Y un día volvieron a ser jóvenes

Fotos de Hector Llaullipoma

Escrito por Giancarlo F. Ciprian

Eran las 9:06 y la banda aún no salía. Comenzaban algunas pifias y silbidos amables llamando a los integrantes. Un amigo me hizo notar que gran parte del público pasaba los 30 años de edad. Fue en ese momento que comprendí la razón de su impaciencia. Beach Fossils había entrado al oído latinoamericano, como varias caras de la escena indie norteamericana, a través del boom de internet y las recomendaciones de YouTube, respondiendo a un rock mucho más calmado, pero no por eso menos sentido, gracias a las letras de la agrupación neoyorquina.

En vista de esta breve biografía, que debo admitir que leí días antes mientras me preparaba para el recital, sentía empatía hacia el público que por fin podía verlos en vivo. Aún sin que salieran, aplaudían y los llamaban diciendo “Fossils” en coro, como si pudieran invocarlos. Para sorpresa de mis amigos, la banda respondió al llamado y, en medio de la ovación, comenzaron a salir. Como disculpa por la espera, lanzaron flores al público como muestra de gratitud y regalaron la primera canción de la noche: Don’t Fade Away. La gente fue hacia adelante y el ambiente comenzó a calentarse. En el apartado de gráficas observaba estos peluches que alguna vez tuve de niño mientras veía cómo esas imágenes de nostalgia e inocencia se combinaban con sus canciones.

“Ala, sí suena demasiado 2010”, me gritó al oído un amigo mientras sonaba Out the Way. Lo tomé como un chiste, pero escribiendo esta crónica recordé que íbamos un tercio del setlist y que me había fijado en los rostros del público y de la banda, cansados y algo arrugados por el paso del tiempo. Eso ya no era un límite por la euforia del concierto y, por un momento, los treintañeros olvidaron el dolor de sus rodillas y no dejaron de saltar durante toda la canción, mientras los observaba un poco atrás de toda la acción.

Cerca de la mitad del concierto, el campo de batalla se hacía cansado para algunos y comenzaban a retroceder para tomar algo de aire, beber una cerveza o simplemente descansar las piernas. Me pregunté por un momento si me sentiría así en 10 años, aunque rápidamente recordé que ya estaba cerca de mis treintas. Comenzaron a tocar Generational Synthetic y sentí la ironía cayéndome de golpe.

Algo que me pareció curioso por parte de Dustin Payseur era que ya iba tres veces agradeciendo y recordando que era la primera vez que venían a tocar al Perú. Su emoción orgánica y su cansancio se mezclaban, y me daba cuenta de que era un sueño cumplido para los presentes en el recinto. Comenzó a sonar Adversity y quise aprovechar para ver cómo cada persona reaccionaba a la banda. Dentro de mi avistamiento pude notar cómo una pareja no dejaba de tomarse de las manos. Probablemente habían empezado al inicio y, para mi alegría y, por supuesto, la de ellos, las mantuvieron juntas durante toda la presentación. Luego observé los balcones, a los que tuve la opción de subir, pero no sé por qué no lo hice, y divisé a una pareja que se besó durante el coro que decía: “All that you see, you and me”. Este ejercicio fue bonito de realizar.

Cerca de lo que era el encore, Tommy Davidson pidió un apagón forzado en todo el local. Las luces del escenario y las gráficas se esfumaron y los teléfonos aparecieron como únicas señales de brillo. Comenzaron a afinar sus instrumentos al unísono y formaron una melodía que algunos comenzaron a notar de cuál se trataba. Es así que, en medio de lo que parecía un apagón, brindaron una versión íntima de Sleep Apnea que todos comenzaron a cantar. Ya para ese momento dejé el celular con las notas y decidí cerrar los ojos y dejarme llevar por el sonido.

Ya para el final sucedió algo que me cerró la boca por mi prejuicio sobre el cansancio del público. Ellos sabían que ver a Beach Fossils de nuevo sería algo quizás lejano y que ahora era el momento para volver a sus veintes, así que, mientras sonaba Down the Line, entre gritos y saltos, la gente comenzó a moverse con fuerza. Una amiga me dijo que debía bajar y no ser mero espectador de todo, sino formar parte. Fue así que me mezclé entre las camisas sudadas y la chela que empezaban a botar, mientras Dustin y compañía cantaban el coro: “These days I feel like I do nothing right / So come with me and we’ll go down the line”. Como obedeciendo a la letra, todos nos juntamos y fuimos parte del momento.

Durante el cierre de su última canción, Daydream, me alejé un poco para dar una última mirada al panorama. Ese agotamiento que percibí en un inicio ya no existía y todos saltaban y cantaban como si el concierto diera para más temas. Dustin Payseur prometió volver y, si bien eso lo vi muy complicado, lo que importa es que el evento se dio. Caminé un poco y vi los rostros felices de los asistentes que, por un momento, volvieron a ser adolescentes.

Y si bien tengo mis críticas con la nostalgia, era necesario un concierto así porque para ellos era una revancha con ese pasado: podían estar entre amigos y escuchar música todo el rato antes de entrar a un mundo corporativo, socialmente más convulso y donde la música es nuevamente un puente hacia años que se recuerdan con más gracia.

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