Crónica The Chameleons en Lima: Fantasmagoría de vibraciones oscuras

Fotos de Alex Meneses

Escrito por Marco Yanayaco

La banda The Chameleons se presentó el pasado 13 de mayo en el Centro de Convenciones Leguía, ante sus más acérrimos fanáticos, que esperaron su regreso desde que se confirmó su tour por Latinoamérica. Esta vez, la banda estuvo compuesta por Mark Burgess en la voz y el bajo, y Reg Smithies en la guitarra. Dos de los miembros originales bastaron para armar alboroto.

Esa noche no solo los seguidores de antaño pudieron disfrutar del show, sino también los más jóvenes (incluyéndome). Chameleons dio una de las performances más vibrantes que me ha tocado ver. Y es que se trata de una banda legendaria del post-punk, cuya influencia es notoria en grupos locales e internacionales. Es imposible ignorar su legado, pues, como un ente, sigue rondando y apareciendo entre lo más oscuro de las letras y atmósferas actuales.

La ansiedad

Era la noche del 13 de mayo. Un miércoles como cualquier otro, de todas las semanas, excepto porque iría a ver a The Chameleons. O eso pensaba, pues no estaba seguro de si lograría entrar en las listas de acreditación.

Estuve realmente a un semáforo en rojo de tirar la toalla, irme a casa y decir: “Quizá una próxima vez será”. Pero me importó una mierda. Jamás diría eso si no fuera hasta el último minuto o hasta que me gritaran un “NO ESTÁ ADMITIDO”, como me pasó cuando quise ver a Narcosis.

Y así, con toda la incertidumbre del mundo sobre mis hombros, me alisté. Llevé mis discos de Script of the Bridge para que me los firmaran, tomé las llaves y fui como si ya tuviera la autorización (que todavía no me habían dado). A medida que pasaban las horas, mi ansiedad solo aumentaba mientras esperaba la bendita acreditación.

Tomé el bus y eran casi las 7:45 p.m. Apenas faltaba una hora para empezar. Revisaba el celular constantemente. Cuando estuve apenas en la esquina del Leguía, ya podía escuchar algunos temas de Siouxsie and the Banshees, Joy Division y The Sisters of Mercy. Incluso pude ver gente con el reconocible maquillaje gótico, ropas negras y telas oscuras, completamente arreglados para la ocasión. Aunque, claro, la mayoría eran señores, también había una gran cuota de gente joven que esperaba con tantas ansias ver a la banda como yo.

Llegadas las 8:20 p.m., la gente ya había empezado a entrar. Los nervios los tenía cruzados: había llegado la hora. Me acerqué a seguridad para decirles que tenía acreditación y me derivaron a otra fila donde, en una mesita, me preguntaron mi nombre y por cuál medio iba.

Mientras esperaba que verificaran mis datos, las luces del escenario parpadeaban elípticamente y me apuntaban a mí, lo cual me generaba un calor indescriptible en el rostro. La encargada buscaba en su lista y pasaba página tras página con cierto apuro. Poco a poco empezó a pronunciársele en el rostro una señal de molestia al no poder encontrarme.

Yo solo podía ver cómo llegaba a las listas finales, con los últimos nombres. Hasta que, al final, me dio el ansiado dictamen. Fue una sola frase mortal, un soplo al corazón. Con la conciencia colgando de un hilo, al filo del desmayo, pude escucharla decir…

¿Qué creen que dijo? Puede que me haya dicho que no estaba en la lista y que regresé a casa devastado después de eso, pero sería muy aburrido leer una crónica así, ¿no?

Entonces se preguntarán qué pasará ahora con el resto de esta historia. Pues lo que leerán a continuación es el escrito de la gran imaginación y la poca cordura de un fan que en serio quiso ir, pero no pudo.

puaLas fotos oficiales que acompañan esta crónica solo harán más creíble mi historia… o quizá todo lo contrario.

¿Delirio o realidad?

Atravesé el portón para entrar al local, que rebotaba luces azules y blancas. Los de seguridad me preguntaron si traía algo punzocortante y les contesté que solo explosivos. Me dejaron pasar.

Ya adentro, me puse a mirar el rostro de la gente. Eran los rostros más emocionados, tíos y robustos que jamás había visto. Todos con pantalones de cuero oscuros, vestidos medio largos, peinados disparatados y maquillaje violeta, azul o negro. Todos con una lata de cerveza en una mano y un pucho en la otra.

El ambiente se sentía extrañamente amigable y vivido, lleno de oscuridad, pero también de emoción. Poco a poco iba llenándose el lugar. Poco a poco sentía que la noche sería una marea fantasmal.

Con el paso de los minutos aproveché para ver el merch, como de costumbre, y deleitarme con algo que difícilmente podría costear. Aun así, casi siempre compro discos; los polos me dan igual en muchos casos, aunque debo admitir que me gustaba el diseño de esa noche.

Casi siempre siento que a los polos les estampan dibujos hechos con la peor gana posible o que los diseñadores se esfuerzan en hacer la imagen más pequeña que puedan para luego ponerla en el centro del polo. Lo gracioso es que, aun así, su valor nunca baja de 100 soles. Será la inflación, el calor o qué sé yo.

Unos momentos más tarde me encontré con el querido Cíclope, entre otras caras conocidas que rondaban por ahí, todas preparadas para divertirse. Estuve dando vueltas por todos lados antes de que empezara el show.

Ya cuando comenzaba a hacerme un lugar entre la gente para poder ver bien el escenario, todo se apagó. Entre luces de neón azules que aparecían y desaparecían, la banda fue entrando y posicionándose con sus instrumentos mientras la gente gritaba enloquecida. Era una imagen digna de un wallpaper o de la portada de un póster exquisito: el fondo azul y la oscuridad convertían a la banda en sombras fantasmales.

Casi inmediatamente empezaron a tocar “Where Are You?”, de su disco más reciente, Arctic Moon. Ahora, yo siempre he sido fan de la banda y, si algo debo decir, es que el bajo es bestial. Pero comprobarlo ese día fue una experiencia divina. La resonancia del sonido parecía dispersarse y estallar en las esquinas de las paredes. Era mucho más de lo que esperaba.

Aunque lo mejor llegó cuando empezaron a sonar los clásicos de Script of the Bridge. Cuando comenzó ese bajo lento y percudido en neblina de “Pleasure and Pain”, todo se volvió justamente eso: un placer doloroso. Era como beber un veneno que entraba por las venas y las estiraba como cuerdas de violín mientras el espacio se deformaba en ondas.

Las reminiscencias de esa noche son bastante espectrales: luces que se apagan para luego volver a encenderse de la nada, canciones que te van hundiendo como si estuvieras dentro de una tumba sin fondo y descendieras cada vez más profundo.

Pero eso no basta con Chameleons. Hace falta algo más, y es justamente la voz de Mark, que entre seria, desenfadada y robusta resuena en tu cabeza, satura tus tímpanos e hipnotiza. Laura, de Solenoide, poco después me confesó que Chameleons era una banda que inspiró mucho a la suya. Ese sonido espectral y nubloso, que te genera cierta intriga, estaba presente en su música. Algo que Simon Reynolds debió mencionar más en su libro sobre el post-punk, porque Chameleons es una banda infravalorada, con un sonido lleno de texturas, bajos y atmósferas que no he visto en otras bandas, o que muchas han intentado replicar a partir de ellos.

“Perfume Garden”, con su batería acelerada y sus guitarras y bajos más histriónicos, fue la piedra inicial para ver ese mar de cabezas agitarse y empezar a saltar de una vez por todas. La noche ya iba por la mitad y por fin podía ver esos esqueletos moverse, dejar la pose y la charla para luego danzar.

Lo inigualable de las bandas de post-punk es ese sonido tan bailable y oscuro que tienen; es simplemente irresistible. Era escuchar “Up the Down Escalator” y ver cómo, en el segundo piso, algunos bailaban con sus parejas, amigos o incluso con su propia sombra agitándose en el aire.

Un tipo casi me lanza su cerveza de lo ebrio que estaba, pero como llevaba botas di un salto y lo esquivé. Fue mi hazaña nocturna. No era momento para molestarse con nadie; solo había que entrar en el mood, dejarse llevar y ya.

Durante el solo de guitarra de la canción vi al sujeto y nos pusimos a corear: “Eden. There’s no Eden anyway!!”. Y ya está, todo olvidado en el pozo. Uno de los mejores momentos fue escuchar “Paradiso” y sentir un escalofrío terrible que me recorría la espalda y las orejas. Quería llorar y no pude porque sentí que estaba dentro de un sueño tranquilo y camaleónico.

REMOLACHA

Llegando al final es donde suele estar lo mejor. Los conciertos suelen ser una gigante remolacha donde lo más sorprendente se esconde bajo la tierra, aferrado a su raíz más fuerte. La banda dio lo mejor de sí a partir de este momento.

El inicio de “Soul in Isolation”, con esa batería durísima y esos acordes que te hacían descender a un abismo oscuro, era sublime, adictivo. Una atmósfera brutal y pesadillesca. Cuando se trata de eso, nadie le gana a Chameleons. Las vocales de Mark, el riff delgado que iba acrecentándose hasta explotar en un clímax sonoro y gritos… Era como si una ráfaga de aire tumbara las paredes. Y si las paredes hablaran, no dirían nada de tanto horror.

Swamp thing fue algo parecido, ese sonido raro de guitarra marcando un ritmo lento y seguro. Todos esos momentos brillantes parten de algo tan simple, pero se disparan en el aire como cohetes invisibles porque cuando menos lo esperas ya estás bailando a merced del ritmo y la nostalgia.

“Swamp Thing” fue algo parecido: ese sonido raro de guitarra marcando un ritmo lento y seguro. Todos esos momentos brillantes parten de algo tan simple, pero se disparan en el aire como cohetes invisibles porque, cuando menos lo esperas, ya estás bailando a merced del ritmo y la nostalgia.

Ya casi para el cierre, la banda se retiró un momento para causar esa tensión que hoy las redes han terminado arruinando. Pero también fue una pausa para recuperar algo de fuerza para lo que venía. Mark regresó con un polo distinto, tomó su bajo —con las cuerdas más pesadas y afiladas que he escuchado en mi vida— y empezó a tocar las primeras notas de “Monkeyland”. Casi como en un trance o un lamento callado, comenzó a recitar las primeras líneas de la canción como un susurro, una plegaria desenfadada.

Así el sonido iba transformando sus pies en garras afiladas. La gente empezaba a empujarse y saltar cuando, en medio del silencio, se escuchó una sola voz: “It's just a trick of the light”. Entonces el descontrol se apoderó de cuerpos que parecían rejuvenecer por un momento. Ojalá nadie tuviera que contarlo y solo pudiera vivirse, pero aquí estoy intentando expresarlo en palabras.

Con “Second Skin” llegó una tranquilidad ansiosa y terrible. El ritmo marcado no temblaba ni daba señales de agotamiento; era casi un canto funerario expansivo. Una pareja se besaba a mi lado mientras todo eso pasaba. Realmente había muchas parejas y grupos de amigos bailando contentos, felices. Las luces hacían brillar el maquillaje blanco de sus rostros y los peinados raros ya estaban completamente deshechos para este punto, pero qué deleitado estaba yo con todo ese acto.

Estaba al lado de un grupo de conocidos que conversaban y compartían cerveza. ¿Quién era yo en ese momento? No lo sé. Solo me gusta la idea de esconderme dentro de una neblina de anonimato. Nadie pregunta mi nombre, nadie me mira, y creo que así se disfrutan más las cosas.

El show cerró con “Don’t Fall”, irónicamente el primer tema de su primer disco, pero todavía extremadamente relevante e influyente hasta hoy. Esos gritos victoriosos, acompañados del riff más sombrío y espectral, parecían salir de una ouija añejada en el rincón antiquísimo de algún castillo olvidado en el tiempo.

La piel se renovaba bajo las últimas luces y melodías aplastantes de aquella guitarra, pero especialmente bajo ese bajo tan estridente. Nunca había sentido tantas ganas de ponerme a tocar el bajo como esa noche, pensé. Las canciones pueden ralentizar el tiempo para obligarte a contemplar todo lo que pasa a tu alrededor. Chameleons tiene esa magia. Ahora puedo creerlo más que nunca. El show se acaba. Es momento de volver a la realidad, que suele ser siempre más oscura que cualquier relato que pueda ofrecer la ficción.

OUTRO

Me encontré con un conocido de conciertos que en realidad disfruta poco de los shows y que solo va por mero instinto animal y afán de coleccionar experiencias. Me dijo que quería una firma de Chameleons, así que lo acompañé a esperarlos afuera del Leguía. Aproveché para comprar un póster y, pensando que quizá la banda no saldría, le pregunté al de seguridad si podía dejarnos pasar, pero la respuesta fue un no. Nada pasó como esperaba realmente, pero, sorpresivamente, Mark salió con un cigarro en la boca. Estuvo firmando algunos discos, vinilos y pósters. Pude tomarme una foto con él y decirle que su música siempre me había parecido elocuente y fantástica.

También salió Reg. Le pedí un autógrafo y, luego de eso, el otro guitarrista me regaló una púa del concierto, la cual guardo y atesoro hasta ahora. Logré lo que quería en una sola noche. Todo se dio de una manera extraña, casi parecía un sueño.

Cuando la noche se gastó, tomé un taxi y me fui a casa. Parecía un sueño, lo juro. Tal vez algún día le cuente a alguien lo que pasó en realidad.

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