Paloma Pulisci | 08.03.2026

Escrito por Paloma Pulisci
Hace unos días me puse a pensar sobre qué escribir para esta nota. Tenía varias ideas y sabía más o menos qué es lo que la gente esperaría leer en una fecha como esta. Me sentaba frente a la laptop, escribía un par de líneas, me paraba, la cerraba… y me olvidaba. Luego regresaba e intentaba de nuevo.
¿De qué podría hablar? ¿Debería dar un mensaje inspiracional? ¿Trasladar mis inquietudes desde la maternidad? O tal vez, hacer simplemente un listado de las mejores artistas mujeres...
Pero he pasado treinta y siete (casi treinta y ocho) junios llenos de retos que, más allá de ser parte de lo que conlleva ser humana, son experiencias desgastantes que existen únicamente por el género que habito. Ser mujer es difícil. Es complejo. A veces incluso agotador.
Por lo que me puse a pensar: ¿qué significa realmente ser mujer hoy?
Cuando intento responder esta pregunta, regreso a Sofia Coppola. En sus películas aparecen mujeres que parecen estar atrapadas en una especie de transición perpetua entre lo que son, lo que se espera de ellas y lo que se les permite ser. El aislamiento y la melancolía atraviesan gran parte de su filmografía: sus personajes habitan mundos donde el encierro no es solo emocional, sino también social. Espacios que muchas veces no las incluyen como pares, sino como accesorios.
La teórica feminista Teresa de Lauretis escribió que gran parte de la crítica hecha por mujeres al cine se ha concentrado en la representación y en las formas en que nos identificamos (o no) con lo que vemos en la pantalla. Es por eso que el cine de Coppola resulta particular, sus películas no intentan convertir a los personajes femeninos en arquetipos, sino que se detienen en la observación de mujeres complejas que habitan una atmósfera incómoda, un momento en el que muchas mujeres intentan entender quiénes son dentro de un mundo que ya ha decidido algo sobre ellas.
El crítico Roger Ebert escribió sobre Marie Antoinette:
“Esta es la tercera película de Sofia Coppola centrada en la soledad de ser mujer y estar rodeada de un mundo que sabe cómo usarte, pero no cómo valorarte ni comprenderte”.
Algo similar ocurre con las hermanas Lisbon en The Virgin Suicides. La película está atravesada por la mirada de quienes intentan comprenderlas años después. Sin embargo, ese intento fracasa. Las hermanas permanecen siempre parcialmente inaccesibles, como si hubiera algo de su experiencia que el mundo que las observa no logra traducir. No porque el silencio sea una forma ideal de resistencia, sino porque muchas veces las mujeres son interpretadas, analizadas o corregidas antes de ser realmente escuchadas. En ese sentido, la pasividad de las hermanas Lisbon puede leerse como un gesto subversivo: una forma de resistencia frente a una mirada que insiste en explicarlas.
Esa sensación de control se puede percibir en la actualidad, vivimos un momento horrendo: una época en la que derechos que parecían conquistados vuelven a ponerse en duda. Hay un retroceso que amenaza nuestra integridad y nuestra autonomía. Las discusiones que creíamos superadas reaparecen con una facilidad inquietante. De pronto, la igualdad vuelve a ser presentada como una exageración, la violencia como un malentendido, y la autonomía femenina como algo negociable.
Después de casi treinta y ocho junios, pienso que el confinamiento y la melancolía femenina… ese sentirse observada, definida o limitada por otros es también una de las formas más silenciosas de soledad. A veces imagino que llegará un día en que mi independencia no será solo económica, física o cultural, sino también emocional.



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