PFM | 28.04.2026

Escrito por P.F.M.
¿Cuál es la función del arte? ¿Y por qué es tan necesario? Seguramente habrá quien considere que es una cosa banal. Basta revisar el enfoque o la importancia de la cultura en los planes de gobierno para notar que Fujimori piensa limitarlo o integrarlo a la sociedad como Sánchez. ¿Limitarlo o domesticarlo?
Para el filósofo, sociólogo y crítico cultural Theodor Adorno, el arte es una actividad racional autónoma y una forma de conocimiento crítico que se opone a la sociedad capitalista. Definido por su “negatividad”, el arte verdadero no busca complacer, sino reflejar las contradicciones sociales a través de formas complejas y disonantes.
Incomodar.
Cuestionar.
Abrir las puertas que tenemos clausuradas por el trajín del día a día.
Retirarnos el polvo que hemos acumulado con los años.
Mostrarnos otra forma de ver, de sentir.
Del jueves 23 al domingo 26 de abril se llevó a cabo la feria de arte contemporáneo Pinta. Un espacio que invita a ver nuevas propuestas, pero, sobre todo, a generar nuevos mercados. Y ahí aparece la fricción: ¿qué pasa cuando el arte entra dócilmente al mercado? Luego de asistir a varias ediciones de ferias de arte y a exposiciones, la pregunta insiste: ¿es arte o un objeto decorativo?

Sarah y Samantha Ferrer
¿Dónde radica la diferencia entre uno y otro? En la intención. Mientras que el objeto decorativo busca embellecer, combinar y agradar visualmente, la obra de arte busca expresar una idea, provocar emociones o generar reflexión, además de poseer valor estético. Pero en la práctica, esa frontera se vuelve sospechosamente cómoda.
Artistas de Colombia, Chile, Argentina, Uruguay, Perú y Cuba fueron algunas de las propuestas regionales presentes en Pinta. Sin embargo, entre lo que incomoda y lo que decora, el balance no parece inocente.
¿Qué me gustó?
El trabajo de las hermanas Sarah y Samantha Ferrer, que a través de la cerámica exploran, entre lo cute y lo naive, la cultura cubana. Las piezas escultóricas con desechos industriales de Edelmira Boller. Las cartografías del cuerpo huaca de Verónica Penagos. Los dibujos sobre retazos de mármol de niños pintados con soldaditos de plomo de Pedro Tyler. Las aves de madera de Manuela Viera Gallo, que nos muestran la vigilancia en la que estamos inmersos. Y los arreglos florales de cerámica de Nicola Costantino.
Pero incluso ahí aparece la duda: ¿cuánto de eso incomoda realmente y cuánto se vuelve consumible sin fricción?
Además, se pudieron ver obras de Eielson, Tola, Le Parc, Picasso, los artistas de Sarhua y Herbert Rodríguez, pero en una faceta menos rebelde y más controlada. Después de eso, aparecieron más piezas hechas para aportar color, volumen o textura a alguna pared doméstica. No es un desliz: es una tendencia. El mercado demanda algo que no genere incomodidad, sino algo más bien agradable.

Manuela Viera Gallo
Lo que Chul Han denomina la cultura del like: en ella, todo es liso, brillante y nada incomoda. No está la negatividad de la que hablaba Adorno, sino todo lo contrario: la complacencia. ¿Puede el arte sobrevivir a esa lógica sin volverse decoración?
La sección de videoarte abre otra grieta. Obras de Abigail Reyes, Elena Tejada-Herrera y Angie Bonino devuelven algo que escasea: fricción. Sí Señor (2015-2016), de Abigail Reyes, reúne extractos de telenovelas latinoamericanas con personajes femeninos que repiten “Sí señor”. La repetición no es inocente: evidencia una estructura.
Nouveau Bourgeois Latin Immigrant That Learned Shopping and Has Good Taste (2005), de Elena Tejada-Herrera, muestra a la artista en centros comerciales y galerías con un cartel que anuncia su condición de inmigrante. El contraste no solo es irónico: incomoda porque no se deja consumir fácilmente.
En VISION Turistic–a (2014), Angie Bonino convierte una visita guiada al cerro San Cristóbal en una lectura de Lima: capas de audio y video que exponen la estratificación socioeconómica e histórica.
LA PARADOJA
Para Benjamin, la intención del sujeto que cosifica la obra de arte al querer poseerla para no perderla es precisamente lo que la aleja de él. En su afán de coleccionarla, la cosifica, quitándole su carácter singular, su “aura”, su “estremecimiento” de creación, para convertirla en objeto de valor económico o de placer personal.

Verónica Penagos
Al estar “fijada” en una colección y servir solo al coleccionista, la obra pierde su capacidad de interpelar al público o de ser parte de un contexto vivo. La intención de protegerla termina "desconectándola" de su verdadero propósito artístico.
Quizá el problema no es que el arte se venda. Sino que haya aprendido a no incomodar para poder hacerlo.



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