Todo ángel es terrible

Edward Hopper, Sun in an Empty Room (1963)

No escribo para celebrar.
Escribo porque sigo aquí.

Rilke tenía razón: la belleza no es refugio, es umbral. No calma, no salva. Apenas se deja mirar porque, si se acercara un poco más, nos rompería. Todo ángel es terrible. Por eso aprendí a contenerme, a tragar el grito, a vivir con esta garganta oscura que tantas veces quiso incendiarlo todo. Pregunté, como él, quién podría ayudarnos de verdad. Y la respuesta fue dura y desnuda: ni los ángeles, ni los hombres. A veces ni uno mismo. Nunca nos sentimos del todo a salvo en este mundo interpretado explicado diagnosticado.

Durante años quise creer en otra religión. Fui beato de Baudelaire. Creí en el vértigo como forma de lucidez, en el exceso como brújula, en el delirio como verdad. Salí una mañana con la cabeza en llamas y el corazón hinchado de rencor, convencido de que el mar, el cuerpo, la noche, sabrían qué hacer conmigo. Y así viví: sin timón, meciendo lo infinito sobre lo finito, confundiendo intensidad con sentido. Mi vida avanzó más por oleaje que por rumbo.

Diecinueve años así.
Diecinueve años creyendo que perderme era una forma de encontrar algo.

El 16 de diciembre cumplí dos años limpio. Y no, no es nada si lo pongo en la balanza del tiempo. Dos años no borran diecinueve. No cancelan la memoria del cuerpo, ni el reflejo del deseo, ni esa voz que todavía susurra promesas falsas. La lucidez no es una victoria: es una vigilancia. Un pacto diario. Un “solo por hoy” que no se escribe en mármol sino en arena.

No hubo ángeles. No hubo revelación. Hubo cansancio. Hubo miedo. Hubo una decisión mínima y repetida, hasta volverse hábito: no huir hoy. Quedarme (¿en el espejo?). Sostener este día, aunque no sea hermoso. Aprender que también existe una forma de belleza que no deslumbra, que no embriaga, que no destruye: la de seguir respirando sin desaparecer.

A veces extraño el delirio. Sería deshonesto negarlo. Pero ahora sé que no era libertad, sino una forma lenta de borrarme. Y yo quiero estar. Incluso cuando duele. Incluso cuando pesa. Incluso cuando el mundo no se siente casa.

Dos años no son redención.

Son presencia.

Y hoy, eso basta.

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