Sueño, luego existo

Foto de Teatro La Plaza

Escrito por Rodrigo Ahumada

He dejado descansar tristemente mi cabeza
En esta sombra que cae del ruido de tus pasos
Emilio Adolfo Westphalem

Vivir con una actriz es contemplar una liturgia, una metamorfosis. Es lo que he vivido los últimos meses, mientras Carolay se preparaba para el estreno de Sueño, la nueva obra de La Maldita Compañía en el Teatro La Plaza. Y mientras la veía, una pregunta no dejaba de rondarme.

El cuerpo

¿Qué es un cuerpo? Me pregunto cuando veo a Carolay. No es solamente una máquina imperfectamente humana que soporta el peso de la vida. Es también una herramienta. Una máscara. Es un río que nunca te da el mismo reflejo. Un espejo donde habita el Otro.

La veo y su cuerpo es un laberinto de huesos y fuerzas sobrenaturales que transmutan. Y yo estoy en el medio de la mágica transformación.

Observarla es observar la transformación de un ser vivo. Un animal terrestre que se prepara para renacer, y para eso debe armar su crisálida y esperar. Esperar. La actriz en su espera lee, repite, transforma un texto a través de la modulación de la voz, de los gestos. El cuerpo es un médium que hace de las letras ancladas en el papel una manifestación: un ser vivo que no es.

Debo corregir la imagen: la crisálida promete una mariposa, y lo que veo en casa es menos delicado. Pensar en un gusano suena un poco rastrero, pero tal vez, jugando a estirar al máximo la metáfora, el actor o la actriz necesita arrastrarse, ser de tierra, de polvo, resolverse en su materia para volver a armarse y ser. Porque cuando la veo ya no es la mujer que amo (aunque nunca deja de serlo), es otra: la voz de Clorinda, el corazón de Masha, el pulmón de un adicto en recuperación, una mujer de Shakespeare. ¿Con quién estoy hablando? Si la Carolay de la obra no es la Carolay que me acompaña… ¿o sí?

Una vez más. La ayudo haciendo de otros personajes. Entonces algo brota, una pequeña luz, ¿la crisálida se empieza a romper? Aún falta asentar el texto, que la memoria haga de la letra la sangre que corra por este nuevo ser.

Soy un rehén de sus textos e inevitablemente tengo que conocer la obra antes de verla. Pero estoy ante la gracia de una construcción creativa única. Compartir el día con una actriz es compartir los dones de la creatividad y, como en toda creación, no todo es luz. Los claroscuros son inevitables: los carruseles emocionales, la inestabilidad laboral, los horarios exigentes, toda una ruma de cosas que fatigan el cuerpo. En una noche los brazos le duelen, la cabeza explota, los abrazos son largos y el amor es un refugio que a veces salva. A veces.

Entonces llega el estreno. Los nervios, la seguridad, la fuerza. Y yo, que conocía la obra antes de verla, me siento por fin del otro lado, como espectador.

El sueño

La obra se llama Sueño y es una forma contemporánea de presentar Sueño de una noche de verano de Shakespeare, una excusa realmente. Una excusa para hablar de lo que cuesta hacer teatro en un país como el nuestro: un colectivo de actores recibe un fondo misterioso que les resuelve la vida, el sueño de todo artista independiente. Yo conocía esa fatiga mucho antes de verla en escena, así que no escucho la premisa como un argumento sino como una pregunta que ya me habitaba: ¿qué pasaría si todo eso, por fin, se resolviera?

Ese colectivo existe y se llama La Maldita Compañía: once personas dedicadas hace más de diez años al teatro, que en la celebración de su primera década presentan esta obra en el Teatro La Plaza. Los actores y actrices actúan de ellos mismos, pero en circunstancias extraordinarias. La Carolay que conozco es otra Carolay, pero es ella misma. ¿Se entiende? En la obra es novia del director y amante indiscreta de una de sus compañeras. El juego del deseo, sus gestos, sus labios, el temblor de sus piernas, todo es ella, pero es otra, y como espectador me dejo seducir.

Por eso el título no es inocente. Hay un sueño que viene de Shakespeare, otro que es el de todo artista independiente y uno más, el mío: el del espectador que mira a la mujer que ama transformada en otra. Transitar ese último sueño no es ligero. No funciona como un escape idealista ni como una fantasía romántica, sino como un territorio liminal, crudo y a menudo alucinado entre la vigilia, la memoria y los deseos ancestrales. Las identidades se desintegran para volver a formarse bajo el manto de otra realidad.

En la obra los personajes atraviesan un bosque, y el fondo de dinero funciona como uno: no es un punto de llegada sino un espacio que se atraviesa, y quien pasa a través de él deja de ser el mismo. Así es el amor: uno es atravesado por un sentimiento que no te deja igual. Ver a Carolay en escena es conocer una faceta diferente del ser amado, aceptarla, disfrutarla.

El despertar

Este pequeño texto también es una excusa. Una forma de declararme, de manifestar mi amor, pero también de habitar la realidad que me toca vivir a través de lo que escribo. Como dice Blanca Varela, “poner los pies en algún lugar de la realidad y repetir en este pequeño testimonio lo que creo haber perseguido siempre con la escritura: no evadir la realidad sino explorarla, encontrarle un sentido, convivir con ella, asumirla”.

Quizá por eso el sueño que vi en el Teatro La Plaza no me alejó de la realidad, sino que me devolvió a ella. Y aun así me quedan las preguntas: ¿dónde queda el cuerpo cuando soñamos? ¿Cómo la experiencia teatral moldea la identidad, la memoria y la extrañeza del individuo frente a sí mismo? ¿Dónde queda el cuerpo cuando amamos?

Tal vez la respuesta está en lo que vi durante estos meses: el cuerpo queda en el bosque, atravesado. El sueño no es simple descanso biológico ni una fantasía irreal, sino un motor de conocimiento y libertad. Soñar con Carolay, y verla soñar, me enseñó que amar también es dejarse transformar. Sueño, luego existo.

 

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