PFM | 20.03.2026

Escrito por P.F.M.
Fotos de Hector Llaullipoma
Siempre hay una primera vez para todo. Domingo salgo hacia un concierto sin saber bien qué me espera en el centro de Lima. Ese lugar donde conviven la mixtura, la rareza y la belleza. Espero encontrarme con las tres.
Terapia Bar está completamente lleno. Apenas cabemos los que llegamos justo a tiempo. Esperamos en círculo alrededor de una mesa plegable, una tarola, dos baquetas, dos escobillas de acero y un micrófono con cable. La luz roja nos cubre a todos, uniformados de negro.
El ambiente es inquieto. No por la música previa —irrelevante frente a lo que viene—, sino por la urgencia de que empiece.
Ryosuke Kiyasu es imprevisible. Talentoso. Japonés. Su propuesta musical y performática es lo que lo define. Si lo buscas en alguna plataforma, puede sonar, después de un rato, como música hecha para desquiciar. Pero ahí hay algo más. Tal vez sea curiosidad por lo raro. Silvina Ocampo decía que lo raro es lo más cierto. Siempre lo confirmo. Lo raro no busca gustar ni impresionar: simplemente es. No es pose, es coherencia.

Kiyasu toca la tarola. Nada más. Pero hay que preguntarse cómo la toca para sostener todo. Cómo logra generar matices, imágenes, tensión. Cómo hace que un solo instrumento no suene vacío. Cómo llena el espacio. Esa era mi curiosidad.
En redes aparece como Dr. Kiyasu. Su performance es radical: una exploración física del sonido. Para algunos, es fácil descartarlo como locura. Y sí, algo de eso hay. Pero también es considerado un pionero de la caja como solista, alguien que viene empujando los límites de la percusión desde el 2003, para ser exactos.
Estoy ahí, en medio de ese círculo casi tribal, cuando aparece con sus baquetas. Ajusta su cámara, mueve la mesa y empieza.

Describirlo no es sencillo. No solo por la velocidad, sino por la precisión. El sonido no está solo en la tarola: está en la mesa, en el piso, en el cuerpo. Todo es superficie, todo es ritmo.
Cada pieza aumenta la intensidad, de él y del público. En vivo queda claro: Spotify no le hace justicia. No es música para volverse loco; es música que exige soltar el control y, a la vez, tenerlo. La “locura” está en permitirse eso, en no ponerse límites para parecer menos raro.
En un punto, el público corea su nombre. “Ryo-su-ke”. Él, agotado y empapado, sigue hasta terminar literalmente en el suelo.
Luego vuelve. Firma pósters, tarolas, brazos. Hay una fila larga. Espero.

Me dice que todos sus conciertos son improvisados. No hay setlist. Ninguno se repite. Todo nace desde adentro.
Tiene sentido.
Se sintió así.
Salgo feliz.



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