María Maricón: la confesión que deja de pedir perdón

Fotos de Mafy Rojas

Escrito por Rodrigo Ahumada

Hay obras que no son para todos, son para todes. Obras que nos obligan a preguntarnos desde dónde estamos mirando y de qué forma comulgamos con el arte. De qué forma comulgamos con nosotros mismos.

María Maricón, de Gabriel Cárdenas Luna, llega al espectador como una advertencia: creamos para denunciar.

La obra vuelve a escena luego de haber causado polémica y haberse enfrentado a un intento de censura. Ese dato no es anecdótico: es la prueba de que todavía vivimos en una sociedad donde ciertos cuerpos, ciertas voces y ciertas formas de nombrar el deseo siguen siendo percibidas como una amenaza. Por eso esta obra no solo merece ser vista; necesita ser vista.

Mientras esperaba que inicie la función junto a Carito, estaba atento a lo que hacian los actores. Se estaban acercando a conversar, a mantener un breve diálogo con el público. Cuando le dirigieron la palabra a la persona que estaba detrás de mí escuché la pregunta: ¿hace cuánto no te confiesas? ¿cuánto has pecado?

El sexo ha estado atrapado en una lógica donde hablar de él ha sido un sistema de vigilancia, de restricción moral e imposición del pudor. Esta lógica del hablar del sexo en privado se constituye con la confesión, en donde el hablar no libera, sino que organiza, clasifica, pone límites. La confesión ha funcionado como uno de los grandes dispositivos para moldear el cuerpo y el deseo.

En Historia de la sexualidad, el filósofo francés Michael Foucault, nos dice que la iglesia cristiana convirtió al sexo en aquello que debía confesarse. Y en esa dinámica no había una necesidad de comprender, sino de imponer un dispositivo para administrar el cuerpo. (Esa confesión migró con el tiempo de la iglesia a los consultorios. Pero esa es otra conversación)

María Maricón toma esa estructura y la revienta desde adentro.

Aquí la confesión deja de ser un acto de arrepentimiento para convertirse en una declaración de existencia. El espacio escénico ya no es el confesionario donde alguien pide absolución, sino el lugar donde una vida se pronuncia sin pedir permiso. El público escucha como quien participa de un sacramento, pero el juicio cambia de dirección. Ya no se juzga al cuerpo que habla; se juzga el sistema que durante años intentó domesticarlo. Ese sistema que enseñó cómo caminar, cómo mover las caderas, cómo amar, cómo bailar y hasta cómo avergonzarse.

Como en el poema inicial de Las flores del mal, la obra termina por devolvernos la mirada. Baudelaire remata con un verso inolvidable: “Hipócrita lector, mi semejante, mi hermano”. Gabriel parece hacer un gesto similar. Mientras creemos asistir a la confesión de otro, descubrimos que también hemos sido educados por los mismos dogmas, las mismas culpas y los mismos silencios. El escenario deja de ser un altar para un solo cuerpo y se convierte en un espejo. Y en ese espejo no solo habita la religión y sus dogmas, también existe la tradición del folklore y sus discursos.

Quizá ahí radica uno de los mayores retos de la obra: vestir la historia de un cuerpo atravesado por la religión con el folklore peruano y su travestismo. 

Porque el cuerpo que ha sido insultado, acosado y expulsado también baila. Y al bailar rompe la coreografía que le fue impuesta. Gabriel afirma que el folklore es andrógino, y esa idea desmonta la ficción de una tradición rígida. La tradición deja de ser una cárcel para convertirse en un territorio donde también caben las disidencias, el deseo y la ternura.

Lo que más resalto de la obra es el coraje de esa entrega. Gabriel no interpreta únicamente un personaje; pone el cuerpo para que en él convivan el grito, el canto, el humor, la coquetería, la rabia y la vulnerabilidad. Hay momentos en que el escenario parece convertirse en una liturgia donde lo verdaderamente sagrado no son los símbolos religiosos, sino la posibilidad de existir sin esconderse.

Por momentos la puesta parece asumir la forma de uno de los trajes que atraviesan la escena: exuberante, llena de capas, de colores y de voces. Esa abundancia abre múltiples caminos de lectura, pero no todos alcanzan a desarrollarse con la misma fuerza. El coro abre un campo de voces que, por momentos, desplaza el centro de gravedad del unipersonal. Son temas de estilo y forma que, aun así, dialogan con la complejidad de la propuesta.

Es una observación menor frente a la potencia de una obra que logra algo poco frecuente: convertir una historia profundamente personal en una experiencia colectiva. Una historia que se ha ido transformando desde su primer montaje y es que al ser un testimonial su brote orgánico avanza a la par de los cambios políticos y sociales que atravesamos como país.

Salí del teatro con la sensación de no haber asistido únicamente a una función. Había presenciado una ceremonia. Una consagración de aquello que, en tiempos de censura y discursos de odio, de colegios de artistas y un nuevo gobierno de  ultraderecha que se viene, merece ser defendido con mayor convicción: la libertad de crear, de nombrarse y de bailar al ritmo de un deseo que ningún dogma ha conseguido domesticar.

Añadir nuevo comentario