La urgencia de no olvidar: Declaran Patrimonio Cultural de la Nación obra de Blanca Varela

Fotografía de Mariella Agois

Hay libros que no solo se leen: se quedan. Respiran distinto. Nos miran desde el tiempo.

Ocho unidades bibliográficas —siete títulos publicados entre 1963 y 1993— de la obra de Blanca Varela han sido declaradas Patrimonio Cultural de la Nación mediante una Resolución Viceministerial. No es solo un reconocimiento: es un acto de memoria activa desde el Ministerio de Cultura del Perú, que reafirma su rol en identificar, proteger y dar valor a aquello que nos constituye.

Estas primeras ediciones, hoy custodiadas por la Biblioteca Nacional del Perú, no solo contienen una de las voces más radicales y lúcidas de nuestra poesía, sino también un momento preciso de la historia editorial peruana. Libros como Luz de día, Valses y otras falsas confesiones, Canto villano o El libro de barro no envejecen porque nunca buscaron gustar: buscaron manifestarse.

El valor de estos ejemplares va más allá del texto. Son objetos únicos: primeras ediciones publicadas por sellos clave, con diseño e ilustraciones de artistas como Fernando de Szyszlo y Víctor Escalante, y con dedicatorias manuscritas de la propia Varela a figuras fundamentales de nuestra cultura, como Franklin Pease y a Lily Caballero, reconocida educadora y promotora de las bibliotecas infantiles en el Perú. Son huellas materiales de una red intelectual y afectiva que también forma parte de lo que somos.

Y sin embargo, este gesto no ocurre en el vacío. Llega en medio de un país atravesado por tensiones, incertidumbre y desgaste. Por eso importa más. Porque incluso en un estado de crisis política y social, acciones como esta nos recuerdan que la cultura no se detiene ni se estanca. Que todavía hay decisiones institucionales que apuestan por el largo plazo, por la memoria, por aquello que no responde a la urgencia sino a la profundidad.

Que el Estado, a través de estas acciones, reconozca, proteja y ponga en circulación este tipo de patrimonio no es un gesto simbólico menor. Es una forma concreta de sostener la memoria, de afirmar que la cultura no es un archivo muerto, sino un territorio vivo que necesita ser cuidado. Y en ese cuidado —aunque parezca pequeño— también se abre la posibilidad de imaginar cambios, de seguir creyendo que revalorar el arte, la cultura y las tradiciones peruanas no es un lujo, sino una necesidad vital para la sociedad.

Porque hay palabras que no se pierden. Pero necesitan que alguien —también desde las instituciones— decida no dejarlas caer.

Añadir nuevo comentario