Crónica de The Fall of Troy: contra la pretensión, el ruido

Foto de Hector Llaullipoma

Escrito por Marco Yanayaco
Fotos de Hector Llaullipoma

Luego de una subida terrible del gas y de una sociedad que poco a poco parece caerse a pedazos por la violencia, uno se debe a sí mismo esos cortos y pequeñísimos momentos en los que puede ser algo feliz, intentar olvidarse de los problemas o, al menos, generar recuerdos y sensaciones que ayuden a sobrellevarlos, ¿no? Todos necesitan un lugar donde desahogarse.

Esta vez, el terreno fue el Yield Rock, donde la banda The Fall of Troy se presentaría y tendría como telonera, para mi grata sorpresa, a Cataratas en Siberia, una de mis bandas favoritas.

Que Cataratas pudiera subir y compartir escenario fue una sorpresa. Eso me hace tenerle fe a la escena actual, ya que, al menos a simple vista, parece estar creciendo y tomando forma. Si esto es parte de mi optimismo nublado, lo acepto, pero nadie me hará pensar que no hay espacio para bandas nuevas, menos con las que tenemos ahora: intrépidas, arriesgadas, sorprendentes. Tampoco niego la realidad, claro.

La noche empieza tras un día ajetreado, lleno de locuacidad y de un sol que parecía evaporarme la retina. Viajar en el Metropolitano, esta vez, fue casi un milagro: relajante y veloz. Al bajar en la estación me reúno con Sammir, amigo de conciertos y fotógrafo; comemos algo en el camino y entramos al Yield, listos para descubrir qué nos esperaba esa noche.

Ya había ido antes al Yield para ver a Buzzcocks cuando tocaron aquí el año pasado. Una completa sacada de mierda con sesentones en medio del pogo que se armó, pero espectacular. A las 8:40 p.m. veo a Leo en la mesa del merch de Cataratas. Entre un saludo fugaz me comenta que ya deben subir al escenario: es momento de que todo empiece.

Arriba, los saludos formales no se hacen esperar y, de golpe, todo pasa a la acción. Parecía un sueño verlos cada vez en un escenario más grande, con un público más variado y esa ilusión intacta en su música. Aunque he ido a varias de sus presentaciones, siguen dejándome atónito por la pasión que transmiten en cada performance, ninguna es igual a la anterior. Soñé que era inmortal ya es un himno en sus shows.

Ese juego entre los riffs de guitarra de Leo, el groove del bajo de Álvaro y la batería de Diego (que siempre entrega sangre, sudor y lágrimas en cada presentación) se corona con Jusu al frente, desatando algunos de los mejores gritos que puede ofrecer el screamo. Ver a los cuatro ahí arriba genera un goce particular, una satisfacción inexplicable. La química es incontrolable y los temas se vuelven cada vez más intensos.

La victoria de la noche es haber hecho que gran parte de la gente se levantara de sus asientos y se acercara a pogear y empujarse. Una hazaña que hace mucho tiempo no veía, pero que se cumplió y estoy feliz de que haya sido así. Fue apenas un respiro cada tema, pero creo fervientemente que todos los presentes y quienes no conocían a la banda se llevaron algo de ese sueño inmortal que Cataratas siempre evoca en cada canción.

Habrán pasado unos treinta minutos conversando con Sammir cuando llegó el turno de ver a The Fall of Troy, una banda dosmilera ya mítica y de gran renombre dentro de la comunidad del math rock. Mientras alistaban sus instrumentos, el público ya venía encendido tras lo de Cataratas, así que la euforia era evidente en cada rostro, en cada grito. No había visto presentaciones en vivo de la banda y apenas conocía algunos temas clásicos, pero no estaba preparado para tanto virtuosismo en formato de trío.

Cuando Thomas Erak dio el saludo y empezó a gritar fue una completa locura, pero lo que me tomó desprevenido era la rapidez y frenetismo con el que tocaba. Era como si algo lo hubiera poseído y no era lo único, sino que Andrew Forsman detonaba la batería con suma facilidad, era un robot, una locomotora llena de combustible. Entre tema y tema que se iban presentando, me sorprendió que entre su setlist incluyeran dos covers, Hurts de Nine Inch Nails y Tonigh Tonight de Smashing Pumpkins. A medida que avanzaba, yo creía que decaería un poco el ritmo de las canciones, pero fue todo lo contrario. Es decir, subía la intensidad, los gritos de Erak aumentaban, pero el juego del público con la banda era sublime. Hasta por un momento al principio pude ver a alguien haciendo Crowd surfing en medio de la gente y es que toda esa locura se comparte, une a la comunidad del math rock y midwest emo.

Soy alguien susceptible a los sonidos, me gusta deleitarme, contemplarlo y saborear todo lo que ofrece una banda y debo decir que FOT fue toda una experiencia. El calor se triplicaba con su presencia en el escenario. Entre idas y vueltas, me crucé con los chicos de Cataratas, desde donde también se percibía la admiración por la destreza de los músicos. No había pausas ni titubeos, era impresionante verlos tocar al borde de la convulsión.

Sobre todo, la guitarra de Erak me enamoró, por momentos calmada y luego parecía sufrir una transformación a lo Dr. Hyde donde su voz estallaba y sus dedos danzaban por todas las notas pavorosamente, como si le tuviera horror al reposo. Alguien arrojaba cerveza y gritaba con cada solo de guitarra que se aventaba, donde se apegaba al público. Punto a destacar, para variar, es la batería de Forsman, era un puente que ayudó a construir todo el performance bullicioso, por él es que no había silencio, ya que entre tema y tema tejía el camino para seguir sin detenerse ni dar respiro a nadie. ¿Será el bigote el que le daba poderes? No lo sé, pero parecía que podía seguir y seguir hasta el paro cardiaco.

Ya llegando a sus últimos temas aprovecharon para tocar sus clásicos F.C.P.R.E.M.I.X., Macaulay McCulkin. Fue reminiscente y celestial, en donde hasta veía zapatillas volar, gente suspendida en el aire haciendo malabares con vasos, cámaras que disparaban flashes como metralletas. Cerraron el telón por todo lo alto sin decaer un solo segundo.

Después del concierto, pude ver esas escenas que me conmueven en el que ambas bandas se juntan para conversar, intercambiar palabras, cortesías, etc. Es entrañable que poco a poco las bandas locales lleguen a lo mainstream y puedan subir al escenario a dar la cara por la música actual.

Quisiera terminar añadiendo que cegarse con pretenciosidad es quedarse en la oscuridad y eso es lo peor que le puede pasar a la música. Ese miedo que tienen muchos a perder un “status” en la escena es muy peligroso, termina sepultando carreras enteras, mata todo intento de sobresalir, y de ambición, que es de lo que lastimosamente se carece. Se puede llegar más allá sin perder esencia. Se confunde mucho lo under con ser original, cuando ambos son totalmente distintos. Puedes ser mortalmente aburrido y soso aún siendo under, puedes ser malo y genérico tanto en un CD de 10000 copias como en un cassette de 10 copias únicas. Me parece un chiste para todo el que se autoproclama músico o se vanagloria de tener una carrera musical. Al final terminan siendo nada.

Lamentablemente este es uno de los grandes males que aquejan estos tiempos y el que espero pueda encontrarse una cura pronto. No dejarse dominar por nada y seguir el camino, aunque no sepas el final.

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