Invitadxs EnLima | 10.03.2026

Escrito por Gloria Alvitres Aliaga, escritora
Cuentan nuestras madres y abuelas que, en los 80s en el Perú, la inflación fue tan escandalosa que no había comida en la mesa, que usaban chancaca en lugar de azúcar, que hacían largas colas para obtener un poco de menestras o leche. El hambre golpeaba a los peruanos y peruanas; la falta de dinero, los coches bomba, la falta de luz eran el común denominador. Entonces, en un contexto tan adverso, de gobiernos que no solucionaban el problema de la crisis y el desempleo, surgió de forma masiva la pollada. Fue la respuesta de economía popular creada en los barrios periféricos, la salida solidaria para ayudarse cuando todo parecía derrumbarse.
A ningún peruano le tenemos que explicar en qué consiste una pollada; todos saben que es un cuarto de pollo macerado en especias con su papa, col y ají de casa. Las familias han hecho polladas pro salud, para ayudarse a completar el techado, para comprar carpetas para el colegio, para contratar un tractor que quite las piedras del cerro. Nunca fue solo un plato, una estética “chicha”; es una forma de soporte económico. Entonces, ¿cómo no indignarse cuando el colectivo de artistas Mendiburu y KOMÅ convierte la pollada en un fetiche vacío, pensado para un gusto estético de la élite? ¿Dónde están esos rostros de los peruanos de los barrios que son los reales protagonistas de esta práctica cultural?
La Revista Cosas hizo una sesión de fotos celebrando la exposición de Mendiburu y KOMÅ; su foco era la creatividad de los artistas para reapropiarse de los elementos de la cultura popular. El escenario era la simulación de una casa de bajos recursos, con manteles de plástico, paredes a medio construir y luego la pollada, con papas como elemento decorativo y un DJ para que acompañe. Podríamos simplemente reírnos de la burda simulación de una pollada en Miraflores, pero el mensaje era más crudo: los artistas de ciertas élites económicas pueden tomar cualquier elemento de los barrios, exotizarlo, romantizar la precariedad, intentar estetizarlo y luego presentarlo para obtener fondos o reconocimiento.

Hace unos años no les importaba ir a algún barrio de San Juan de Lurigancho o Comas a colaborar con una pollada; la chicha y la cumbia eran vistas como “música de cholos”, los carteles fosforescentes eran “huachafería”. Hubo un giro estético en el Perú, es innegable, y ha tenido mucho que ver el boom de la comida peruana y su prestigio en el extranjero, la necesidad de afianzar la identidad nacional y los discursos a favor de la pluralidad, diversidad y etnicidad. El problema, sin embargo, es que la valoración de lo que es o no estéticamente aceptable sigue pasando por la aprobación de una élite blanca.
Me hice esa pregunta sobre la validación meses atrás, cuando me fijé que ciertas diseñadoras de moda llevaban elementos de culturas amazónicas en sus colecciones al extranjero para venderlos como novedad, sin reconocer el trabajo de otras mujeres indígenas. ¿Qué hace que algo sea considerado más estético? Para eso están las galerías de arte, los críticos, la prensa, los circuitos intelectuales: calificando, segregando, valorizando en dólares. Y ahora se quiere otorgar esa validación “estética” a la pollada para que sea digerible para los sectores acomodados, y seguramente veremos a gente de dichas zonas haciendo “party polladas”.
Y creo que el problema no es que los pitucos hagan polladas; finalmente, es una práctica popular extendida en todo el país, no tiene un registro de invención. Lo que genera disonancia pasa por pretender invisibilizar los esfuerzos populares, usando frases trilladas para conceptualizarlas en un book de artista que básicamente tiene como público a lo extranjero.
El no reconocimiento de la historia de la pollada —no solo de los insumos detrás, sino de su historia ligada a la precariedad, a una de las épocas más oscuras de nuestra historia como la violencia política— es lo que no puede pasar por alto. El fetiche de la pollada es eso: vaciar de contenido una práctica cultural popular para hacerla más vendible, más “estética”, dejando en claro quiénes son los que tienen el poder de acceder a medios, publicidad y representación simbólica.

Otro gran tema es el racismo y clasismo que esas mismas élites, que celebran “la pollada aesthetic”, manifiestan frente a otros peruanos. Como en ese brillante ensayo de Cecilia Méndez, “Incas sí, indios no”, podríamos decir: “polladas sí, coneros no” o “fiestas populares sí, cholos manifestándose no”. Son esos mismos sectores acomodados, llenos de artistas, los que le dieron la espalda a los hermanos del sur cuando llegaron reclamando por sus muertos a Lima; los mismos que apoyaron políticas eugenésicas contra el pueblo, que terruquean a quienes defienden sus derechos. Quieren los logros culturales, las creaciones del pueblo, pero no les importa la sangre derramada ni las luchas o aflicciones de la gente de los barrios.
Las mismas señoras que elogian la bonita pollada en Miraflores reclaman cuando las quinceañeras de Comas se toman fotos en El Olivar o se quejan “porque llega gente de los cerros” al malecón. No se trata solo de unos artistas jugando a vender pollada por un día; es la superficie de una distancia histórica más profunda, en la desvaloración de los artistas populares, en el continuo desprecio que los barrios hemos recibido por nuestra música y costumbres. ¿Acaso hemos olvidado cuando Szyszlo escribió contra Joaquín López Antay para que le quiten su Premio Nacional de Cultura porque para él “solo era un artesano”?
Los tiempos han cambiado: si hace unos años podían venir a un barrio en Collique a tomar fotos sin permiso para su exposición en la bienal como si nada, hoy estos mismos cholos y cholas reclaman, exigen, demandan.



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