El viaje del Kené y la rebelde ternura en el desierto de Lima

Fotos de Miski Mazzini

Escrito por Miski Mazzini - Gestora cultural y Directora de Raíz

Lo que Olinda Silvano hace con su práctica artística es un viaje. Y cuando el viaje es honesto y valiente, como el de Oli, su mano toma la tuya de una forma tierna y profundamente colorida; lo hace desde el brillo de sus ojos y desde el camino transitado como una de las lideresas indígenas más importantes de la Amazonía peruana. Desde su identidad como mujer medicina, mujer migrante y mujer artista, esta muestra individual en el MALI es un hito tanto para la ciudad como para las culturas del Perú.

Olinda recibió el nombre Reshinjabe cuando su abuela colocó piripiri en su ombligo durante su infancia en su pueblo, Paoyhan, Loreto. Desde aquel día, el viaje del Kené ha sido herramienta, motivo y camino por el cual Oli transita los distintos lenguajes de su obra. Y es que la “obra” de Silvano es un proyecto de vida donde confluyen el bordado, el cine, la música y la plástica, pero que claramente no se detiene allí.

Esto no ocurre necesariamente porque ella se lo haya propuesto de forma deliberada; es, más bien, porque el Kené —lejos de ser solo una técnica o una propuesta visual— es un camino espiritual que se recorre desde una concepción ritual que, a su vez, sostiene su propia identidad colectiva e individual. Es una comunión con lo "no humano" desde una cosmovisión que nuestra occidentalidad difícilmente logra traducir, pero que a la luz de autores como Descola y Escobar podemos empezar a desmenuzar. Hablamos de una red interconectada de significados que nos obliga a desarraigar-nos de la mirada colonial, esa que entiende al arte por fuera de la vida, al proceso de creación desligado de la espiritualidad y del viaje profundo hacia los adentros de una misma (uno mismo). Y es eso precisamente lo que vivenciamos en cada una de sus exposiciones. Esta, es la segunda vez que Olinda Silvano comparte su Kené con el “mundo”, la vez anterior de forma colectiva en el ICPNA y esta, viene de forma individual. Las piezas que pertenecen a la exposición han sido acompañadas de forma cuidadosa por compañeras y compañeros que en distintos momentos de su vida analizaron su obra y decidieron resistir desde aquello que no pertenecía necesariamente al arte de galerías, partiendo del talento de Silvano, de su “artesanía” y su conexión espiritual con los colores y el kené para así parir una serie de piezas que van desde el bordado hasta la serigrafía en sus últimas etapas incluso abordando materiales nuevos como el pan de oro.

La labor de la artista, surge de su propia celebración identitaria y de su historia como migrante en la capital desde fines de los años 90. Su llegada, tal como la de decenas (o tal vez cientos) de personas provenientes de Ucayali y Loreto, responde a una diáspora vinculada más a la necesidad que al deseo, como toda migración. A partir de este periplo obligado por la enfermedad del centralismo, Oli decide conscientemente, junto a su familia, coger el toro por las astas, creer en su propio tejido identitario y construir a partir de este su capacidad creativa e indígena, como embajadores de sus propios colores, sonidos y sabores.

Sin embargo, ¿cómo analizar su muestra en el MALI sin pensar en la persistencia de lo occidental en nuestra forma de mirar las culturas indígenas? Si bien el espacio de la galería es una apuesta política valiente, también nos cuestiona: ¿cómo comprendemos estos procesos rituales sin desenraizarlos de su origen para poder "abrazarlos" desde nuestro particular entendimiento del arte? ¿Por qué siempre desde nuestros lugares de enunciación requerimos traducir a nuestros cuadrados occidentales expresiones que son transversales a la vida? Si bien estos cuestionamientos son vigentes y vale la pena seguirlos mirando creo que es fundamental reconocer la rebeldía de Oli. Esta apuesta pone en jaque la concepción colonial y blanca de que las y los artesanos no son artistas. Esta apuesta, de Olinda y su familia y su comunidad, acompañada por el equipo de Rio Corrientes, y muchos otros artistas, antropólogos y “shipibinistas” es una forma de ternura que nos embarca en nuevos caminos de auto percepción como limeñas y limeños. Como peruanas y peruanos.

Qué valiosa oportunidad para abrir trochas amplias para las mujeres amazónicas; por ello, aunque no siempre tengamos claro cómo debe ser esa mirada intercultural, la presencia de Olinda en el MALI, acompañada por Río Corrientes, es un tránsito fascinante. Y tal vez ahora, buscar de nuevo a Arturo Escobar para pensar en cómo podemos construir un presente que desde el sentipensar permita no solo “mirar” el arte de Olinda en el MALI sino abrazar de un modo distinto la vida.

 Pensar el arte de galerías desde lo intercultural es, en sí mismo, un problema reflexivo. ¿Cómo lograr que el arte sea propio de la artista, represente su identidad y, a su vez, permita que su espíritu transite ese viaje que propone el Kené? ¿Quiénes somos los mestizos en la fórmula de la preservación de la memoria shipibo en un país como el nuestro? ¿Qué sería del arte peruano sin su capacidad de quebrarse y rearmarse? ¿Cómo explicaremos a las nuevas generaciones que, en un país con más de 45 lenguas originarias, ninguna de ellas suele escucharse en los museos de la capital?

En la inaguración, fuimos más de 45 personas comiendo juane y bebiendo masato en el hall del museo más grande de la ciudad. La artista, junto a su madre, sus hijas y la persistente presencia de Ronin, fueron quienes cocinaron para los asistentes. La ternura es revolucionaria y esta sola acción de cuidado no solo reivindica la cocina y la comida como espacios de intercambio artístico y espiritual, sino que, tan solo a través de esa acción, se están quebrando algunos grandes y cuadriculados moldes de la sensible práctica artística en una ciudad tan pacata y blanqueada como lo es Lima en muchos aspectos. Comer juanes en la exposición de Olinda —la Olinda pintora, escultora y cantora— es un acto político.

Necesitamos seguir abriendo el cráneo del mundo del arte formal, disputar sentidos de manera rebelde y pintar la vida de verde limón, fucsia y naranja. Debemos dejarnos sorprender por el viaje del Kené y por todos los senderos donde Oli nos tome de la mano para acercar nuestra conciencia a la verdad y a lo que, ojalá, deje pronto de ser llamado colonialmente "artesanía".

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