Marco Yanayaco Evangelista | 03.05.2026

Escrito por Marco Yanayaco
Salir de la universidad, de casa, del trabajo o de donde sea es como me imagino que la gente empezó su día el 16 de abril. Salir con la esperanza de que el tráfico fuera lo suficientemente benevolente como para no llegar tarde al concierto y poder reunirse con los amigos o con el grupo de la comunidad.
Desde las 7:00 p.m., mientras cruzaba las esquinas, ya podía ver pequeños grupos con polos de Candelabro y algún accesorio reconocible de la portada: coronas de espinas en el cabello, brazaletes o simplemente ropa acorde a la estética del disco. No quise ser ajeno a esta fiebre por la llegada de Candelabro, así que llevé un par de bolsas de pétalos rojos y blancos para que los lanzaran desde el balcón en el momento preciso. Y creo que se logró, a juzgar por cómo esos instantes se han vuelto tan virales ahora.
Al momento de grabar contenido y preguntarle a la gente qué esperaba ver esa noche, por azares del destino, al llegar al final de la fila, me encontré con Lilith, de Los Membrillos, y también con Matías y Franko, de Candelabro, a quienes pude grabar para incluirlos en el video. Ese encuentro me pareció un indicio de que las cosas irían mejor de lo que esperaba, o incluso más.

Foto de Edgard Lescano
Ya dentro del local había una considerable masa de gente cantando algunos temas que iban sonando, como Postparto de Hesse Kassel, otra de las bandas chilenas más esperadas por el público local. A un lado vendían comida vegana; al otro, merch de ambas bandas. No miento al decir que en este concierto fue curioso encontrarme con muchos amigos, conocidos y gente que me seguía por redes y había leído lo que publico en este medio. Aún no soy bueno recibiendo elogios, pero me alegraron bastante la noche.
Poco antes de empezar tuve la sensación de que quizá todo lo bueno podía pasar; eso, sumado a unas banderolas de “Fujimori nunca más”, globos de Candelabro flotando por ahí y folletos de Keiko con la esvástica. Un lugar que inspira confianza y un mensaje directo.
Los membrillos teloneando
Era la primera vez que Los Membrillos tocaban en un escenario grande como el Leguía, así que esta presentación captó toda mi atención, y el resultado fue lo que encendió la chispa de la noche. Abrieron con Ultramar, uno de mis temas favoritos. Tiene tanto encanto y nostalgia como alguna canción de The Cranberries que suelo escuchar a veces. El sonido estaba en su punto, el piso vibraba con cada nota y los fans estaban más que contentos. Me sigue pareciendo que este tema tiene un sonido bastante cercano al Silvania de inicios de los 90, con una atmósfera pop etérea y ensoñadora. Siguieron con Atrapasueños, donde ese pequeño sonido de sintetizador que aparece justo antes de que las guitarras exploten me parece una vela que nunca se apaga. Quedé hipnotizado y, mientras me movía entre la gente, pude ver esa conexión, ya sea saltando, moviendo la cabeza. Una amiga que no los había escuchado nunca, y que tampoco conocía el género, me comentó que fue una experiencia única, no entendía la letra, pero las melodías y la saturación le volaban la cabeza.

Foto de Edgard Lescano
Lo que me conmueve es cómo su sonido ha ido mejorando, pero también avanzando, intentando escapar quizá de la sombra de otras bandas consagradas. Esos caminos los llevaron a componer un tema sumamente interesante como Girasol, que —conversando con Daniel— es una fusión entre festejo y shoegaze, acompañado de una guitarra acústica y una batería que marca un ritmo entregado, que salta de un lado a otro. Aunque la idea naciera de un chiste, por intentar combinarlo todo y ver qué salía de ese Frankenstein, me encuentro sorprendido con el resultado, inventar un shoegaze que se puede bailar y poner en Fiestas Patrias.
La banda decidió cerrar con El gran cielo, que sigo creyendo, fielmente, que es uno de sus mejores trabajos, el más profundo y espiritual, con un coro que te rompe en mil pedazos. Aprovecharon todas las virtudes que un espacio así puede dar y simplemente armaron una fiesta que encendió las luces. Antes de que me diera cuenta, ya habían concluido; el local estaba lleno, no entraba nadie más, y todos esperaban ansiosos lo que venía.
Candelabro
No pasaron ni cinco segundos desde que la banda pisó el escenario y se desató toda clase de gritos eufóricos, aplausos y arengas. La locura comenzaba incluso antes de empezar, los primeros saludos de la banda, que ya llevaba algunos regalos puestos como chuyos, ponchos y una banderola que, un día antes en el hotel, habían podido firmar junto a fans y prensa. En medio de esas escenas emotivas, pude ver a toda esa gente ansiosa que alienta el talento joven y que se siente identificada con esta generación de músicos furiosos, que lucha día a día y no le teme a denunciar el abuso y la injusticia.
¿Ahora qué sigue? Todo inicia con Las copas, junto a la grabación de la lectura del poema La bandera de Chile, de Elvira Hernández. Siento que, hasta ese momento, nadie terminaba de concebir el hecho de estar frente a Candelabro en vivo; todos estaban como adormilados, indecisos. Sin embargo, bastó escuchar el riff inicial de Domingo de Ramos para que toda esa marea empezara a moverse, a saltar y, en un solo estallido, gritaran: “¡DESALAMBRAR!”, con todas sus fuerzas.

Foto de Edgard Lescano
Parecía que lo tenían guardado desde hace mucho, y no me resulta extraño, dado el extremismo insano al que nos ha sometido la política actual. Por eso, hacía falta encontrar un punto de desahogo, aquí y ahora.
Haz de mí apaciguó al público para darnos un baile salsero de post-rock que puso a moverse incluso al más tieso, al más adormilado y tímido, mientras se coreaba: “Y en mi cabeza no deja de sonar”. Para el siguiente tema, Nahuel dirigió unas palabras en quechua al público, seguidas de Prisión de carne, que mantiene ese ritmo calmo antes de explotar. Se coreaba: “por encima de quien soy / trepa encima de mi carne / estás siempre alrededor”, para luego cerrar con un jam de jazz impecable y el solo de saxo de María, acompañado por Nahuel en el clarinete.
Llegado a este punto, la gente ya estaba preparada para el plato fuerte de la noche. Entonces suena un sample y empieza a asomarse “Liebre”, uno de esos temas que son un manifiesto en sí mismos: para mí, un monólogo expresivo sobre lo que significa vivir la fe en esta modernidad que se desparrama en circuitos y redes sociales. No solo fue explosivo por desatar el pogo con su incesante riff inicial, sino por todo el discurso final, que se desgarra y logra despertar el éxtasis. Es, además, la segunda parte de la trilogía que encadena la esencia del disco.
Después de esto, hay un intermedio en el que Javiera se encarga de recitar el poema “Soy Micaela Catari”, de María Emilia Cornejo (regalo de Killari, compañera, amiga y cronista de la revista). Entonces empieza la primera parte de “Fracaso”, con ese saxo melancólico y la voz del poeta Armando Uribe recitando su poema, lo que provoca que la derrota, entremezclada con la esperanza, genere emociones imposibles de contener o describir, simplemente había que dejarse llevar.

Foto de Edgard Lescano
Una sensación de fuga espiritual invadía y se propagaba como un virus entre la gente. Desentonar o cantar mal ya no importaba, era un desahogo, un canto de liberación ante todo lo malo y podrido del mundo, del país o de la vida. En medio de esto, se usó el interludio de la canción para tocar “Ángel”, uno de mis temas favoritos, porque apela a esa fe inocente de la infancia. Me parece que por eso resuena tanto: ¿a quién no le hicieron rezar el “Ángel de la guarda” alguna vez? Esa primera experiencia en la que uno creía que el mundo podía ser bueno si lo creía lo suficiente, y es en su letra donde logra resucitar algo que yacía muerto desde hace años.
Luego volvieron para completar la parte final de “Fracaso”. Nunca dejaré de decir que estas canciones logran apelar a una fe espiritual que, lejos de acercarte al dogma, busca aferrarse a algo humano, algo instintivo: la fe en el mundo y en la posibilidad de cambiar las cosas. No se trata de esperar que todo cambio venga por obra divina, sino de entender que uno también tiene que hacer algo. La letra lo dice explícitamente.
“Pecado” es un antes y un después en el concierto, donde el movimiento, el éxtasis puro y también la ironía se transmiten en el aire como una gripe. Yo, particularmente, esperaba esta canción. Quería apreciar por mi cuenta cómo esa burbuja de paciencia terminaba por romperse y dejarnos a todos a merced de la canción, el enojo y la ironía. Cantarle a un Dios perdido, a un Dios ignorado y loco, muchas veces usado como insignia por partidos y agrupaciones que, al final, resultan ser de las más nefastas que han pisado la tierra. Con eso presente, y viendo cómo se armaba ese pogo colosal, no pude quedarme como espectador.
Algo en mí decía que tenía que participar, y así lo hice. Fue sublime, porque era necesario hacerlo. Mientras nada pudiera impedírmelo, había que hacerlo. Escuchar la frase “Fujimori tiene una familia…” sirvió para coronar el tema. ¿Resultado? Un shock espiritual, porque al final de todo, ¿hay un por qué? No hay un por qué.
La noche parecía no poder llegar a otro nivel, pero la mezcla de temas de su primer disco, Ahora o nunca, volvió más nostálgica esa parte del concierto. Canciones como “Refugio I” y “Refugio II” fueron una caricia al corazón sangrante de jóvenes que necesitan un lugar donde encontrarse. Luego pasaron a temas en esa misma línea: “3 flores blancas”, que tuvo una dedicatoria muy bonita (que, para quien pregunta, no era para mí, sino para otra persona), y cerraron con “Cáliz”. Ese riff desabrigado, desencajado, me evoca la imagen de un vagabundo en mitad de la noche, sin lugar a dónde ir. Por alguna razón, su transición tiene algo de familiar con los villancicos navideños, pero hacia el final se vuelve abiertamente sincera y liberadora.

Foto de Edgard Lescano
Mientras todo eso sucede, caen pétalos blancos y rojos desde el balcón: el momento perfecto en que las voces se sincronizan y estallan en catarsis con “soy yo quien pregunta, soy yo quien responde, esta vez”. Y nadie puede negarte la palabra, porque, como decía Huidobro: “el poeta es un pequeño Dios”.
¿Hasta aquí concluye? Por supuesto que no. La noche aún tenía más por ofrecer, y la fiesta siguió con “Piano a piano”, un tema clásico que, alejándose de lo religioso, golpea desde la madurez, el crecimiento y la infancia: es como imaginarse regresando al barrio, a casa, después de muchos años. Así se sentía todo. Algunos gritaban, otros lloraban, y a veces ambas cosas se envolvían como un pequeño regalo de la banda. El público hizo que todo fuera anecdótico y cálido.
Cuando tocaron “Señales” y “Dedo chico”, se veía a los amigos juntarse en grupos e incluso sumar a desconocidos para lanzarse a bailes improvisados, piruetas: cualquier movimiento valía lo mismo. Era simple, disfrutable, y nada más importaba.
¿Termina aquí esta noche? No. El grupo no podía irse sin tocar “Ultraderecha”, y al unísono del coro “¡Porky de mierda!” se abrió el escenario para la última descarga: empujones y saltos brotando de todas partes. El centro era una fiesta. El coro de “Defensores del libre mercado”, combinado con el ska y el post-rock, es inigualable: se goza distinto. Las palabras finales de Matías —“No a Fujimori”— dejaron el mensaje y la noche sellados.

Foto de Rodrigo Ahumada
Una actuación comprometida con su causa, y un público cómplice de ese gesto. Actos a los que, quizás, habría que acostumbrarse: siempre tomar partido por una causa justa. Ya en el momento posterior al concierto, me encontré con amigos y conocidos; la banda conversaba con los fanáticos. Tuve un breve intercambio con Luis, guitarrista, quien me contó que había estudiado literatura, así que le recomendé algunos poetas peruanos antes de cerrar ese encuentro. La sensación que me queda es que el público le dio mucho cariño a Candelabro, y ese cariño fue correspondido.
Lo que puedo entender de bandas como Candelabro, y de la respuesta de la gente, es el compromiso: no solo musical, sino también político, porque eso atraviesa todo lo que rodea tu vida —el gusto, la preferencia, la opinión, la forma en que ves a los demás—. Hay que dejar de lado ese viejo dicho, tan catastróficamente nauseabundo y cobarde, de que “el arte debe ser apolítico”. Decirlo ya es un chiste; cumplirlo, como muchos han hecho, es aún peor. No hay nada más triste que un arte que no se identifica con nada, que no propone, que no incomoda: está condenado al olvido.
Noches como esta, viendo a Candelabro incomodar, provocar y señalar a los sectores más acomodados del país, quedarán en mi memoria. No solo por su música, sino porque construyen una identidad y sostienen un mensaje que no teme exponerse. Y eso deja huella.
Pero después de todo esto, la pregunta que queda es: ¿y ahora qué?

Foto de Edgard Lescano
Yo, por lo pronto, espero volver a ver a Candelabro en otra oportunidad. Tal vez pronto, tal vez no. Pero con la certeza de que algo siempre me hará volver a esta noche. Porque, incluso en medio de todo lo podrido que puede estar el mundo, queda la sensación de que no remas solo en ese bote contra aguas turbias. Siempre hay algo que te empuja a seguir: vivir, luchar, estar aquí y resistir, incluso después de todo.
No se puede evitar el sufrimiento, así como tampoco la felicidad. Todo es pasajero. Como escribe Rilke:
“Deja que todo te suceda: belleza y terror. Solo sigue adelante. Ningún sentimiento es definitivo.”



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