Crítica: '1917', de Sam Mendes

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Una película puede durar 119 minutos, 24 horas o 12 kilómetros. 1917, de Sam Mendes, es un filme atravesado por el tiempo. Su pulsión dramática es la vertiginosa cuenta atrás de una misión aparentemente suicida: la de dos jóvenes soldados ingleses que deben atravesar las líneas enemigas alemanas durante la I Guerra Mundial para salvar a un batallón de caer en una emboscada mortal.

El relato de esta travesía se narra en tiempo vivo, registrando la sucesión tangible y agotadora de cada segundo, gracias al virtuosismo formal de un plano secuencia que no se despega un instante de sus protagonistas. La cámara será testigo fiel de este particular descenso a los infiernos articulado a modo de montaje-río que, por un lado, se precipita de manera vertiginosa hacia delante para inyectar altas dosis de adrenalina en el patio de butacas y, por otro, deslumbrarnos con la complejidad técnica de un registro que, aparentemente, solo se permite el respiro de un único fundido a negro.

Mendes logra así, de la mano de su director de fotografía, Roger Deakins, construir una experiencia inmersiva, de terrible belleza y perversa hipnosis, que nos mete de lleno en la grandeza de una hazaña bélica sostenida por los retazos íntimos de unos personajes cuyos sentimientos no necesitan ser enunciados para ser evocados. Es una película en la que, como debe ser, todo nos entra por los ojos. Lo que vemos se nos incrusta en las entrañas y nos obliga a meternos bajo la piel de sus protagonistas. Es un ejercicio de empatía insobornable. La tensión es permanente. Penetrante. Angustiosa. Como cuando el soldado Schofield intenta de manera desesperada avanzar por el estrecho pasillo de una trinchera atestada de hombres que le impiden el paso. El espectador se estrella con él, se cabrea, intenta abrirse hueco a empellones, se siente al borde del desfallecimiento, tentado a doblegar las rodillas de una vez por todas y dejar que el mazo destructor de la guerra siga aplastando vidas humanas al margen de nuestra propia impotencia.

Pero hay más. Si la lucha por la supervivencia es el esqueleto de 1917, el contrapunto emocional lo pone el territorio. El filme plantea un recorrido por un escenario que palpita radiante en el prado verde punteado de cerezos en flor que circundan una granja abandonada, que se vuelve hermético y misterioso en el claroscuro que provocan las ruinas en llamas de un pueblo bombardeado, que gime exhausto y doliente en el epicentro del campo de batalla, donde los cadáveres se pudren a ras de suelo, se amontonan en los socavones abiertos por los obuses o se retuercen incrustados en el alambre de espino de las trincheras. La guerra es eso, a fin de cuentas: la emboscada cruel a un territorio que se debate entre la terca resistencia de la vida por enraizarse a la tierra y el poder destructor del ser humano que invoca la muerte del enemigo como sinónimo macabro de la palabra ‘victoria’.

Más que al género bélico, nos atrevemos a decir que 1917 pertenece al género de lo deslumbrante. Por su originalidad, por su complejidad, por su fuerza expresiva. Mendes sabe calibrar la impresionante maquinaria de la puesta en escena con la aparente sencillez de una historia mínima para regalarnos una película horrible y hermosa a la vez. Así nunca nadie nos contó el horror de la guerra o su contrario: el deseo de volver a casa.

+ INFO
Título original: 1917
Dirección: Sam Mendes
Guion: Sam Mendes, Krysty Wilson-Cairns
Reparto: George MacKay, Dean-Charles Chapman, Mark Strong, Richard Madden, Benedict Cumberbatch, Colin Firth
Fotografía: Roger Deakins
País: Reino Unido (2019)
Duración: 119’

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