Ana Lucía Alva | 13.01.2026

Escrito por Ana Lucía Alva
Escuchar cuando el ruido ya pasó. Escuchar cuando las imágenes dejaron de circular. Escuchar cuando la violencia dejó de ser noticia. Una película como acto de atención prolongada frente a un país que mira rápido y olvida aún más rápido.
Censura, guerras mediáticas y resistencia. El 2026 comenzó con el estreno de Uyariy, documental sobre el atentado ocurrido en la ciudad de Juliaca el 9 de enero de 2023, bajo el gobierno de la entonces presidenta Dina Boluarte.
Dirigido por Javier Corcuera, el largometraje de 90 minutos pone en materia la realidad vivida en nuestro país. Una realidad que no solo duele, sino que persiste. Una injusticia que para muchos es verdad y para otros, demencia. La apuesta por el tiempo, la palabra y la escucha que caracteriza el cine de Corcuera no busca explicar ni convencer: se detiene. Permanece. Confía en que mirar con atención y escuchar sin apuro es también una forma de justicia. En Uyariy, el cine se vuelve un espacio de resguardo donde la memoria no es archivo, sino presencia viva.
El silencio opera aquí como una forma política: el silencio del Estado, el de los medios, y también el silencio como lenguaje cinematográfico. Uyariy no se sostiene en cifras, cronologías ni en la acumulación de información. No busca explicar la violencia a través de datos ni construir un archivo de hechos. Por el contrario, la película se articula desde la palabra directa de quienes cargan la pérdida: madres, familiares, cuerpos atravesados por la ausencia. No hay intermediación ni distancia analítica; hay rostros que miran a cámara y voces que no representan una estadística, sino una vida quebrada. En ese gesto, la película desplaza el centro del relato: no pregunta cuánto pasó, sino a quiénes les pasó. Porque ponerle rostro a la violencia y reconocerla como una masacre que nos atraviesa como país debería ser siempre el primer paso.
Pienso en la importancia del género documental como una herramienta de fidelidad. Como un tesoro frente a la nada misma. Un espacio que no pretende sanar, sino que se niega a dejar solos a los vivos ni a los muertos. En un contexto donde la ficción ocupa casi por completo los espacios de exhibición, el documental insiste en otra forma de impacto: una que no evade la realidad, sino que la enfrenta. Hoy, más que nunca, la humanidad necesita que el arte, en todas sus aristas, se atreva a incomodar, a sostener preguntas y a generar una conciencia que no se agote en el entretenimiento.
Es inevitable hablar de Uyariy sin mencionar la censura que enfrentó. Pensar en cómo una cadena nacional restringe su visualización mientras otras, incluso internacionales, apuestan por su circulación es también preguntarse por las condiciones en las que hoy se exhibe el cine incómodo en el país. A ello se suma el mensaje previo de la distribuidora, una advertencia que parece buscar distancia frente al contenido de la película. Pero ¿qué implica lavarse las manos ante una obra que expone una herida colectiva? ¿Qué responsabilidad asumimos —como instituciones, como espectadores, como país— cuando elegimos apartarnos del conflicto en lugar de mirarlo de frente?
Ir al cine puede ser también un gesto de responsabilidad. Un acto mínimo pero necesario frente a un contexto que insiste en el olvido. Hacer cine como este, y sostener los espacios donde pueda ser visto, implica asumir que el arte no solo entretiene, sino que tiene la capacidad de intervenir en la realidad. Realizada con un profundo respeto por sus protagonistas, con una puesta en escena justa y una escucha rigurosa, Uyariy demuestra que es posible filmar la herida sin explotarla, y mirar el dolor sin convertirlo en espectáculo. En tiempos donde mirar duele, elegir mirar sigue siendo un acto profundamente político.



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