Crónica de Dafne Castañeda: sostener la fragilidad sin apagar la fantasía

Fotos de Kathya Romero

Escrito por Kathya Romero

El pasado miércoles vi tocar por primera vez a Dafne Castañeda junto a Daniel Quiñones. Tenía muchas ganas de, por fin, escuchar Posguerra en vivo, álbum que el año pasado se convirtió en el soundtrack oficial de mis viajes en micro durante una época de mucho moco. Además, sería una fecha en la que presentaría canciones de su próximo disco, temas que probablemente termine incorporando a otro soundtrack para algún nuevo tramo de Lima.

Posguerra tuvo un impacto intangible en mí: no cambió nada a simple vista, pero hizo que algo se acomodara por dentro. Esas letras se mudaron conmigo sin pedir permiso; las volví personales, confesiones, casi testimonios. Fue muy orgánico sentirlas y conectar con esa profundidad ambigua, pero directa. Sentí complicidad en la confianza que deposité en ellas para que hablaran por mí: “Soy un charco de palabras, todas mal escritas, flotando”.

Hay irrupciones breves de poesía que confrontan una vulnerabilidad a menudo rechazada: “Antes de todas las guerras, te vi sonreír”. Esa vulnerabilidad despierta su propia conciencia a lo largo de esos 26 minutos: “Sin voz, sin sol, sin ser, resisto”, y se opone a negar la herida o la fragilidad; más bien acompaña, cual amiga en medio de una misión nocturna, a atravesarlas.

Inició el concierto y la piel respondió antes que yo: erizada y sudando, estaba en primera fila. Los sonidos se expandían y parecía que el tiempo se estiraba. La voz de Dafne Castañeda tiene un efecto placebo: logra hacerme creer que todo está bien. Suena como salida de una superficie lisa, sin fisuras, como si estuviera conectada a la corriente, con una claridad casi mecánica. No tarda en situarte en su universo y se despliega de tal manera que funciona como una línea instrumental, encajando como una capa más del sonido.

La música tiene mucha presencia, genera una atmósfera que roza, besa lo lisérgico. Entreteje lenguajes rítmicos, como un folk electrónico y experimental que juega con paisajes sonoros y texturas: un pop techno que baila y un minimal wave que se arregla de cuerdas y sintetizadores.

La presentación de las canciones nuevas también estaba acompañada por la gráfica del nuevo álbum, proyectada de fondo, con una estética que juega entre lo fantástico y lo sintético: una figura en tránsito, diría yo; Dafne sobre un perro medieval, alzando una luz como si intentara abrirse paso en medio de lo incierto. No podía dejar de pensar en el final de Historia Sin Fin (1984), cuando Bastián salva Fantasía porque decide no dejarla desaparecer: no dejar de imaginar, de creer, de crear.

Eso me llevó a pensar que su música también parece moverse desde esa necesidad de que la fantasía no se apague, como lo sugiere Intro, insistiendo en sostener lo imaginario. Todo está sostenido por una fe resiliente, como si esa linterna la representara.

Las nuevas canciones fueron como la primera mordida de algo que sabes que quieres terminar. Su música no pierde identidad: mantiene ese pulso propio que Dafne Castañeda y Daniel Quiñones construyeron desde el inicio. Él, además, vuelve a ser el productor musical de este próximo disco, junto con Myneza Morales. La propuesta sonora se sostiene en un lenguaje electrónico, con una atmósfera densa y envolvente que evoca ciertas texturas del trip-hop, entre frecuencias bajas y tonos dulces, pero reconfigurada con aires más contemporáneos.

Esa noche llegué a mi casa y me di cuenta de que no tenía mis llaves. Inicié una búsqueda a distancia hasta encontrarlas y me quedé esperando en la banca de afuera hasta que el taxi las trajera de Barranco a San Miguel. Todo eso, paso a paso, tranqui y serena, mientras tarareaba Nueva Era de manera casi compulsiva, una y otra vez:

“Cántalo, muchacha,
que no se acaba el mundo”.

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