Martín Carrasco | 31.07.2026

Entrevista realizada por Martín Carrasco
Colocas el nombre de Alfredo Bryce Echenique en internet y aparece, junto a la fecha de su nacimiento, aquello que durante mucho tiempo no quisimos aceptar como posible y que ahora es una realidad: la fecha de su fallecimiento. Todavía no se cumple un año desde que habitamos un mundo sin él, pero la FIL ya ha preparado uno de los primeros homenajes a su memoria.
Con ese motivo visita Lima Eva Valero Juan, catedrática española y especialista en literatura hispanoamericana, quien participará en este encuentro. Aprovechamos su presencia para conversar con ella sobre su trayectoria, sus intereses literarios y, por supuesto, sobre el legado de Alfredo Bryce Echenique.
Tengo entendido que llegaste a Perú en el año de 1997, como consecuencia de una investigación para tu tesis doctoral sobre Ribeyro. La Lima de entonces era la de Fujimori y sus tropelías, la resaca del terrorismo, el fin de los proyectos utópicos. ¿Cómo fue tu encuentro con esa Lima y si esa Lima era muy distinta, o muy parecida quizás, a la que conociste a través de la obra de nuestro más insigne fumador?
Bueno, fue al revés realmente. Yo llegué a conocer Lima primero de forma literaria, a partir de ese verano de 1997, nuestro verano europeo, en el que comencé a proyectar esa tesis sobre la ciudad en la obra de nuestro más insigne cuentista en el Perú, y todo un clásico del cuento y de la narrativa en español. A Lima llegué por primera vez en 2004, después de haberla leído y releído no solamente a Ribeyro, sino a Bryce Echenique, a Luis Loayza, Salazar Bondy, Vargas Llosa, etc.
Entonces, no llegué a conocer directamente la Lima de la que tú me estás hablando in situ, sino de forma posterior.
La Lima ya con la democracia, digamos, recuperada.
Sí. Bueno, por diferentes circunstancias yo quise venir a Lima con anterioridad, pero precisamente varias vicisitudes políticas y del contexto histórico hicieron que no pudiera venir o que se entorpeciese venir y entonces la verdad que fue muy curioso porque cuando conoces la ciudad después de haberla leído tanto, es como que de repente le pones cara a esa Lima de los cuentos de Ribeyro y la reconoces. Es un proceso también interesante y bonito, ese proceso inverso, primero entrar por la literatura y luego llegar a la ciudad.
Y ahora que mencionas eso, me hace pensar que hay lectores que leen para conocer otros espacios acaso imposibles, totalmente imaginados, y hay otros que leen para reconocerse en el espacio que habitan. ¿Cuál es tu relación con la ciudad y la literatura?
Bueno, mi relación con la ciudad y la literatura vino bien determinada por el propio Ribeyro. Él tiene un artículo dedicado a Ricardo Palma que se titula Gracias, viejo Socarrón, en el que precisamente habla de esa plusvalía literaria que da la literatura a las ciudades, ese aspecto sobrenatural y ese hecho de que las ciudades que no tienen una gran literatura, es como si estuvieran vacías, como si no tuvieran alma.
Entonces, de algún modo, él me enseñó a mirar las ciudades desde un punto de vista más profundo; un enfoque que tiene en cuenta esa plusvalía literaria que poseen las ciudades con grandes autores: Joyce y Dublín, Balzac y París, en fin. A todas las grandes ciudades que cuentan con esa literatura las visitamos con un halo sobrenatural, ese halo cultural que las letras les aportan. Y de algún modo me enseñó a mirar la ciudad leyendo la ciudad, la ciudad como texto, no la ciudad como escenario físico meramente, sino la ciudad que te está dando mensajes, que tienes que leerla, que tienes que interpretarla y que si has leído a los autores previamente te han dado toda una serie de claves para vivirla de otra forma.
¿Y esa ciudad que te ofrecía Ribeyro es muy disímil a la que ves ahora?
Bueno, Lima ha cambiado. Si nos referimos a Lima, porque claro, Ribeyro ha transitado muchas otras ciudades y ahí están los cuentos europeos, Los cautivos o el París de tantos cuentos, está La tentación del fracaso. Si nos referimos a Lima, yo creo que sí, que ha cambiado mucho la Lima de aquellos años que relata desde mediados de siglo. De hecho, al propio Ribeyro le preguntan hacia el final de su vida, en los años noventa, el por qué no escribe ya sobre la Lima del presente. Porque al final de su vida, cuando escribe sobre Lima, siempre es sobre la Lima que recuerda, la del pasado, la de su infancia, de su juventud.
Y entonces afirma que ya no tiene el pulso de la ciudad y que no sería capaz de retratarla. Cuando regresó en sus últimos años de vida, estaban ocurriendo tantas cosas que sentía —según sus propias palabras— que ya no era la persona idónea para retratar esa nueva ciudad de comienzos de los noventa. Añade, además, que hay otros escritores más jóvenes que ya lo están haciendo.
Aunque se refuta a sí mismo cuando escribe Surf.
Sí, pero Surf es un cuento que no nos estaría dando el pulso de los nuevos problemas de la ciudad, sino más bien es un cuento que nos da una imagen tan bella como es la de su espacio de Barranco.
Una burbuja dentro de lo que está pasando.
Una burbuja, sí, y es una metáfora de la propia escritura, porque en ese relato él que está viendo desde su balcón de Barranco a los surfistas tratar de forma persistente de dibujar la ola perfecta con sus movimientos, ve ahí la metáfora del escritor buscando la frase perfecta de una belleza inmensa y luego es una despedida de la vida el fin del cuento. Es un cuento que me fascina y, además, era inédito y cuando lo vi me llamó poderosamente la atención.
Privilegios de vivir mirando al mar.
(Ríe y asiente)
Tus investigaciones van no solo desde Ribeyro y la generación del 50, sino que también has abordado la vanguardia e, incluso, más atrás con la literatura de la época colonial. ¿Este gusto heteróclito se da solamente la literatura o es tu forma omnímoda y divertida de relacionarte con la vida?
¡Qué pregunta más bonita! Pues me da que pensar que es mi forma de relacionarme con la vida. Es decir, yo empecé con Ribeyro, Ribeyro me llevó a Lima, Lima me llevó a tratar de verla a través de otros muchos escritores y eso me retrotrajo hasta la Colonia a ver cómo nació, cómo creció y cómo fue apareciendo en los textos. Y esa ida hacia el pasado me llevó después a estudiar muchos textos del mundo colonial, del mundo virreinal y salir después hacia otros derroteros que no solamente están centrados en la literatura peruana. Es mi forma de relacionarme con la vida porque creo que la excesiva especialización nos limita a saber mucho sobre un tema, pero no tener visiones amplias sobre los contextos, sobre el devenir de la cultura.
Entonces yo siempre tuve esa propensión hacia una mirada amplia que luego me ha dado, yo creo, resortes para entender mejor no solo el Perú, sino América Latina, las relaciones que también he trabajado entre América Latina y España, fundamentalmente en el periodo entre los siglos XIX y XX. Todo eso creo que a mí personalmente me ha aportado una mayor comprensión sobre los procesos históricos, literarios y culturales.
Y volviendo a Ribeyro, ¿qué es lo que te atrae de su obra y qué crees que nos atrae a los lectores del fracaso?
Me atrae mucho de su obra, para empezar, su visión íntima y no épica sobre la realidad que le envuelve. Es decir, cómo aborda el contexto social de una forma distinta a los del boom planteando una visión que parte de la intimidad de los personajes, personajes que efectivamente siempre están abocados al fracaso, pero en ese fracaso siempre hay un descubrimiento, siempre hay un transitar en la vida.
Me atrae mucho de Ribeyro su filosofía de un escepticismo optimista, es decir, el que no cree en verdades absolutas, pero precisamente funda en ese escepticismo un camino de aprendizaje, un camino de crecimiento. Esa es una de las cuestiones que más me atrae. Luego también me atrae mucho su forma de escribir, ese laconismo, esa búsqueda de un estilo no grandilocuente, pero que profundiza en el ser humano desde una búsqueda de una voz muy propia, de un estilo muy trabajado y con unos descubrimientos estilísticos fundamentales. Por ejemplo, en los desenlaces de los cuentos, que siendo cuentos en principio realistas, resultan ser neorrealistas como él planteaba o asumía en ese marchamo de neorrealismo.
Tanto que él, y eso es algo que también me atrae mucho, no describe la realidad de forma minuciosa, sino que nos la hace sentir y descubrir a través de la interioridad de los personajes que la habitan. Estamos con Ribeyro ante espacios vividos, sentidos, más que descritos. Entonces, cómo encuentra él la forma de transmitirnos a todos esos personajes que, como te digo, son fracasados, pero que siempre transitan hacia un aprendizaje interior.
Es un autor que mira hacia adentro y que tiene además, algo que me parece que es un poco infrecuente en la literatura peruana, al menos en su generación, el humor. Y ya un poco cerrando con él, ¿consideras que sigue siendo un autor de culto, de minorías o es un público que se ha ampliado, el público lector de Ribeyro?
Depende de qué público estemos hablando. Yo creo que aquí en Perú Ribeyro no ha hecho más que crecer. Es un autor muy conocido, muy leído, muy querido, que está en los planes de estudio de los colegios, de la enseñanza básica, de las universidades, por supuesto. En Europa, y en España en concreto, creo que también ha tenido un crecimiento exponencial. No con la popularidad que tiene aquí en Perú, pero sí tiene ese punto de autor de culto. La verdad que sí.
Pero es indudable que se ha convertido en un clásico de las letras en español. También ha crecido mucho en el ámbito académico. En España son muchos los trabajos que se han dedicado a Ribeyro, y por supuesto aquí en Perú y en América Latina no dejan de salir.
Estos días hemos visto también cómo se siguen publicando varios libros sobre él y en ese sentido creo, regresando también al tema del fracaso que comentabas, que el fracaso es algo que está asumido por él mismo, incluso en el título de su diario. En un determinado momento dice que “La tentación del fracaso terminará siendo mi gran obra”. Pero esa tentación, es una tentación, está ahí, me tienta, pero es como un motivo que está ahí, pero que a pesar de que me está tentando a dejar de escribir la gran obra, estoy escribiendo la gran obra.
Es nuestro Sísifo criollo.
A través de esa tentación del fracaso en el que finalmente no ha caído, porque no es un escritor fracasado, sino que es un escritor finalmente muy exitoso.
Al enterarse, Bioy Casares, de la muerte de Borges, comenta y aquí cito: “Seguí mi camino, pasé por el kiosco, fui a otro de Callao y Quintana, sintiendo que eran mis primeros pasos en un mundo sin Borges.” ¿Cómo fue tu relación con Bryce y con un mundo sin él?
Bueno, mi relación con Bryce, la verdad que empezó justo de la mano de mi relación con Ribeyro. Lo que pasa es que a él le conocí y a Ribeyro no. Empezó en mi tierra, en Alicante, en España, en el año 98. Cuando le vi, porque allí en mi universidad Alicante era un autor muy querido, se le hizo un documental, una biblioteca de autor en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, se le invitó allí y luego le pude ver en varios cursos de verano, en el Escorial, en Madrid, en los cursos de verano de la Complutense de Madrid.
Había leído Un mundo para Julius antes de conocerle, pero luego le seguí leyendo mientras le conocía personalmente. Entonces, como ya de por sí vida y obra están tan imbricadas en su obra, cuando le conoces eso determina también tu entrada en la lectura, porque de alguna manera los personajes y la persona Alfredo Bryce, tan hiperbólica, tan extraordinaria, tan exagerada, tan hipersensible, se me aparecía, claro, en los libros. De manera que mi entrada a la obra de Bryce vino de la mano de conocerle de forma personal.
Luego estuve bastantes años sin verlo, hasta que nos reencontramos en el Centro Cultural Inca Garcilaso, donde César Ferreira le hizo una entrevista. Entré a verlo acompañado por Alonso Cueto para saludarlo; él se acordaba muchísimo de Alicante, de mis profesores y de las aventuras que vivió allí. Después lo vi algunas veces más, como en el año 2021, cuando le rendimos un homenaje muy bello en Alicante tras casi veinte años sin que él regresara. En ese homenaje participaron Fernando Iwasaki, Jorge Eduardo Benavides, Luis García Montero, César Ferreira y yo; pasamos unos días de reencuentro con los profesores de Alicante, José Carlos Rovira y Carmen Alemany.
La última vez que lo vi fue en el año 2024, cuando vine a una celebración en homenaje a Ribeyro. Él vino a escuchar mi conferencia y fue una belleza; luego pudimos almorzar juntos y ese terminó siendo mi último encuentro con Bryce. Claro, no hace tanto que se nos fue, por eso hoy es un día muy especial para mí al participar en el primer homenaje que se le rinde en su ciudad natal tras su partida.
Y bueno, ahora es una Lima, un mundo distinto. Porque claro, como él estuvo toda la vida en tránsito, mudándose siempre, sus últimos años los pasó aquí; pero digamos que este es ya un mundo sin Alfredo Bryce, sin esa mirada que a mí siempre me ha llamado tan poderosamente la atención. Esa mirada en la que se reflejaba lo tragicómico, cierta timidez y la agudeza del gran observador que era. Pero, sobre todo, lo que me transmitía —y me sigue transmitiendo cada vez que veo una foto suya— es una inmensa ternura. Una mirada que construía un universo donde lo único verdaderamente importante eran los amigos y la literatura.
Se ha mencionado, por su humor y su oralidad, que se le puede insertar en una tradición que se le podría ubicar con el caso de Palma, pero proyectándonos al presente, ¿cuál dirías que es la influencia actual en la literatura contemporánea de Bryce?
Pensando en el humor —que antes comentabas en la obra de Ribeyro—, se trata de un ingrediente que no ha sido tan desarrollado en la literatura peruana, aunque existen antecedentes fundamentales como el propio Ricardo Palma. A partir de allí hay un hilo conductor: está presente en relatos como «La insignia» y, en realidad, en toda la producción de Ribeyro a través de una fina ironía.
Luego, ese humor eclosiona en la obra de Bryce de otra manera: es burlón, socarrón y se construye mucho mediante el juego lingüístico, que en él era connatural. Más tarde reencontramos esa veta, por ejemplo, en Fernando Iwasaki; de un modo distinto, muy culto, fundamentado en sus referentes intelectuales pero también en la cultura popular —el mundo real, el cómic, los mitos—; una mezcolanza en la que a veces siento palpitar el humor de Bryce, sobre todo en el juego con la lengua y los títulos.
No sé si existe una influencia directa en la forma de narrar, pues Bryce posee una voz insustituible lograda mediante la combinación del humor con una caudalosa oralidad. Sin embargo, su mirada íntima sobre la realidad social e histórica sí ha continuado desarrollándose de diversas formas en muchos escritores actuales, no solo peruanos sino latinoamericanos.
Creo que Bryce, ante todo, dotó al humor de un estatus artístico que lo elevó a esa trascendencia y universalidad. Tras la generación del boom, logró una internacionalización que el propio Ribeyro señaló muy bien en un texto titulado «Habemus genio» (publicado en el diario El Observador de Lima en 1982), donde destaca la genialidad de Bryce basada, precisamente, en el hallazgo de esa voz tan suya.
Y que no se tomaba en serio.
Y que no se tomaba en serio, era como una desacralización. Entonces sí que creo que hay autores que luego siguen transitando en esa desacralización. Tal vez sea esa su impronta.
Es bien conocido por Julius como novelista, pero también es un buen cuentista. ¿Cómo ves el panorama actual del cuento? ¿Sigue siendo un género apestado para el mercado editorial o gente como Mariana Enríquez, Samantha Schweblin, entre otras, han hecho un justo ajuste de cuentas con este género?
Efectivamente. Creo que asistimos a un renacimiento del género, tras haber sido postergado, en buena medida gracias al impulso de muchas escritoras. Ellas le están dotando de un nuevo vigor, apoyadas por un público muy fiel y entusiasta de una forma narrativa con honda raigambre latinoamericana; algo que, en mi opinión, se vincula directamente con la pasión que se siente en Latinoamérica por el arte de contar historias.
Historias que, por supuesto, pueden desplegarse con largo aliento en la novela, pero el relato posee un encanto particular: capta el instante decisivo en la vida de un personaje, ese momento de quiebre en que la ilusión proyectada se choca de forma cruda con la realidad. Son esos momentos fulgurantes los que el cuento atrapa con una intensidad única.
En una novela, en cambio, acompañamos al personaje a lo largo de múltiples pasajes. Por eso creo que vivimos un momento apasionante para el cuento; muchas de estas autoras están siendo reconocidas con premios de gran relevancia, impulsando a su vez que el mercado editorial le dé una enorme proyección al género. En España, por ejemplo, el sello Páginas de Espuma y su editor, Juan Casamayor, mantienen una apuesta decidida por el relato. Del mismo modo, desde mi universidad existe una relación muy estrecha con muchas de estas escritoras a las que invitamos, y desde el ámbito académico trabajamos activamente para revalorizar este género que tanto nos apasiona.
Cuando a Borges una vez le preguntaron qué nuevas promesas él estaba leyendo dijo “hay una joven promesa que se llama Virgilio”. En el terreno del cuento, ¿qué escritores y escritoras contemporáneas han captado tu atención?
A mí me gusta mucho Ana María Shua, la argentina. También Samantha Schweblin, Mariana Enríquez que tú comentabas, Guadalupe Nettel. ¿Me has preguntado por mujeres?
En general, pero coincido con los nombres que me has dado.
Aquí en Perú Ricardo Sumalavia como cuentista y el microrrelato también. En México me gusta mucho la escritora Cecilia Eudave que también escribe cuentos en esa línea de trabajar lo inusual, que tanto están desarrollando todas estas autoras. En cuentos peruano escrito por autoras, Nataly Villena ha publicado la antología Como si no bastase ya ser, que recoge cuentos de 15 narradoras peruanas bien interesantes
Y ahora para ir finalizando, se nos ha colocado el rótulo, no sé si merecido o inmerecidamente, de ser principalmente realistas en literatura. Para darle la contra y jugar un poco a lo fantástico. Si de pronto apareciera Bryce acá, ¿qué le propondrías? A mí, por ejemplo, siempre me quedé con las ganas de endeudarme con mi tarjeta de crédito para emborracharme con él toda una noche.
Tal vez le preguntaría de qué manera enfocar los temas literarios en el mundo actual, en esta profunda transformación donde la tecnología nos invade y la realidad parece licuarse y escapársenos entre los dedos. ¿Cómo puede actuar la literatura en un escenario donde nada es lo que parece? ¿De qué modo puede sobrevivir a este proceso de cambio y qué caminos encontraría él para lograr que la literatura nos siga dotando de esa dimensión sobrenatural, esa que nos rescate de una realidad tan difusa? Eso le diría.


Añadir nuevo comentario