Invitadxs EnLima | 11.06.2026

Escrito por Miski Mazzini - Gestora cultural y Directora de Raíz
Son las 12:39 p.m. del 11 de junio, y este es el quinto intento que hago de culminar mi texto para contarles acerca de Nereida Apaza, quien expone desde hace varias semanas en la sala Germán Krüger del ICPNA de Miraflores.
Hace poco rato, la votación de Keiko Fujimori sobrepasó la de JP por 651 votos. Hace poco rato, surgió una real y firme posibilidad de que un Fujimori vuelva a gobernar el Perú.
Es tal vez este el mejor momento para contar la historia de Nereida y los años de trabajo que viene tejiendo desde su territorio, Arequipa, adonde sus padres migraron desde Puno el siglo pasado. Porque esta es una historia del sur. De resistencia. Y de convicciones profundas, las mismas que hoy, en este escenario político, se ponen en disputa.

Nereida Apaza es una artista que teje su ruta —de artista y artesana, como ella misma prefiere llamarlo— desde el hilo con el que borda, desde las hebras de lana, la pintura, la ilustración y la creación de espacios. Lo suyo es un constante intercambio de materiales, ideas y memorias que se amalgaman en la construcción de espacios lúdicos, conscientes y de cuidado, pero también en una memoria del duelo.
Es precisamente ese duelo el que nos ha traído hasta aquí. Porque, en realidad, la herida que el país atraviesa en estas elecciones, dentro de este proyecto de país, es tan antigua y profunda como aquella que aparece en algunas de sus obras: una herida que recuerda las luchas del sur, la colonia y las disputas que han atravesado Lima durante más de treinta años.
Lo personal es político, y desde la exploración de sí misma y de su identidad emerge una disputa de sentido sobre lo que significa ser artista y mujer. Una disputa situada en un contexto donde la práctica artística está atravesada por la clase, la migración y el racismo, pero también por la necesidad de comprender-se artista y sostenerse desde ese lugar.

En la entrevista, Nereida nos comenta que nunca ha vivido del "arte" de forma sostenida. Como tantas trabajadoras y trabajadores del arte en el Perú, ha encontrado formas diversas de sostenerse a través de la gestión de una tienda de arte, de la venta de piezas decorativas y elementos para el hogar, de la educación y del uso de sus herramientas creativas en distintos trabajos.
Este viaje no viene de la nada, sino de la identidad que su madre sembró en su corazón. Su familia, de sangre sureña y atravesada por la experiencia de la migración, es la columna desde la que brota el proceso creativo de su obra a lo largo de los años. Hija de una costurera y obrera municipal, Nereida bebió del tejido, los hilos y la costura desde su infancia, vinculándolos profundamente con el cuidado familiar, el rol protector de las mujeres en los hogares y el ejercicio de su propia maternidad.
Aquí nos encontramos en ese lugar común donde muchas mujeres hemos crecido: mirando a nuestras abuelas, tías y madres coser, tejer, bordar y reparar cosas que se creían perdidas.
Como dije al comienzo del texto, la familia de Nereida, al igual que ella, es del sur. Su madre fue llevada de Puno a Arequipa cuando era muy pequeña, y era ella quien tenía una máquina de coser Singer que fue, a su vez, hilvanando el presente y el futuro de Nereida durante su infancia.

"Nere", como le dicen de cariño sus amigas, vio a su mamá coser mañana, tarde y noche. Por eso, al egresar de la Escuela Nacional de Arte Carlos Baca Flor de Arequipa, cuando se volvió complicado conseguir lienzos y materiales tradicionales de "pintora", su pintura se volvió hilo y sus trazos, puntadas. Fue allí donde comenzó a escribirse, con letras bordadas, la historia que hoy vemos en el ICPNA de Miraflores a través de la muestra retrospectiva Lengua materna.
Nos cuenta que, al volver a la muestra después de varias semanas y observar nuevamente su trayectoria, ha logrado identificar dos etapas esenciales. Una primera, vinculada a la búsqueda de la identidad y al proceso de encontrar su propia voz.
En ese recorrido se cruzan una serie de elementos y vivencias: ser mujer, hija de migrantes y, a la vez, migrante también; ser una creadora del sur del Perú y, al mismo tiempo, una voz crítica frente al arte académico y al concepto colonial que conocemos de artista. En esa ruta, Nereida encuentra la urgencia de conectar en colectivo: desde la familia, el territorio, el gremio y el trabajo cultural.

En los primeros años de su carrera, a lo largo del recorrido de la muestra, identificamos una voz potente y sensible en el retrato de rostros, cuerpos y cabellos trenzados desde múltiples miradas. También nos encontramos con texturas que nos aproximan a la construcción de lo femenino, la sexualidad y la identidad desde los vínculos.
Más allá, pasando el hall, nos encontramos con obras desarrolladas en torno a la memoria política del país. Aquí, el bordado y la fotografía intervenida buscan construir retratos de un país quebrado; un territorio que, a su vez, se levanta una y otra vez desde los escombros y desde la difícil tarea que tenemos las peruanas y los peruanos de “reconciliarnos”.
Lo personal es político, una vez más, y Nereida permite a quienes visitan esta retrospectiva asomarse a su vida familiar y a la vida en Arequipa, región donde su familia se asentó tras migrar desde Puno. Desde allí, la muestra transita por momentos históricos que forman parte de la memoria regional y nacional, atravesando el conflicto armado interno y el fujimorismo, para incorporar a una reflexión inicialmente personal una dimensión nacional y feminista desde la defensa de la vida y la lucha antirracista.

Es en la madurez de este tránsito donde se devela la segunda etapa de la muestra. Aquí, el hilván ya no busca únicamente la identidad propia, sino que se expande hacia la maternidad y el cuidado colectivo como trincheras políticas. En un país como el Perú, donde el Estado históricamente desprotege y abandona a los sectores populares, la pregunta sobre ¿quién nos cuida y quiénes no nos han cuidado? encuentra respuesta en las redes afectivas y comunitarias de las mujeres. Cuidar se vuelve, entonces, un acto de resistencia frente al centralismo y a las exclusiones de raza, clase y género, desde lo íntimo, pero también desde lo colectivo.
Hay un aspecto fundamental que reconocer en esta exposición. La Galería Germán Krüger Espantoso —ubicada en uno de los distritos más centralizados de la capital— suele albergar retrospectivas de creadores consagrados bajo lógicas tradicionales de mercado y academia. La presencia de Nereida da cuenta de una necesaria apertura conceptual en los espacios culturales de Lima. El filtro no suele ser únicamente una cuestión de edad, sino también una forma muy específica de comprender las artes plásticas.
Su presencia no solo introduce una nueva perspectiva en el espacio del arte entre Lima y las regiones, sino que evidencia la necesidad de ampliar los marcos desde los cuales se legitiman ciertas prácticas artísticas. Esto se hizo evidente desde la inauguración, donde la sensación de colectividad, juego y resistencia política se hizo carne gracias a la presencia de la gente querida, pero también a través del profundo sonido de los sikuris que acompañaron el encuentro con su música y el viento que trajeron consigo.

La obra de Nereida abraza nuestros dolores para convertirlos en trazos y texturas. A través de más de 120 piezas transitamos entre lo doméstico y el amor filial, pasando por las esterilizaciones forzadas, las exploraciones creativas del cuerpo y llegando hasta los más de cincuenta muertos durante el gobierno de Dina Boluarte. La memoria aquí no es un concepto abstracto de la teoría política, sino un territorio encarnado.
Finalmente, el compromiso de Nereida como artista, madre y migrante nos demuestra que las artes visuales en el Perú contemporáneo tienen una misión urgente. Y es esa misión la que hoy, 11 de junio, se vuelve no solo urgente, sino indispensable. Es posible que un régimen autoritario, violento y corrupto vuelva a instalarse en el país y, en ese escenario, la organización cultural, la creatividad y las artes no son solo herramientas: son tejidos fundamentales para preservar la vida y la memoria en el Perú.
La retrospectiva Lengua materna, de Nereida Apaza, podrá visitarse en el ICPNA hasta el 5 de julio. No se la pierdan.



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