Martín Carrasco | 31.03.2026

Escrito por Martín Carrasco
Uno de los motivos por los cuales el psicoanalista de la Escuela de Frankfurt, Erich Fromm, se animó a escribir su célebre ensayo El arte de amar, radicó en una observación sobre la sociedad de su época respecto de la cual, a pesar de la importancia que se le daba y de lo mucho que se hablaba, poco se había discutido seriamente acerca de la naturaleza del amor, lo cual nos remite al título de uno de los cuentarios más famosos de Carver, De qué hablamos cuando hablamos de amor.
La discusión, por supuesto, no acaba con Fromm, ni mucho menos se inicia. En la tradición de esta búsqueda por encontrar algún sentido a la palabra que muchos creen conocer y de la que pocos tienen la certeza de que sobre ella sólo rozan la intuición, deberíamos remitirnos a Platón y su Banquete. Pero si desde la filosofía y el psicoanálisis, el amor, aunque presente, ha hecho su recorrido de manera infrecuente, en la literatura su protagonismo es innegable.
Es en ella donde la intuición y el arte literario esbozan las preguntas más incómodas acerca de qué es y qué busca el amor, si es que acaso busca algo. En esos territorios está la historia de Orfeo, quien logra bajar a los inframundos para recuperar a Eurídice y convence a Hades de recuperarla, no sin antes recibir una condición del dios que consistía en no voltear pues la perdería para siempre. El mito es conocido y sabemos que Orfeo no resiste la tentación de voltear para mirarla y, así, la vuelve a perder. Una lectura usual consiste en leer su tragedia como la consecuencia de su duda. Sin embargo, es también bastante curiosa la visión que propone Platón a través de Fedro, en su ya nombrado Banquete. Para él la razón de esta pérdida se debe a que Orfeo no es capaz de hacer un verdadero sacrificio de amor, no es capaz de morir, sino que se dirige con vida a los inframundos.

Orfeo y Eurídice en los Infiernos, de Pieter Fris (1652)
No es posible pensar el amor, para Fedro, sin la figura del sacrificio, de la entrega total. Caso distinto es el de Aquiles, quien, sabiendo que si asesina a Héctor morirá, opta por vengar la muerte de su amado Patroclo, recibiendo como recompensa de los dioses —que ven con buenos ojos el sacrificio— ser enviado a las Islas de los Bienaventurados.
Esta idea del sacrificio ha tenido eco en la cultura popular y ha traído consigo también sus detractores, acusando - no sin razón- estas entregas como una disolución del individuo. Pensemos entonces en Shakespeare y su historia de Romeo y Julieta. Una vez que Romeo la cree muerta toma un veneno para quitarse la vida, momentos después Julieta se suicida al ver el cuerpo sin vida de su amado. La pregunta es si Romeo se mató por ella o por sí mismo, por su imposibilidad de vivir sin ella. Lo mismo aplica para el caso de Julieta y también nos remite a la idea de sacrificio y cuestionarnos hacia quién va dirigido el sacrificio realmente. ¿Es pensar en el otro o solo en uno mismo lo que gatilla el acto?
Ingmar Bergman se suma a esta tradición de cuestionamientos con Escenas de la vida conyugal. Pensada y realizada inicialmente como miniserie para la televisión sueca, dio el salto con éxito hacia la pantalla grande y luego hacia el teatro. Ahora llega nuevamente a Perú, bajo la dirección de Norma Aleandro en el Auditorio del Pentagonito, del 22 al 24 de abril.
La trama gira alrededor de un matrimonio compuesto por Juan (Ricardo Darín) y Mariana (Andrea Pietra), quienes empiezan a sentir las secuelas de una vida monótona, donde los silencios pueden convertirse, lejos de una tortura, en una suerte de salvación ante conversaciones vaciadas de contenido. Pero los enfrentamientos o desgastes de una relación no son una situación nueva en la literatura o en el cine. Pienso en esa clase magistral de cuento que es Cat in the Rain, de Hemingway, donde el avistamiento del felino sirve de entrada a una atmósfera de tedio y tensión en una pareja que pareciera estar llegando a su fin o, lo que es peor, una pareja cuyo amor se ha acabado, mas no su relación.
Por otro lado, con la propuesta de Bergman estamos ante las idas y vueltas de un matrimonio que, incluso después de sus rupturas, incluso de haberse herido con ese filo que solo puede ofrecer la persona amada, no pueden dejar de sentirse atraídos mutuamente, sin parecer importar las esquirlas que deja regadas a su alrededor. Pareciera no haber fin en ese juego privado de ambos, que consiste en no poder estar juntos, pero tampoco separados. Y la solución aparente que encuentran deja aún más perturbado al espectador moralista, cuando habíamos creído que habían terminado con las nuevas relaciones que iniciaron después de su separación, para luego enterarnos de que estas siguen ahí, ignorantes de los encuentros de estos amantes que antes fueron esposos y que pareciera que solo pueden amarse así, a cierta distancia.
¿Estamos ante la celebración de la infidelidad o ante el retrato honesto de nuestras relaciones afectivas? ¿Amaban realmente Juan y Mariana a sus nuevas parejas, además de amarse a ellos mismos, o solo eran una herramienta que les permitía respirar y tomar distancia para luego volver a amarse con pasión en el siguiente reencuentro a escondidas? ¿Lo que les falló fue creer que solo existe el amor en la monogamia?
Es entonces cuando nos sentimos igual que los personajes de Carver, sentados a la mesa de un atardecer en Albuquerque, con un vaso de ginebra agotándose en nuestras manos, preguntándonos de qué hablamos cuando hablamos de amor, mientras permanecemos “allí sentados, sin movernos, ninguno lo más mínimo, ni siquiera cuando la cocina quedó a oscuras”. Sentados en la butaca del espectador, sin entender nada, pero reconociendo, de algún modo, en esa comezón en las manos y en ese latido delator, que sabemos de lo que se está hablando.




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