Rodrigo Ahumada | 06.04.2026

Escrito por Rodrigo Ahumada
"Es posible que la sombra / sea un animal que nos protege / del exceso de luz" - JEE
Contemplar el rostro de Jorge Eduardo Eielson es un acto sin final, como observar el firmamento. Recuerdo esa aparición suya ante cámaras envuelto en una máscara de cielo, rostro azul sobre rostro humano. Hay algo en su mirada —real o imaginada— que nos obliga a volver, a insistir, a descubrir luces y sombras de una mente creativa que no dejó de expandirse hasta el final de sus días. Un ser que pareciera venir de otro universo, cuya obra, versátil e interdisciplinaria, se resiste a cualquier intento de cierre.
Para mí, Eielson es uno de los más grandes artistas del Perú. Su propuesta creativa nunca se limitó a la poesía, sino que estableció un diálogo constante con las artes plásticas, la instalación, el sonido, la dramaturgia, la novela, entre otras formas de exploración. Su obra no solo cruza lenguajes, sino que los tensiona, los mezcla, los vuelve a fundar.
En ese sentido, El derecho al ensueño. Escritos inéditos de Jorge Eduardo Eielson no es solo una publicación, sino una nueva puerta de entrada a un universo que aún no terminamos de comprender. El libro reúne documentos inéditos —textos periodísticos, ensayos, correspondencia personal y fotografías— que permiten acceder a zonas desconocidas de su pensamiento y proceso creativo. Materiales que, lejos de completar una imagen, la vuelven más compleja y enigmática. Como si avanzar en estas páginas fuera también mover el lugar desde donde preguntamos.
Editado por Carlos Castro Sajami, Cecilia Esparza y Mariana Rodríguez Barreno, este volumen es también el resultado de una labor de archivo que entiende que el pasado no es algo fijo, sino una materia en permanente relectura.
Eielson fue, además, uno de los artistas plásticos y poetas más radicales —en el sentido íntegro de la palabra— de nuestra tradición. Su trabajo despliega múltiples formas de cuestionar el mundo en que vivimos, a través de una síntesis precisa entre elementos gráficos y referencias culturales. Hay en su obra una voluntad de ir al núcleo, de desmontar lo evidente y proponer nuevas formas de sensibilidad.
La propuesta de Eielson se adelantó a su tiempo. Es compleja, sí, pero no es hermética, por el contrario nos invita intensamente a involucrarnos. Nos empuja a pensar la identidad peruana desde otros lugares, a revalorar lo prehispánico como una fuente activa de sentido.
En un tiempo que "todo se hace velozmente", Jorge Eduardo Eielson nos propone deslizarnos, sin prisa, hacia otra forma de conocimiento y recordar que "todavía quedan las magnolias". Leer sus inéditos es aceptar que hay pensamientos que necesitan tiempo, capas, silencio. Que hay obras que no terminan de decir lo que tienen que decir.
Y quizá ahí radica su fuerza. En recordarnos que el arte, cuando es verdaderamente radical, no se agota. Se transforma. Nos transforma.
Si quieres seguir la conversación en torno a El derecho al ensueño, la presentación del libro se realizará el viernes 10 de abril a las 7:30 p.m. en la Librería Sur. Participarán Cecilia Esparza, Mariana Rodríguez Barreno y Carlos Castro Sajami, con comentarios de Luis Chueca, Rodrigo Vera y Florencia Portocarrero. La actividad es organizada por Librería Sur y el Fondo Editorial PUCP.
Selección de poemas que guardo en la memoria:
Yo que soy un payaso
Sin oficio y sin calzado
Yo que todavía
Guardo mi vieja luna
Y mis luceros de hojalata
En el armario. Yo que todavía
Me lleno de cascabeles y rocío
Que no vendo mi corazón
A ningún precio sé solamente
Que todo el cielo es mío
Porque soy un payaso
Enamorado y porque soy niño
Todavía
Cuerpo enamorado
Miro mi sexo con ternura
Toco la punta de mi cuerpo enamorado
Y no soy yo que veo sino el otro
El mismo mono milenario
Que se refleja en el remanso y ríe
Amo el espejo en que contemplo
Mi espesa barba y mi tristeza
Mis pantalones grises y la lluvia
Miro mi sexo con ternura
Mi glande puro y mis testículos
Repletos de amargura
Y no soy yo que sufre sino el otro
El mismo mono milenario
Que se refleja en el espejo y llora
Veo las líneas de Nazca...
Veo las líneas de Nazca
En la palma de mi mano veo
La cola del mono en mi cerebro
Y muchas otras líneas
Que atraviesan mi pupila
Mi corazón y mis sentidos
Y terminan en el suelo
En radiantes espirales
Como si brillaran
Como si copiaran
Las del cielo
Sobre la luz
La luz que solamente es luz
Cuando ilumina una cosa
No es luz verdadera. La luz
Que pasa velozmente y no deja sombra
Que todo lo sostiene y lo anima
Es quizás la luz divina. Pero la luz
De que hablo es otra luz
Hundida en mi memoria como un anillo de oro
En la espesura. Es una luz que brilla
Muy rara vez en la vida
Que no tiene peso ni medida
Pero que convierte el corazón
En una estrella
Una luz que no se explica que no
Se explica que improvisadamente aclara
Todo lo que existe
Como si fuera un espejo
Ante un vaso de agua pura
Un fulgor escondido
Un diamante que nos duele
Dulcemente y que nos nubla la mirada
Una suerte de esplendor vacío
Que sólo se percibe como oscuridad
O ceguera. Una luz
Más clara que la misma luz
Del cielo pero más humilde
Más cercana a nuestra mano
A nuestra pobre luz de cada día
Hecha de millares y millares
De cosas sencillas
De átomos que nacen
Y átomos que mueren
De centelleantes fragmentos
De otras cosas
Que igualmente nacen resplandecen
Y perecen




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