Invitadxs EnLima | 12.03.2026

Escrito por José Emilio Caro Gómez
La Galería Fórum celebra el Día Internacional de la Mujer con una muestra que reúne el trabajo de numerosas creadoras peruanas integrantes de Mujeres en las Artes Visuales (MAV), asociación que viene cobrando especial relevancia en la promoción y difusión del quehacer artístico femenino en el país. A través de exposiciones y proyectos que recorren distintas regiones, MAV desarrolla un esfuerzo sostenido por visibilizar y fortalecer la presencia de la mujer creadora en la escena cultural peruana.
La revancha de Caperucita funciona como una llave simbólica que articula múltiples lecturas en torno a uno de los relatos más persistentes del imaginario occidental, ahora atravesado por una perspectiva peruana y latinoamericana. La exposición propone una relectura crítica del cuento popular escrito por Charles Perrault, desplazando la figura tradicional de la protagonista —históricamente representada como inocente y vulnerable— hacia nuevas interpretaciones donde la agencia, la inteligencia y la libertad femenina se convierten en el centro del relato.
A diferencia de la versión posterior de Hermanos Grimm, en el relato de Perrault no aparece ninguna figura salvadora. No hay cazador que irrumpa para restablecer el orden. El desenlace queda suspendido en una zona inquietante, casi moral, donde la protagonista queda sola frente al peligro. Este detalle convierte al cuento en uno de esos metarrelatos que revelan, más allá de la anécdota infantil, un modo de pensar la figura de la mujer dentro de la cultura.

El sueño de Caperucita de Carmen Herrera Nolorve
Desde esa perspectiva, los elementos del cuento se despliegan como símbolos: el bosque puede leerse como la sociedad misma, un territorio donde se aprende a orientarse entre normas visibles y amenazas implícitas; el lobo encarna lo tanático y lo salvaje, aquello que permanece latente, lo que no se nombra pero cuya presencia define el peligro; mientras que la abuela y Caperucita —dos generaciones aparentemente distintas— podrían pensarse como un mismo cuerpo narrativo, dos momentos de una misma experiencia femenina.
Este tipo de relectura del mito también forma parte de una tradición presente en el arte moderno y contemporáneo, donde los relatos populares y las narrativas arquetípicas han sido reinterpretados como dispositivos simbólicos para pensar las relaciones entre cultura, poder e identidad. En el contexto latinoamericano, estas revisiones suelen implicar además un desplazamiento del imaginario europeo hacia experiencias locales, donde el mito se resignifica a partir de memorias colectivas, territorios y cosmologías propias.
Precisamente desde esta arista que la curaduría comienza a adquirir sentido. No se trata solo de un tema iconográfico, sino de una operación crítica: tomar un relato que todos reconocemos por cultura general y abrirlo nuevamente, examinar sus capas, desplazarlas, reescribirlas. La exposición propone así un movimiento de retorno y de ruptura: volver al mito para interrogarlo desde donde realmente importa, desde la mirada de las propias creadoras.

No era un cuento de Aisha Asconiga
Cada obra se aproxima a este imaginario desde registros distintos —simbólicos, narrativos, políticos o íntimos— construyendo una constelación de lecturas donde Caperucita deja de ser la figura pasiva del cuento para convertirse en un espacio de pensamiento sobre el deseo, el peligro, la memoria y la autonomía femenina.
Las obras reunidas en “La revancha de Caperucita” exploran el desplazamiento del relato clásico hacia nuevas interpretaciones sobre la experiencia femenina, utilizando distintos técnicas y lenguajes visuales para cuestionar el imaginario tradicional del cuento.
Uno de los ejes más significativos de la exposición se encuentra en “Guardiana de la naturaleza” de Olinda Silvano, donde el bordado kené introduce la cosmovisión amazónica dentro del universo simbólico del cuento. En esta perspectiva, la figura femenina deja de aparecer como víctima potencial para convertirse en protectora del equilibrio entre naturaleza, memoria y comunidad, ampliando el relato hacia una dimensión cultural y territorial profundamente vinculada a los saberes ancestrales.
La dimensión colectiva del mito se desarrolla en “Caperucita y las otras caperucitas” de Flavia Meléndez, pieza central de la exposición que multiplica la figura del personaje. A través de esta repetición, la obra sugiere que la historia ya no pertenece a una sola protagonista, sino que representa a muchas mujeres que, a lo largo del tiempo, han debido atravesar sus propios bosques.
El espacio simbólico del bosque se transforma profundamente en “Interior del bosque” de Rosa Benites Goicochea, donde el escenario clásico del cuento deja de ser únicamente un lugar de peligro para convertirse en un territorio psicológico de introspección y misterio, en el que lo femenino aparece como un ámbito de exploración interior.

¿A dónde vas? de Diana Riesco-Lind
La interrogante sobre el destino de la protagonista aparece en “¿A dónde vas Caperucita?” de Denise Mulanovich, convierte el desplazamiento de la figura en metáfora del tránsito de la mujer dentro de una sociedad que históricamente ha intentado definir sus caminos. Esta misma pregunta reaparece en “¿A dónde vas?” de Diana Riesco-Lind, donde la técnica mixta propone una lectura contemporánea del personaje como una figura que desafía las rutas trazadas por la tradición.
En “No era un cuento”, de Aisha Asconiga, la técnica mixta sobre madera sugiere que el relato infantil puede ocultar realidades más complejas, insinuando que detrás del mito existe una experiencia femenina que busca ser narrada desde su propia voz.
Finalmente, el imaginario del cuento se desplaza hacia un territorio onírico en “El sueño de la Caperucita” de Carmen Herrera Nolorve, donde el grabado sitúa a la protagonista en un espacio ambiguo entre la memoria, el deseo y la advertencia simbólica.
En conjunto, las obras reunidas en “La revancha de Caperucita” proponen un desplazamiento fundamental del relato clásico. Si en la versión tradicional el bosque representaba el peligro y la desobediencia femenina era castigada, aquí ese mismo bosque se convierte en un espacio de exploración, transformación y libertad.
Más que reescribir el cuento, las artistas desplazan su centro. El mito deja de pertenecer al relato infantil que lo originó y pasa a habitar un territorio simbólico más amplio, donde cada obra vuelve a interrogarlo desde su propia experiencia. En ese tránsito, Caperucita deja de ser un personaje fijo del imaginario para convertirse en una figura en movimiento: un espacio de interpretación donde la memoria, el deseo y la libertad femenina continúan redefiniendo el bosque que atraviesan.



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