Crónica de El cómodo silencio de los que hablan poco: Gritos, ruido y sentimiento

Foto de Brenda Lizarzaburu

Escrito por Marco Yanayaco

Las noches transcurren tranquilas en verano, entre carros que intentan no chocarse constantemente por el centro de Lima. Ya hacía un par de horas que daba vueltas por la Plaza de Armas, donde compré una porción de pizza en aquella famosa esquina. Luego de terminar mi pequeña recompensa fui a Terapia Bar. Pasé un par de minutos ahí antes de que llegara la hora acordada para ingresar, mientras hablaba con Cíclope sobre el concierto de esa noche.

Tengo imágenes cinéticas y alocadas porque para mí todo fue demasiado veloz y apenas pude darme cuenta que ya estaba en la fila junto a una amiga y Sammir a punto de entrar al local.

Mientras la gente llegaba, era entrañable ir encontrándome con amigos y otras bandas conversando y alistando sus instrumentos para empezar el concierto. Pude acercarme a la mesa de merch donde estaba Diego, de Cataratas en Siberia, quien junto a otro amigo me confesaba haberle regalado su EP a Candelabro para que los escucharan.

Ese tipo de acciones me hace pensar que, si hubiera más gente así, probablemente las bandas locales podrían llegar más lejos y no tendrían que peregrinar tantos años para alcanzar recién cierta visibilidad, que a veces sigue siendo moderada. Hace falta más apoyo del propio público. Ni siquiera se trata de ir a todos los conciertos: basta con salir a la calle con el polo de una banda, compartir su música con algún amigo o ponerla en algún evento público. Mientras en Chile y Argentina existe un trabajo más profesional y una audiencia que consume y cree en sus propias bandas, aquí pareciera que nos da ansiedad depositar fe en un proyecto joven.

Estas ideas me laceran el cerebro casi siempre, pero ver cómo las bandas que ya no son tan nuevas empiezan a asentarse dentro de este sistema musical contemporáneo me hace pensar todavía más en ello. Las bandas nuevas ya no son tan nuevas, y entonces hace falta algo más que empuje del otro lado.

Luego vi al vocalista de Exectivid repartiendo los setlists a quienes iban pasando. También alcé la mano para llevarme uno, no sin antes hacerle un par de preguntas antes de iniciar el concierto. Tampoco quise quitarle demasiado tiempo porque, como la hora dictaba, todo debía empezar de una vez.

Exectivid, banda originaria de Huancayo que Cómodo y Efecto Dominó seleccionaron para presentarse esa noche, fue una de las sorpresas más interesantes del concierto. Quise guardarme la experiencia para este momento, así que no había escuchado nada de la banda previamente, salvo algunos comentarios de amigos que, al igual que yo, tenían curiosidad y ganas de verlos en vivo.

“Incienso” fue lo primero que presentaron y me recordó bastante al garage rock revival de Arctic Monkeys, mezclado con algo más cercano al indie y lo alternativo. Las melodías enérgicas, el bajo, los riffs acelerados y la batería áspera y sucia iban creando una atmósfera que no escuchaba hace mucho tiempo. Si bien en un inicio los temas no terminaron de conectar del todo conmigo, había algo en la voz del vocalista y en la manera en que cerraban las canciones, con esos acordes al aire y ese sonido desprolijo, que me emocionaba y me generaba cierta nostalgia.

Sobre todo, temas como “Bubucela” y “Martes muy nublado” fueron brillantes y emocionales. Esas imperfecciones que al principio parecen errores terminan formando parte de la estética de la banda. Curiosamente, eso contrastaba con la forma de cantar del vocalista, que me recordaba mucho a Jeff Buckley, Van Morrison y otros cantantes folk bastante característicos por esos arreglos vocales y agudos extraños que aparecen en momentos inesperados. Jugaba mucho con los coros y se apoyaba incluso en ciertos clichés para encontrar soluciones distintas a lo habitual.

Esa excentricidad y atrevimiento despertaron mi curiosidad, porque muchas bandas priorizan lo instrumental y encontrar algo distinto desde lo vocal resulta gratificante, más aún cuando se trata de proyectos que ya están trazando un camino propio y buscan desmarcarse de lo usual. Salí agradecido de este primer encuentro y, sobre todo, de haber estado ahí.

Con Cataratas en Siberia no hubo sorpresas, simplemente porque la banda ya maneja un nivel de impacto, calidad y trabajo de ensayo detrás que resulta envidiable e incluso inhumano. Lo que sí fue poco común fue escuchar ese par de temas nuevos de su próximo disco debut (“Untitlefight”, aka “Escondite”).

El ruido milimétrico llevado hasta la saciedad es algo característico de Cataratas y, aunque ya me tiene acostumbrado, sigue siendo un deleite escucharlo y presenciarlo en vivo. Los gritos de Diego mientras revienta los platillos al tocar son, como siempre, el desenfreno más amable que puedo pedir en cada presentación.

Abrir con “Escalofríos” fue como recibir un cortocircuito directo al cerebro: ácido en las venas que te despierta. Los platillos ya estaban incendiándose y ese juego habitual de las baquetas antes del break terminaba explotando en los gritos finales. Luego siguieron con “Scooby Galletas”, un tema que me parece un curioso giro más cercano al hardcore punk, aunque sin abandonar su estilo melódico y preciso. Me recordó bastante a bandas clásicas del J-rock como Midori o Toe, influencias muy presentes en Cataratas por su potencia visceral y sus cambios explosivos.

Lo que me agrada de esta naciente escena es ver cómo los músicos conviven dentro de un mismo espacio y no son ajenos entre sí, incluso cuando los géneros no son los mismos. Eso propicia colaboraciones interesantes, como ocurrió esta vez con Carmen, de Umi Murasaki, quien subió al escenario para encargarse de las voces en “Escondite” y “Mi memoria”.

Este último es uno de esos temas para simplemente estirar el cuello, pogear, lanzar unas patadas y dejarse llevar por esa subida y bajada constante del coro, donde el bajo y la batería toman protagonismo en un juego versátil y fresco que permite recomponerse un momento. Luego llegó “Astrafobia”, uno de mis favoritos y una canción que espero siempre toquen en vivo. Ahí la guitarra entra en un solo completamente descontrolado, pero sin abandonar lo rítmico ni el ataque de la batería, que parece querer reventarte el cerebro con cada golpe de tarola y redoble que Diego va construyendo.

Sin embargo, lo que más destaca es la soltura y el acople musical de la banda: una belleza simple y pura. La voz de Carmen le daba a la canción un sentido más melancólico y una textura mucho más suave, algo que me resultó bastante interesante.

La performance de Cataratas siempre es maravillosa. Casi siempre recomiendo escuchar sus presentaciones en vivo porque ahí uno gana un plus de toda esa pasión que transmiten al tocar, algo que solo puede percibirse realmente en directo. Que no te lo cuenten: vívelo.

“Entre las flores” fue un cambio radical hacia lo atmosférico, una canción que despega en su clímax y termina estampándote en la cara los platillos y la distorsión de guitarra. Llegado a este punto de la noche, agradezco haber asistido y no perderme nada. Esto es lo que representa el amor por la música y, en momentos en los que escucho a Cataratas, siento que estoy en el lugar correcto, rodeado de gente que ama escuchar música.

La banda cerró su presentación con los temas de su EP, empezando por el eufórico y rabioso “Soñé que era inmortal”, con el clásico riff y tapping de guitarra de Leo, seguido de “El salto del fraile”. A medida que el final se acercaba, el ánimo iba subiendo y el ambiente se volvía más intenso y desafiante. Parecía un ring de box donde en cada round sientes que vas a desmayarte, pero continúas: cada grito, cada redoble, cada choque melódico o riff salía disparado como una escopeta.

Esas sensaciones son difíciles de olvidar y Cataratas siempre cumple cuando se trata de entregarte dopamina en estado puro. Yo veo en los ojos de la gente esa felicidad, a veces incredulidad, pero siempre una fascinación enorme al verlos tocar, sobre todo cuando interpretan “Todas las tardes que nos robó el fuego”, tema que mezcla la melancolía de la noche con la épica de un cantar de gesta: un mix imbatible, con sabor agridulce, como un veneno agradable de tomar.

Es un final que te deja el alma tranquila, como si acabaras de pasar por el infierno y el purgatorio antes de descansar finalmente en un paraíso terrenal. Algo fantástico se está cocinando con esta banda y la gente debería notarlo más.

Sin más preámbulo, se acerca al escenario El cómodo silencio de los que hablan poco, retando la emoción y la memoria del público. No es la primera vez que la banda se presenta en el Perú, pero igual se sentían en la gente las ganas de dejarse llevar. Tocaron “Quiero estar a la mierda mirando el cielo/suelo”, con esa intro de bajo profundamente rememorativa y la entrada nítida e invasiva de una batería picante, lista para responder a todo lo que osara venir desde las guitarras y el sintetizador.

Todas las voces se unieron en el coro para responder al llamado de esa expresión genuina de emociones a la que nos arrastra el amor por la música. Temas como “Nuestro tiempo”, especialmente en esos intervalos donde la batería descarga sus redobles, me traían recuerdos de algún huayno o de canciones del folklore andino que quizá escuché de niño y que ahora regresaban a mí en medio de esta presentación. Eso mismo me ocurrió con “Jardines”: mientras repasaba varias de sus canciones, me invadía la sensación de que aquello no era solamente emo, rock o indie. Había algo muy particular en su sonido que me hacía querer seguir escuchando más.

En un momento hicieron una pausa para hablar sobre San (2024), disco que, a mi gusto, es el mejor de su discografía. Tiene un sonido estridente y crudo por momentos, pero también profundamente sensible. Así tocaron “Tormenta”, seguida de “Al otro lado del fuego”, cuya interpretación dejó además una anécdota bastante divertida: alguien del público la pedía a gritos y el guitarrista preguntó quién había sido para dedicarle especialmente la canción.

Muchos de los pasajes de la noche resultaban amigables a pesar de ser desgarradoramente honestos. Las letras, incluso en sus momentos más melancólicos, no parecen buscar la tristeza de manera forzada, sino preservar un recuerdo dentro del presente.

Uno de mis momentos preferidos de la noche fue escuchar “Ikigari” en vivo. Ahí se refuerza ese mensaje sobre la búsqueda de pertenencia y de un propósito de vida, sobre todo con el uso de ese sample de Hajime no Ippo, cuyo mensaje principal gira alrededor de la motivación y de no rendirse. Es un hacha rompiendo el hielo en medio de un día de mierda o cuando te encuentras demasiado hundido como para levantarte.

Esos momentos en los que no se dice nada terminan diciendo muchísimo a través de melodías que van creciendo lentamente. Esa es la fuerza de la música: tocar la fibra más sensible y conmoverte hasta las lágrimas casi sin pronunciar palabra.

Siguiendo con el programa, curiosamente tocaron unos minutos de un cover de “Tu cárcel” para pasar directamente a “Mala memoria”, otro tema energizado por sintetizadores brillantes y muy cercano a ese bendito math rock que cada vez influye más en muchas bandas actuales. Para cuando llegaron a “El viento en la cortina” y “Vamos muchachos”, el sonido se inclinó hacia algo más indie. Esa versatilidad, aunque por momentos pueda sentirse extraña, creo que es precisamente la esencia de la banda y lo que les permite acomodarse tan bien a distintos registros.

También hubo espacio para saltar y pogear, dejando de lado lo introspectivo para generar reacción inmediata. Esta segunda mitad del concierto se inclinó hacia lo explosivo y visceral. Me gusta ese tránsito de la calma hacia algo más reaccionario; ver zapatillas volando y gente de cabeza al final siempre es una dicha. No recordaba sentir tanta confraternidad en Vichama desde hace mucho tiempo.

Ya llegando al final pude ver cómo alguien hacía crowdsurfing por unos segundos, mientras el humo de los cigarros revoloteaba por el aire y, con él, parecían esfumarse también la desesperanza, el enojo y quizá toda la mierda que uno lleva dentro. La banda entraba en esa última escena de película que anuncia que el final se acerca, no sin antes lanzar un enorme “JÓDETE, Fujimori” para terminar entre un licuado de saltos y choques durante “Nota024.m4a”.

Poco a poco el lema de “Fujimori es una mierda” resuena más y debe mantenerse vivo; nunca debería olvidarse, menos aún en momentos tan cruciales como estos. No puedo pedirle más a esta noche y me voy satisfecho, al menos por esta vez. Eso sí, no sin antes comprar el CD de San, aunque como ya se me había hecho demasiado tarde tuve que salir volando de ahí en una escoba o como fuera.

De todas formas, la noche no terminó ahí, pero esa ya es otra historia que no contaré.

Reflexión Post-mortem/concierto

He faltado a muchos conciertos a los que me hubiera gustado ir, pero me alegra no haberme perdido este. No solo por ver artistas nuevos y otros ya consagrados, sino porque es el primer show organizado por Efecto Dominó. Presiento que será el primero de muchos y sinceramente espero que así sea.

La escena se está moviendo hacia lugares cada vez más insospechados y eso me encanta. Necesito algo que retumbe y haga ruido, lo suficiente como para obligar a todo a avanzar, porque a veces es avanzar o morir estancado. Estos proyectos merecen más apoyo, pero también necesitan dejarse ayudar por otros. Todos merecemos dar una mano y, aunque no toda ayuda funcione, encerrándose no se gana nada más que convertirse en algo grande dentro de una sola localidad.

Lo que a veces hace falta es la ambición de querer hacer un Lollapalooza o un Primavera Sound aquí. Algo que no se ha hecho —o se intentó a medias— y que muchos siguen viendo como un sueño imposible. Los tiempos cambian, las generaciones avanzan y la industria necesita profesionalizarse. Cultivar nuevos oyentes es una tarea necesaria de la que debemos encargarnos nosotros, pero también quienes organizan estos eventos.

Soñar no cuesta nada, pero hace falta gente que piense en grande, a largo plazo y que no le tenga miedo a perder. Suena suicida, pero muchas cosas lo son y no se gana nada quedándose únicamente en el sueño. Esto recién empieza: se vienen cosas terribles y bellas para todos, y yo quiero estar ahí para verlo o documentarlo.

No debemos detenernos. Sé que quizá estoy pidiendo demasiado, pero también sé que este es el camino que elegimos quienes decidimos dedicarnos a esto.

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