Invitadxs EnLima | 12.05.2026

Llega a Lima a repasar su repertorio un nombre que, así no ocupe marquesinas, es una institución en el indie desde los ochentas. El sonido de Dean Wareham, sea en Galaxie 500, en Luna, en Dean & Britta, o en sus proyectos solista, ha influenciado a más de una de tus bandas favoritas.
Escrito por Nayo Aragón
Dean Wareham, con sus canciones melancólicas y sofisticadas sobre el desamor, la soledad o el hacer cola en una farmacia, en ácidos, para comprar dulces y una Coca Cola, fue uno de los arquitectos de un estilo que luego sería bautizado como indie rock. Su sonido, armado desde una atmósfera narcótica, una voz temblorosa y frágil, y arreglos de guitarra melódicos y simples, pero virtuosos, vio la luz por primera vez en los magníficos tres discos que lanzó con Galaxie 500 entre fines de los ochenta y principios de los noventa, que prefiguraron géneros como el slowcore y el dream pop.
Con ese primer capítulo, Wareham ya tendría ganado un lugar entre los nombres de culto del género, pero tras la separación de su primer grupo formó Luna, una banda de espíritu igualmente onírico, aunque algo más desprendido, que encarnó los noventas como pocas. A días de su llegada a Lima, donde tocará material de distintas etapas de su repertorio, dejamos este repaso por su carrera.
Robándole el nombre al modelo de auto de un amigo, Galaxie 500 fue formada en 1986 por tres neoyorquinos que, por entonces, estudiaban en la Universidad de Harvard. Cuenta la leyenda que, en sus primeros ensayos, usaron una batería prestada por su compañero de clase Conan O’Brien, mucho antes de que este se convirtiera en una de las figuras más reconocibles de la televisión gringa.
El panorama del rock por esos años era o ser glam metal o formar parte de una escena alternativa que aún no terminaba de desmarcarse completamente de la velocidad y el nerviosismo del hardcore o el post-punk. Galaxie 500 aparece, entonces, como una alternativa a ese “alternativo”.
Bebiendo de los momentos más tranquilos de la Velvet Underground y del “minimalismo máximo” de Spacemen 3, las canciones de Wareham en esa etapa apostaban por la lentitud, las estructuras repetitivas simples e hipnóticas, y un sonido atenuado y atmosférico, pero aún así profundamente expresivo. Junto a los fills jazzeros en la batería de Damon Krukowski, el bajo melódico de Naomi Yang, y la producción de Kramer (no el Kramer en el que están pensando) llena de reverb y distorsión de Today (1988), On Fire (su obra cumbre, 1989), y This is Our Music (1990) se volvieron de culto.
La voz quebrada con la que Wareham canta las canciones de Galaxie 500 puede ser el gusto adquirido de los gustos adquiridos. El máximo pleb-filter, como dirían los nerds de internet. En una primera escucha, tal vez suene como un maullido estridente y fastidioso encima de paisajes sonoros de una belleza que flota en otro plano. Pero cuando la vulnerabilidad que el intérprete busca transmitir hace clic, hace clic. Y se convierte, para el oyente, en uno de los elementos más entrañables de la banda porque recuerda que esas canciones, por más etéreas que suenen, están siendo cantadas y tocadas por alguien de carne y hueso.
Wareham reaparece con Luna en 1992. Para su segunda banda, el músico quería groove. Así que toma partes del sonido de Galaxie 500, pero se aleja de la bruma cuasi-shoegazera y la catarsis a corazón abierto para resaltar la distensión, la ironía urbana y el “coolness” neoyorquino de Television y de Lou Reed y la Velvet Underground. “Me gusta la música que se siente como si se hubiese hecho con poco esfuerzo, como si simplemente hubiera sucedido”, dijo alguna vez.
Por eso, aunque nunca fue una banda masiva, Luna es una de las que mejor logró traducir en sonido cierto espíritu de los noventa. Lunapark (1992) podría pensarse como el momento cero de ese ‘cool’ nocturno.
Tal vez esa sea la mejor forma de describir a Luna. Música para escuchar mientras caminas de noche por una ciudad. Esa fórmula terminaría de cuajar en Bewitched (1994), considerado por muchos como el disco en el que la banda dejó de ser “el nuevo proyecto de Wareham” y se consolidó como una entidad propia. Después de ese álbum, Wareham publicaría seis discos más con Luna, el proyecto más duradero de su carrera.
Wareham es uno de los pocos “dioses de la guitarra” del indie gringo de la época. Tal vez solo J Mascis y Stephen Malkmus podrían acompañarlo en ese podio. Su estilo, que se ha intentado replicar infinitas veces, es económico, melódico y preciso, en el que cada gesto, cada nota y cada variación de color adquieren peso justamente por rechazar el exceso.
Los covers son uno de los ases bajo la manga de Wareham desde siempre. Sus elecciones revelan a un melómano que sabe hablarles directamente a otros melómanos, y a un músico capaz de apropiarse por completo de una canción, sea una joya oscura de culto o un super hit.

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Varias piezas de su repertorio son, de hecho, covers que pasan inadvertidos como tales, porque Wareham las absorbe con tanta naturalidad que terminan sonando como parte de su propio mundo. El talento ahí yace, además de en la habilidad en la ejecución, en lo preciso de la elección.
Luna entró en pausa en 2005 y, desde entonces, Wareham concentró buena parte de sus esfuerzos en Dean & Britta, el proyecto que formó junto a Britta Phillips, su pareja y exbajista de la banda. Su música tomó un giro hacia un pop más sinfónico, romántico y cinematográfico, buscando emular la química que se puede oír en los discos de Serge Gainsbourg y Jane Birkin.
Este sábado 16, Wareham llega a Lima para repasar sus más grandes no éxitos. Después de Galaxie 500, Luna, Dean & Britta y una vida entera de canciones tristes, sarcásticas, elegantes y medio drogadas, Wareham viene a encontrarse con quienes fueron educados sentimentalmente por su música, incluso si se dieron cuenta tarde.







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