I am in love with Victoria Ocampo

Difusión

Escrito por Martín Carrasco

Desconozco la cantidad exacta de sus millones y de las condiciones específicas que hicieron de este par de hermanas unas de las referentes más importantes de la vida cultural, no solo argentina, sino del continente que habitamos. Pudieron haber sido las divas decimonónicas y porteñas de la primera década del siglo XX; pudieron simplemente disfrutar de sus mansiones, de sus casas de campo en San Isidro o Mar del Plata y viajar por el mundo de la manera más frívola que podamos imaginar y acaso desear, pero apostaron por la cultura. Una sería más conocida en el terreno de la poesía y la narrativa; la segunda, por su mecenazgo y gestión cultural, así como por sus ensayos, traducciones y testimonios.

Las vidas de Silvina y Victoria Ocampo siguen despertando interés en cualquiera que empiece a acercarse a ellas. En mi caso, las tenía rastreadas, pero no fue sino hasta que vi la cripta familiar en el cementerio de La Recoleta que empezó a anudarse un lazo con fuerza. Había ido, en realidad, buscando la tumba de Adolfo Bioy Casares, casi olvidando por completo su relación con las Ocampo, en especial con Silvina, la hermana menor de Victoria. Con ella formó una de las relaciones matrimoniales más fecundas y llamativas de la literatura.

Siempre discreta o tímida, Silvina tuvo la mala suerte de nacer en una época más machista que la actual, de ser esposa de uno de los pilares de la literatura argentina, cuyo mejor amigo, para colmo de males, era el mismísimo Borges. Y, claro, también la de ser la hermana menor de ese huracán de lentes de la casa Lugene, en Madison Avenue, que creó la editorial y revista SUR: Victoria Ocampo.

Ahora el tiempo parece hacer un ajuste de cuentas y su obra es cada vez más visitada y valorada. La misma Mariana Enríquez le ha dedicado un hermoso libro biográfico titulado La hermana menor. Así que, con ese escenario, no me siento tan mal de volver a opacarla en estas líneas al hablar de la hermana mayor.

En concreto, del libro que cayó hace poco en mis manos: Correspondencia / Victoria Ocampo-Virginia Woolf, compilado y prologado por Manuela Barral bajo el sello de Rara Avis en colaboración con la Fundación SUR. Se trata de una desigual y breve compilación de la correspondencia entre ambas escritoras, desigual debido a la omisión de varias de las cartas de la argentina, lo que contribuye a la brevedad de un libro de no más de ciento cincuenta páginas, incluyendo el ensayo que Ocampo le dedicó a la autora de Mrs. Dalloway.

Pero, lejos de observar en este desbalance y brevedad un demérito de la propuesta, el libro ofrece la oportunidad de leerlas en las coordenadas emocionales en las que fue construyéndose esa relación amical, cuyo testimonio quedó instalado en lo epistolar. Estas coordenadas nos permiten situarnos en el momento en que una joven Victoria conoce a una Virginia Woolf ya celebrada en un mundo de hombres. Por eso, no se trata solo de la admiración ante un talento literario innegable, sino de la demostración de lo posible dentro de lo imposible: triunfar en un territorio tan masculino como lo fue —y sigue siendo— el de la literatura y la academia.

El primer encuentro se da en 1935, en Londres, aunque ya en 1924 Victoria había publicado un ensayo sobre La divina comedia, recibiendo comentarios negativos incluso de amigos suyos como Paul Groussac y José Ortega y Gasset. Esta recepción adversa continuaría con otras publicaciones, provocando el silencio editorial de Victoria hasta un año después de su encuentro con Virginia, del que desembocaría el primer tomo de sus Testimonios.

También es curiosa la forma en la que Victoria conoce la obra de Woolf: a través de una recomendación de Sylvia Beach, dueña de la célebre librería parisina Shakespeare and Company. Esto nos habla de la importancia de una red de escritoras —o de mujeres vinculadas al mundo editorial— que se leen y recomiendan entre sí

Ahora bien, volviendo a la asimetría, resulta interesante que esta se manifieste no solo en la mayor cantidad de cartas de la londinense compiladas en el libro, sino también en la manera en que ambas se percibieron mientras se conocían. El encuentro ocurrió en Londres, a fines de 1934, durante una muestra del fotógrafo Man Ray a la que Victoria asistió por invitación de Aldous Huxley. La impresión fue positiva, al punto que, en una carta dirigida a la poeta Vita Sackville-West, Virginia escribe: “I am in love with Victoria Ocampo”.

Pero no deja de llamarme la atención cierta mirada exótica sobre la argentina, aunque no por ello carente de afecto y simpatía. Virginia, por algún motivo que escapa a esta lectura, le atribuye a la argentina paisajes casi tropicales, llenos de mariposas, casi macondianos. América le resulta, al parecer, un territorio inhóspito y anclado en el tiempo, moldeado por cierta literatura nuestra de finales del XIX y principios del XX. Por otro lado, Ocampo escribe: “Yo la miré con admiración. Ella me miró con curiosidad. Tanta curiosidad por una parte y admiración por la otra, que enseguida me invitó a su casa”.

Estos desniveles también se aprecian en la visión del hambre que expresa Victoria cuando dice: “Lo que me espanta en Europa (Francia, España, Italia) es una especie de olvido del apetito entre las personas. Entre nosotros hay apetito… pero ¡todavía falta el alimento! Y llegamos hasta aquí… hambrientos”. Una visión europeísta, sin lugar a dudas, pero también una observación muy interesante si pensamos en ella como el reconocimiento de una tradición ausente que acaso empieza a construirse con ella misma y con la literatura que comienza a poner en órbita desde SUR.

El libro cierra con el no menos interesante ensayo que Ocampo le dedica a Virginia: Virginia Woolf en su diario, publicado después de la muerte de esta última. Estamos, pues, ante un valioso aporte que oculta en su brevedad ese inmenso océano que separó y unió a ambas escritoras y que, al terminar de leer, provoca emular a Virginia cuando escribió: “I am in love with Victoria Ocampo”.

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