Redacción | 26.06.2026

En el Mes del Orgullo, reunimos a parte del equipo de EnLima para compartir esas historias LGBTQI+ que nos marcaron por su belleza, su rabia, su ternura o su capacidad de recordarnos que el cine también puede ampliar la forma en que miramos el mundo.
Esta no es una lista definitiva. Es una invitación a descubrir, revisitar y dejarse conmover por películas que siguen encontrando nuevas formas de hablarnos.
Lee la selección completa y cuéntanos: ¿qué película sumarías tú?
Hedwig and the angry inch de John Cameron Mitchell (2001)
por Pilar Fonseca
Esta película es una búsqueda constante de identidad, deseo y pertenencia. A medio camino entre el drama y el musical, la película de John Cameron Mitchell despliega una energía desbordante y un extraordinario soundtrack para contar la historia de una artista marcada por la pérdida y la reinvención.
Una obra de culto tan excéntrica como profundamente humana.
Filadelfia de Jonathan Demme (1993)
por Alex Barrenechea
Tom Hanks encarna a un abogado en el pico de su carrera. Privilegios del hombre norteamericano blanco promedio y destacado miembro de su comunidad. Su gran pecado: ser homosexual en una época en la que la homofobia era más recalcitrante aun, más crudo y con niveles de violencia impune propios de una sociedad con rezagos defectuosos de tiempos peores.
El personaje pierde lo construido al contraer VIH, y aquí emerge el otro lado de un ser humano que llega a picos de introspección que nos acerca a un sentimiento de empatía y dolor al mismo tiempo.
Destacada actuación de Denzel Washington como colega y abogado en el caso desarrollado durante el film. El desenlace, aún con un sabor agridulce, deja abierta la idea de que es posible eliminar los prejuicios, estrechar lazos y aunque se haya perdido todo, defender la dignidad.

A Single Man de Tom Ford (2009)
por Manuel Cruz
A Single Man, la opera prima de Tom Ford, destaca por la manera en que utiliza el lenguaje cinematográfico para transmitir emociones.
Tom Ford construye una historia donde el color, los encuadres y una tensión constante acompañan el mundo interior de sus personajes, haciendo que cada escena se sienta cargada de significado sin necesidad de explicarlo todo. Hay una atención especial a los detalles, a las miradas y a los silencios que termina envolviendo al espectador.
La sensibilidad con la que aborda la intimidad, el afecto y la búsqueda de conexión se percibe la mirada de alguien que conoce de cerca aquello que está retratando, y eso aporta una honestidad difícil de replicar. El resultado es una película elegante, contenida y profundamente humana, que encuentra fuerza tanto en su propuesta visual como en la forma en que observa a sus personajes. Una de esas historias que permanece contigo.
Fresa y Chocolate de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío (1993)
por Sebastián Arévalo
David es un comunista estudiante de sociología y Diego es un artista homosexual ahogado en la homofobia del régimen cubano. A pesar de sus abismales diferencias, entre ambos surge una profunda amistad. Jorge Perugorria (Diego) y Vladimir Cruz (David) brillan con actuaciones entrañables, cargadas de ternura y contradicciones.
Fresa y Chocolate sigue siendo un referente de la cinematografía cubana. Marcó una etapa para un tratamiento más abierto al tema de la intolerancia ante la diversidad sexual. Es una película que incomoda, emociona y sobre todo, invita a pensar.

Shiva Baby de Emma Seligman (2020)
por Ana Lucía Alva
Shiva Baby es una de las películas más ágiles y estimulantes de los últimos años: una comedia de ansiedad que convierte una reunión familiar en una auténtica olla a presión. Con humor ácido, una puesta en escena precisa y una protagonista atrapada entre el deseo y las expectativas familiares, la película de Emma Seligman ofrece una representación queer fresca, incómoda y profundamente actual. Lejos de los relatos solemnes, encuentra en el caos, la contradicción y la ironía una forma de hablar sobre identidad, pertenencia y juventud.
En el Mes del Orgullo, Shiva Baby recuerda que el cine LGBTQ+ también puede ser mordaz, nervioso y divertidísimo. Una película que acompaña a una generación marcada por la incertidumbre, las contradicciones afectivas y el humor como mecanismo de supervivencia.
Retrato de una mujer en llamas de Céline Sciamma (2019)
por Mariale Bernedo
Si hay algo más devastador que saber que un amor no está destinado a ser, es no tener ni un recuerdo de que esa conexión ha existido. Marianne tenía el encargo de aprenderse el rostro de Héloïse de memoria, pero solo por el tiempo exacto para pintarla y crear un retrato con el que la puedan ofrecerla en matrimonio. Entre sus conversaciones, aparecen las miradas, los roces, la fuerza de la respiración contenida. Pero la realidad ha impuesto sobre ellas, contra su voluntad, una distancia inevitable y un inmenso silencio. Entonces, ambas deciden apoderarse de ese silencio y, ya sea en una sala vacía o en una cueva en la playa, sin testigos más que los ojos de la una en la otra, las dos mujeres dejan su erotismo erupcionar como un volcán, uno que arde sabiendo que no podrá hacerlo para siempre.
¿Por qué Orfeo volteó a ver a Eurídice? Marianne piensa que él quizás no lo hizo por error, sino por decisión propia. Sintiendo que los dioses y la muerte los pueden volver a separar, Orfeo elige mirar a Eurídice para tener una última imagen de ella con la que pueda recordarla y hacerla vivir (ahora sí) eternamente en su lira. El recuerdo es ese volcán que había estallado y ahora está dormido. No se ha ido: solo es imposible de apagar.

Pink Flamingo de John Waters (1972)
de Gary Llacta
En Pink Flamingo conocemos a Divine, una figura de lo más irreverente y totalmente libre. Existen personajes que anhelan respeto, Divine no quiere eso, ella desea atención. Donde otros buscan encajar, ella convierte la diferencia en un gran espectáculo. Su imagen desafía las fronteras entre lo masculino y lo femenino, pero también de lo aceptable e impensable.Divine no presente ser agradable, ella encuentra poder precisamente en aquello que incomoda.
Considero que Pink Flamingo ocupa un lugar muy importante dentro de la historia de la cultura LGBTQ+. Más allá de sus icónicas escenas o su estatus de película de culto, fue una de las obras que ayudó a transformar a Divine en un icono queer. Su figura demostró a muchas personas una imagen radicalmente distinta de lo que podía ser una estrella, alguien que no oculta lo que es, sino que la convierte en su mayor fortaleza.
Después de mucho tiempo, la influencia de Divine sigue presente en el arte drag contemporáneo, en la cultura camp e infinidades de artistas que encontraron inspiración en su audacia, toda una icono. Pocas figuras han dejado una gran huella en la imaginación queer como aquella mujer que decidió convertirse, contra toda expectativa, en un icono para la cultura LGBTQ+.
But I'm a Cheerleader! de Jamie Babbit (1999)
por Paloma Pulisci
Vi esta película por primera vez en un canal por cable, allá por los inicios de los 2000, cuando era aún una adolescente, sin saber que años después sería considerada como una película de culto queer. Recuerdo que la encontré un poco empezada, no entendía nada de lo que estaba pasando, no tenía el contexto, solo sabía que estaba fascinada. Nunca supe cómo se llamaba hasta que años después me topé con ella nuevamente.
La historia trata de Megan, una porrista adolescente (interpretada por la icónica Natasha Lyonne) que es llevada a un centro de rehabilitación por su familia religiosa y conservadora que, tras reunir una serie de pruebas junto a los amigos de su hija, tienen una gran sospecha de que es lesbiana. En este reclusorio, Megan, junto a otros pacientes, pasa por diversos “entrenamientos de conversión” en los que deberán aprender roles de género específicos: las mujeres deben ser las perfectas amas de casa y los hombres, seres masculinos que saben cómo cortar la leña.
Desde la fotografía, dirección de arte y por supuesto, el absurdo como personaje principal, este es el tipo de película que se te queda grabado para siempre. Lo mejor es que no se queda simplemente en una sátira con una estética muy bien pensada, sino que se consolida como un clásico por su abordaje hacia la escena queer despojándola del drama y la carga con la que se retrataba la homosexualidad en esa época. But I’m a cheerleader abrió un lenguaje nuevo para contar una importante historia: la de buscar, encontrar y reafirmar tu identidad.
Tarde de perros de Sidney Lumet (1975)
por Marco Yanayaco
Un asalto a un banco sale rotundamente mal y se convierte en algo más que una comedia de errores: un retrato cotidiano atravesado por una mezcla de críticas sutiles y sociales. La exposición mediática, la burla e incluso la homofobia atraviesan la historia en un contexto donde resulta difícil encontrar una representación que no caiga en la caricatura o en la parodia más insultante.
Tarde de perros muestra la desesperación cotidiana de Sonny, a quien vamos conociendo poco a poco. Más que generar empatía inmediata, la película permite incluso pensar que no hay nada “malo” en él como persona, sino todo lo contrario.
El asalto al banco, que debía durar apenas 10 minutos, se convierte de pronto en la sensación mediática del país —e incluso de la historia— donde un protagonista bisexual irrumpe en pantalla para quebrar el statu quo, para sorpresa de todos. El film sostiene una fuerte crítica a los medios de comunicación y al exceso de autoridad, pero también explora la sexualidad del protagonista a través de sus inquietudes y vínculos socioafectivos.
Es una película que, si bien parte de un cliché clásico de asalto bancario, termina transformándose en algo mucho más amplio: una obra que se proyecta sobre distintos aparatos sociales para construir un discurso más profundo.
My Own Prívate Idaho de Gus Van Sant (1991)
por Rodrigo Ahumada
Hay películas que siguen abiertas como una herida, nunca cicatrizan. My Own Private Idaho no habla solo de identidad o deseo, sino de la búsqueda desesperada de un lugar al que pertenecer.
Gus Van Sant construye una road movie melancólica donde la fragilidad, la amistad y el amor imposible conviven con la marginalidad. River Phoenix entrega una interpretación de una honestidad devastadora, mientras la película avanza entre sueños, silencios y carreteras infinitas. Más de treinta años después, sigue siendo una obra profundamente humana sobre quienes viven al margen y aún así se atreven a seguir buscando.




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