no es casual: la película entrelaza identidad, lengua y memoria en una historia íntima y a la vez profundamente política, capaz de mostrar cómo un acto creativo puede convertirse en un gesto de resistencia cultural.